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La aventura de viajar en globo por el cielo de Tocaima

La aventura de viajar en globo por el cielo de Tocaima

Una experiencia que permite observar desde un ángulo distinto el planeta en que vivimos.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
04 de enero 2016 , 06:58 p. m.

No sabemos muy bien si nos estamos elevando. Agarrados a la cesta de mimbre, observamos expectantes cómo los quemadores del globo expulsan constantemente bocanadas de fuego que calientan el aire concentrado en el interior de la enorme vela de color verde y amarillo.

En tierra, los compañeros de viaje nos despiden emocionados, mientras algunos campesinos de la zona detienen su paso para contemplar el despegue de aquel extraño gigante. Minutos más tarde, divisamos la sombra del globo dibujada sobre la planicie. El horizonte se abre ante nuestros ojos. Sí, estamos flotando. La cesta, la vela y nosotros, al vaivén del viento.

La aventura comienza a las 6 de la mañana de un domingo. Nuestra cita en el balneario de Tocaima (Cundinamarca), a dos horas de Bogotá, es con los globeros Amancio Sánchez, un “español del Quindío” –como él mismo afirma– y piloto de globos desde hace 20 años, y Adriana Gómez, agrónoma de profesión; acompañados por su hijo, un pequeño de 5 años que viaja en globo desde los 3. “Martín aprendió prácticamente primero a subirse a la cesta que a caminar”, dice Adriana con una sonrisa.

En una cancha de fútbol se despliega la enorme vela que empieza a llenarse de aire frío, con la ayuda de un ventilador. Posteriormente, y como si se tratara de atemorizantes llamaradas arrojadas por dragones, Amancio llena la vela de aire caliente utilizando botellas de gas propano, a las que se les inyecta nitrógeno con el fin de alcanzar una mayor presión.

A las 6:30 de la mañana, la altitud y los vientos que soplan en las afueras de Tocaima resultaban favorables para iniciar el ascenso. “La primera norma de seguridad para realizar un viaje en globo es volar en condiciones meteorológicas idóneas –explica Adriana–, y eso se logra volando a primera hora de la mañana, que es cuando la atmósfera está tranquila y serena. Viajamos en un globo de aire caliente que asciende por diferencia térmica”.
Con las condiciones climáticas dadas, solo nos aguardan unos minutos para que el globo, con capacidad para cuatro personas, más el piloto, se alce sobre su eje y empiece a surcar los cielos de este municipio cundinamarqués fundado en 1544, apodado Ciudad Salud de Colombia, gracias a su clima cálido sin humedad y sus pozos azufrados que se conocen desde la Colonia.

***

Los paseos en globo se realizan por turnos. Los primeros en subir a la aeronave, al mando de Amancio, son cuatro amigos de Bogotá, que le tienen una sorpresa desde las alturas a una de las pasajeras.

En tierra, mi compañero de viaje y yo apreciamos cómo el globo inicia su vuelo. Algunos niños del pueblo que se despertaron, tal vez por el ladrido de los perros o por el zumbido del gas propano, se apostan frente a la cancha a contemplar el suceso.

Minutos después, se extiende sobre el pasto una pancarta en la que se lee un emotivo mensaje de “Feliz cumpleaños”. “En el globo hemos sido testigos de peticiones de matrimonio y celebraciones especiales, como aniversarios”, cuenta la coequipera del español, que decidió hace cuatro años echar raíces en Calarcá.

Dentro de una camioneta 4 x 4, con plataforma para remolcar el globo, Adriana, el pequeño Martín; mi compañero, el fotógrafo Henry García, y yo iniciamos el seguimiento por tierra. En permanente comunicación por radioteléfono, Amancio nos reporta, con su ceceo español, sus coordenadas.

La carretera Tocaima-Girardot es un punto de referencia del recorrido desde la altura. Henry García Gaviria

–¿Me copias, Adriana? Vamos por la vereda La Colorada, en la vía a Girardot, a diez minutos del casco urbano de Tocaima, –informa Amancio desde 800 metros de altura.

Como surcando un laberinto, Adriana busca atajos por entre las fincas del sector para no perder de vista la aeronave. Cada vuelo está programado para un máximo de cuarenta minutos.

–Detrás de un vuelo hay una gran logística. Tanto el globo como el piloto deben cumplir con toda la normativa de la Aeronáutica Civil. Además, es necesario conocer muy bien la zona de vuelo para identificar todos los accesos posibles –comenta Adriana, mientras sigue la pista de los aventureros y nos comparte cómo llegó al mundo de los globos–. Mi primer viaje fue en Barcelona, a los 28 años. Fue realmente espectacular. Allí conocí a Amancio y surgió la idea de traer los globos al país. Así nació Globos Colombia, hace cuatro años.

Juntos se dedican hoy a viajar por el Eje Cafetero, su base operativa, donde vuelan todos los días del año, y por Tocaima, la sede alterna. Un proyecto de vida en el que han invertido todos sus esfuerzos. Porque para llegar a realizar un primer vuelo en globo se requiere de una inversión aproximada de 350 millones de pesos.

–Solo las velas cuestan 70 millones y son producidas en fábricas de Barcelona, Inglaterra o República Checa –agrega nuestra guía.

Su primer viaje en globo significó sentirse totalmente libre. Y explica por qué:

–Salí del país en un momento crítico, en el que no se podía viajar ni a la vuelta de la esquina. Recuerdo que mi hermana viajaba con frecuencia de Armenia a Bogotá, donde estudiaba, y eso nos causaba muchísimo temor... Era la época de las pescas milagrosas.

–¿Es seguro viajar en globo? –le pregunto–.

–Absolutamente. Según las estadísticas, es la forma más segura que existe de volar. La única restricción es para mujeres en estado de embarazo. Ni siquiera hay límites de edad, aunque en el mundo de los globeros se maneja el rango mínimo de los 5 años –requisito que, al parecer, no tuvo en cuenta el pequeño Martín.

–¿Y en cuáles lugares del mundo resulta más común viajar en globo? –pregunta mi compañero Henry.

–Albuquerque (Nuevo México) es la meca de los globos. Allí se realiza cada año el festival de globos aerostáticos más grande del mundo, donde se reúnen más de 500. Es una maravilla. Luego está Capadocia, en Turquía, donde por día pueden volar 100 globos al mismo tiempo.

–¿Y cuál es el lugar más alucinante para viajar?

–Sin duda, el desierto del Sahara. Es todo un mar de arena... Se siente uno como en la luna. El verde del Eje Cafetero y sus paisajes no se quedan atrás.

En ese instante, la charla se interrumpe por un nuevo llamado.

–Adri, ¿me recibes? Vamos a descender. Supongo que el viento nos llevará a una vereda cerca de los arrozales.
–Afirmativo, Amancio.

Ha llegado el momento del primer aterrizaje, en el que se pone a prueba la destreza del piloto. El globo empieza a hacer un descenso controlado. Poco a poco, el fuego que expelen los quemadores va disminuyendo y eso hace que vaya frenando.

El vuelo se realiza sobre una zona rural de Tocaima (Cund.), donde predomina el paisaje de la imponente cordillera Oriental. Henry García Gaviria

–Aquí el secreto es saber encontrar una corriente que lo lleve a tierra firme –explica Adriana–. El piloto va con equipos de navegación aérea, su GPS y con el altímetro, que le indica cuántos metros por segundo va descendiendo.

No puede dejarlo pasar de más de cuatro metros, porque se descolgaría. Es un momento de máxima prueba.

El aterrizaje resulta exitoso. En medio de una explanada, con cultivos de sorgo y maíz a la vista, concluye el primer vuelo. El gesto de excitación suprema de los pasajeros lo dice todo. Ha llegado nuestro turno de descubrir lo que se siente viajar en globo.

¿Temor? ¡No! Estamos en manos de un piloto que inició haciendo parapente en la década del 90 y que ha sobrevolado en globo el desierto del Sahara y recorrido la Costa Brava, en España, en viajes de máximo cuatro horas. Además, ha alcanzado alturas hasta de 4.700 metros, en travesías por los Pirineos.

Lentamente ascendemos. La gente en tierra empieza a verse cada vez más pequeña. El aire se siente fresco y contemplamos –como nunca– la majestuosidad del paisaje rural que nos brinda la cordillera Oriental, que se ve desde la meseta de Tocaima. Todo es silencio y tranquilidad... Solo se oye el rumor de los quemadores. No hay sensación de vértigo. El globo viaja al ritmo del viento y nos sentimos francamente fascinados.

Al instante, podemos contemplar otro regalo para nuestros ojos: la sombra del globo en el que viajamos se refleja en la tierra seca por el largo verano que ha venido azotando la región. Como en una película, la sombra se arrastra por el relieve terrestre sin afanes. A lo lejos se divisa el cerro Guacaná, la gran montaña tutelar de Tocaima y el territorio de los bravos indios panche. Según la leyenda, el cerro se encuentra sostenido sobre dos columnas de oro. En su cima, se dice que una laguna mágica hierve cuando un forastero se acerca.

Nuestro anfitrión, Amancio, explica que el tamaño de los globos depende del número de pasajeros que necesite transportar.

–Hay globos con capacidad hasta para 34 personas, que vuelan en Egipto y otros sitios de África. Lugares que son absolutas planicies y que brindan todas las facilidades para un buen aterrizaje.

–¿Cómo defines viajar en globo? –pregunto.

–Es como navegar sobre el viento –responde nuestro piloto–, se siente mucha paz y libertad, y descubres el mundo desde otra perspectiva.

En medio de la calma que nos brindaba aquel panorama, noto que empezamos a descender pausadamente. Abajo, algunas reses emprenden la huida al sentir la proximidad del globo. Los techos de las fincas se hacen más cercanos.
Amancio nos hace una recomendación:

–Agarraos de las asas de la cesta que están en el interior. No os agarréis por fuera. Si hiciera un poquito de viento, podría tumbarnos de la cesta y resultaría muy divertido –comenta en medio de risas.

Cumplidas las instrucciones, alcanzamos a hacer un par de preguntas finales, que traslucen nuestros temores.

–¿Cuáles son los lugares más curiosos donde has aterrizado?

–Varios, aparte del desierto del Sahara: el patio de un colegio, la orilla de una playa, un cafetal y una finca de toros bravos.

–¿Has tenido problemas en algún aterrizaje?

–Nada... Todo está chupado –responde Amancio–. El único problema, quizá, fue alguna vez que salió un campesino cabreado y nos ahuyentó con sus perros dóberman. Pero eso es superable, hombre, y hace parte de la aventura –remata.

Volvemos a tocar tierra firme. Con la complicidad del viento, confirmamos que el universo es una obra en perfecta armonía. Sin ningún contratiempo y profundamente maravillados, descendemos de la cesta… Durante varios minutos seguimos flotando, extasiados. A donde nos lleve el viento.

Viajar en globo es observar desde un ángulo inédito la vida misma. Una aventura sin timón en la que nuestro destino únicamente lo rigen las corrientes de aire. Una sensación de libertad en la que el mundo se rinde a nuestros pies.

FREDY ÁVILA MOLINA
Comunicador social egresado de la Universidad de La Sabana.
@fredyavilam

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