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Sectario elogio de la calle

Sectario elogio de la calle

En la esquina se completaba la educación iniciada en casa y en la escuela.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
08 de enero 2016 , 07:28 p. m.

En la infancia, esa época en la que somos inmortales, empezó nuestro romance con la calle, donde siempre era diciembre y domingo. De lejos, la calle era el mejor cuarto de la casa. Aprendimos que uno se puede enamorar de una calle como si se tratara de Nefertiti, la reina del Nilo.

La esquina, su carnal la barra, eran la patria chica y grande de la “piernipeludocracia”. En la esquina se completaba la educación iniciada en casa y en la escuela. Frecuentar la esquina en compañía de la aristocracia de gallinero que llenaba el cinema paradiso del barrio era pegar el grito de independencia doméstico. La vida tenía sentido por la existencia de la esquina.

En la cuadra, otro de los nombres de la calle, practicábamos la religión que nos interesaba: el fútbol. Con razón Fidel Castro le confesó a García Márquez que su sueño era pararse de nuevo en una esquina. Muchas revoluciones empezaron o recibieron el aval de la calle. Allí celebramos la caída de Rojas.

Nos gustaba más callejear que “la segunda trinidad bendita” gastronómica: frisoles, mazamorra, arepa.
La “cultura” de la calle incluía quebrar bombillos, tocar el timbre de las casas y huir con velocidad de plusmarquista de los cien metros, perniciar, juntarnos con malas compañías, pelear. En Brasil a los chinches les dicen “anticristos de la calle”.

Los juegos callejeros eran fabricados en casa por nuestras manos de creadores de felicidad: zancos, pistolas de madera que harían sonreír a los pistoleros del Oeste, nuestros inspiradores, carros de balineras. La vida tenía la calle por pasarela.

Hacíamos yoyos con tapas de gaseosas, nos colgábamos de una nostalgia llamada tranvía. Corríamos la vuelta a la manzana o jugábamos a las escondidas. Nosotros éramos la materia prima: nos perdíamos, una forma de jugar a no existir. En plena calle, los carros de la Biblioteca Pública Piloto nos prestaban libros. Volvían por ellos.

No éramos pobres, éramos ricos sin plata. Y éramos felices, pero tampoco lo sabíamos. La calle nos devuelve el casete a esa prisión y nostalgia perpetua que es la infancia.

No hay día en el que no me regale mi dosis personal de calle. Como diría Rulfo, sigo viendo envejecer mi infancia.


Óscar Domínguez Giraldo

www.oscardominguezgiraldo.com

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