El legado literario de María Helena Uribe de Estrada

El legado literario de María Helena Uribe de Estrada

El pasado 16 de noviembre murió, a los 87 años de edad, esta escritora antioqueña.

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04 de enero 2016 , 03:12 p.m.

El estudio está al final del pasillo. A lo largo del corredor, en una pared lateral, cuelgan cuadros de Botero, Caballero, Rayo y Obregón. La habitación es discreta y pequeña. Sobre uno de los escritorios, hay tres en el cuarto, una lámpara encendida irradia una luz tenue, amarilla que le da calidez y recogimiento al recinto.

En el estudio hay cuatro estantes sobre cuyas tablas reposan diversos objetos y libros, sobre todo libros. Ellos están debidamente ordenados y clasificados: literatura francesa, italiana, latinoamericana, colombiana; teología, filosofía, historia, sicología. Libros viejos y nuevos.

También hay álbumes con fotos del pasado y recientes, y con recortes de periódicos; documentos, portarretratos familiares, un girasol y efigies entre las que sobresale una de La Milagrosa, virgen de la que era devota.

El cuarto y los objetos permanecen tal cual los dejó su dueña, la escritora María Helena Uribe de Estrada, considerada una de las voces más singulares de la literatura del país en el siglo XX. Ella murió el pasado 16 de noviembre por una enfermedad pulmonar. Tenía 87 años de edad.

“Ella era refinada, discreta e inteligente”, dice el escritor y crítico literario Darío Ruiz Gómez. “Una aristócrata”, remata.

Uribe de Estrada nació en Medellín en 1928. Era hija del médico Gustavo Uribe Escobar y de Rosa Echavarría, y nieta de Alejandro Echavarría Isaza, industrial y filántropo antioqueño. Estudió la primaria y la secundaria en el colegio del Sagrado Corazón, en Medellín, y en Bruselas. Después, en 1946, estuvo en Nueva York, en el Marymount de Tarrytown.

En 1950 se casó con el odontólogo, escritor, curador y crítico de arte, Leonel Estrada.
“No podemos hablar de María Helena Uribe sin Leonel Estrada, y no podemos hablar de Leonel Estrada sin hablar de María Helena. En gustos y aficiones eran afines, sus vidas se llenaban de literatura y de arte”, dice Beatriz, una de las hijas del matrimonio.

Sus otros hijos son: Alberto José, María Isabel, María Luisa y Natalia. Además, le sobreviven 17 nietos y 18 bisnietos. Leonel Estrada murió en el 2012, a los 91 años de edad.

El ambiente de la casa era de artistas y escritores que los buscaban para hablar e intercambiar impresiones. En el sótano de la casa tenían un lugar que llamaban La Taberna. Allí se reunían amigos a cenar y conversar: Botero, Negret, Grau, Caballero, Manuel Hernández, Rayo, Lucy Tejada, Obregón, Dora Ramírez, Arosemena, Carlos Granada, Manuel Mejía Vallejo, Gonzalo Arango, Olga Elena Matei, Rocío Vélez de Piedrahita, entre otros.

Además de estos encuentros, Uribe de Estrada perteneció a La Tertulia Literaria. Agrupación de intelectuales de la década de los 50 y 60 que se reunían en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, dirigidos por Gonzalo Restrepo Jaramillo. El objeto era promover sus escritos.

Ella escribió siempre. Primero fueron diarios, después poesía, luego el cuento, ensayos y una novela. Con el libro de cuentos, Polvo y Ceniza, publicado en 1963, deslumbró; en 1969, con Los ensayos de Fernando González y el padre Elías y otro posterior, Fernando González: El viajero que iba viendo más y más, mostró su vena de ensayista y conocedora, como pocas personas, de la obra del filósofo de Otraparte.

Pero con Reptil en el tiempo, que vio la luz en 1986, se consagró. La obra, subtitulada, ‘Ensayo de una novela del alma’, está dedicada a su esposo y a sus hijos. En ella, la protagonista es una mujer madura, con marido, con hijos, escritora que se encuentra recluida en una cárcel de mujeres por haber cometido un crimen.

Además, se destaca en ella la originalidad en la manera de estructurar los textos de la novela y por la forma en que alterna los grupos de páginas blancas y color café. “Páginas cafés, que son lo positivo; y, las blancas, que son el negativo”, dicho por ella en su momento.

Ella confesó que la pudo escribir después de haber vivido mucho y de haber sido madre. Tenía, entonces, 58 años de edad. Reconoció, también, que le había robado ratos a la vida doméstica para dedicarse al oficio de escribir.
Uribe de Estrada era 24 horas simultáneas escribiendo, pero siempre pendiente de los hijos. Posiblemente quiso dedicarse a por completo a la literatura, pero tenía esa otra responsabilidad tan grande de tener que educar a sus hijos.

Pero, finalmente, logra hacer todo. “Y cuando uno ve ya su vida cerrada a los 87 años, ve también el legado en muchos campos”, dice Beatriz, una de sus hijas.

La recuerda escribiendo de noche. Ese era el momento en que se podía concentrar. Los hijos le demandaban las horas del día.

Leía permanentemente. Hasta los últimos días de su vida esa fue su principal actividad: leer. “Una siempre llegaba y la encontraba en uno cualquiera de los escritorios leyendo. Escribió menos en los últimos años”, agrega.

‘¿De qué le sirve a una mujer escribir todos los libros, si pierde a sus hijos?’

Sobre la vida y obra de la escritora María Helena Uribe de Estrada hubo diversas opiniones y comentarios. Entre estos está la visión del crítico Augusto Escobar Mejía que escribió explicando el alcance estético de sus libros.

Además de destacar el carácter intimista y reflexivo, sostiene que tiene mucha autorreferencialidad. “Aborda el tema de la culpa social y moral, de la muerte, de la contingencia humana, de la caída original con una profundidad y trascendencia y una postura crítica como pocas escritoras han logrado hacerlo”.

En un diálogo con la también escritora Melba de Ortega, sobre el papel de mujer, esposa, madre y artista, ella le dijo:

“Ser madre y esposa van tan ligados que apenas por orden cronológico podríamos decidir su importancia y, aún así, lo dudo. El arte, si es auténtico, forma parte de la mujer sea quien sea ella, una mendiga o una reina. Escribir es otra cosa. La gran tentación de una escritora es la del éxito, deseo de inmortalidad terrena, o simplemente trascender más allá de las paredes propias. Escribir para que los libros perduren en las bibliotecas mientras uno queda guardado en el anaquel del cementerio soportando el peso de las palabras escritas…¿De qué le sirve a una mujer escribir todos los libros del mundo, si pierde a sus hijos? Solo escribir no realiza a una mujer, el hogar sí porque para él fue creada”.

La periodista y docente Mariluz Vallejo la entrevistó para El Mundo Semanal, el 3 de mayo de 1986. Esto escribió Vallejo sobre ella. “Su familia no creía mucho en su oficio de escritora. De pronto la miran sorprendidos. Ella no tiene aspavientos de nada. Es una mujer jovial, hipersensible, introvertida pero sociable, excelente conversadora, y muy dada al sicologismo”.

Vallejo le preguntó sobre el riesgo de escribir en un tono tan íntimo y atormentado. ¿Tuvo que dejar de lado el pudor para publicar? Ella le respondió: “Por eso me tomé tanto tiempo para publicar. Porque no quería molestar a mis hijas en su adolescencia. Que nadie les hiciera comentarios. Pero ellas son independientes en su modo de pensar y yo puedo publicar un libro sin que les perturbe la vida”.

El escritor y crítico literario, Darío Ruiz Gómez, expresó que “Ella era inusitadamente moderna. Con una precisión en su lenguaje asume una indagatoria sobre los abismos morales de la expiación y la culpa. El sujeto preguntándose por sí mismo”.

JORGE IVÁN GARCÍA J.
Editor EL TIEMPO
MEDELLÍN

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