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Las vidas que cambiaron con los Clanes de Idartes

Las vidas que cambiaron con los Clanes de Idartes

Muchos jóvenes superaron sus problemas con las drogas con formación en el arte.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
01 de enero 2016 , 10:33 p. m.

Aprenden a tocar instrumentos, toman cursos de poesía, aprenden a grabar y editar videos, se vuelven genios de la salsa, en fin, eso es lo que cuentan los papás tras escuchar a sus hijos hablar de los Clanes del Instituto Distrital de Artes (Idartes), uno de los programas más exitosos de la finalizada administración de Gustavo Petro.

Esta entidad se inició en 2011 con un presupuesto de inversión de $ 17.774 millones y, en 2015, lo entregaron con uno 7 veces mayor: $ 137.455 millones.

De todos los proyectos que llevaron a cabo uno de los más visibles, por la acogida de los padres de familia, fue el de los Centros Locales para la Niñez y la Juventud (Clanes).

En total, fueron 21 espacios adecuados para la formación artística. En estos cuatro años atendieron a más de 82.000 niños, a través de un programa que asumió la formación artística como un derecho y una apuesta por el mejoramiento integral de la educación pública en la ciudad. Con proyectos como 40 x 40, Súbete a la Escena y Manos a la Obra se pusieron en la tarea de formar una nueva generación de creadores y públicos para las artes de Bogotá y el país. Estas son algunas historias de jóvenes a quienes los Clanes, dicen, les cambiaron la vida.

‘El teatro me ayudó a expresar mi orientación sexual’

Juan Pablo Bello Hernández, estudiante de grado once, supo desde los 8 años que su orientación sexual era muy diferente de la de los otros niños de su edad. Él siempre contó con el apoyo de su familia, pero no le pasaba lo mismo en el colegio donde estudió. “En la escuela siempre va a existir el matoneo. No faltaban los que me insultaban o los que decían que conmigo, nada que ver”, contó.

Todo cambió cuando la jornada 40x40 llevó a su colegio la oportunidad de ingresar a un Clan. “De repente comenzaron a llegar unas rutas que se llevaban a los jóvenes a hacer lo que más les gustaba: danza, fútbol, gimnasia, toda clase de deporte. Todos se iban ilusionados a pasar la tarde, felices”, contó.

Él fue seleccionado para estudiar teatro porque se había inventado un show con marionetas en el que dos hombres se expresaban su amor. “Toda la historia era muy respetuosa, muy bonita, yo creo que eso fue lo que le gustó a mi profesora”. Así fue como, de martes a jueves, empezó a practicar de 3 a 5 de la tarde. “Para mí, el Clan es sinónimo de artes. Es la oportunidad de experimentar muchas cosas a las que antes no teníamos acceso”. Dice que supo de compañeros que estaban en problemas de drogas, se pusieron a hacer algo en el Clan y se quedaron enganchados.

“Yo les decía que si no sabían hacer nada, allá les iban a enseñar”.

‘Ganamos en un concurso de poesía gracias al Clan’

La historia de las hermanas Tatiana y Natalia Soriano Moreno comenzó en un taller sobre escrituras creativas en una biblioteca pública. En ese momento no les gustaba mucho eso de escribir, pero lo hicieron para aprovechar la oportunidad.

La poesía nos parecía muy aburrida, como repetir siempre lo mismo, pero gracias a ese taller comencé a cogerle cariño, porque aprendí que había diferentes formas de componer”, recordaron las niñas.

El Clan de Suba atiende en su mayoría a niños y menores de estrato 2. Además, recibe a niños y jóvenes de entre 7 y 12 años..

Así se enteraron de que existía el programa ‘Súbete a la escena’, del Clan de Suba centro, un lugar en donde iban a tener la oportunidad de educarse en música, danza, cine, literatura, artes plásticas y teatro. Lunes, miércoles y viernes, comenzaron a asistir a los talleres de 3 a 6 de la tarde, a conocer nuevos amigos y darse cuenta de que escribir era algo muy diferente de lo que les habían enseñado en el colegio, y que podían darle rienda suelta a la imaginación, sin ningún límite de creatividad.

Los poetas León de Greiff, Hugo Mujica, Alejandra Pizarnik y Mario Meléndez comenzaron a influenciar positivamente a las niñas, a tal punto que terminaron animándose a participar en concursos de poesía. De hecho, resultaron ganadoras del primer y segundo puestos del XIII Concurso Internacional de Poesía Eduardo Carranza, organizado por la Secretaría de Cultura de Sopó, en Cundinamarca.

No solo lograron un reconocimiento económico de 800.000 pesos, un libro científico y una medalla honorífica, sino que una de ellas tuvo claro qué era lo que quería estudiar. “Luego de asistir durante más de seis meses al Clan, decidí estudiar la carrera de Creación Literaria en la Universidad Central”, contó Natalia.

Lo mejor es que a través de la poesía estas niñas lograron expresar todo lo que sentían por el mundo que las rodeaba. Natalia escribió Memoria, Galgota y El lila de la muerte, pensando en masacres indígenas y en todos los sometimientos que sufrieron; y Tatiana, quien obtuvo el primer puesto con el texto Tocan a la puerta, se basó en una reflexión sobre la violencia en Colombia. “Toda esta experiencia me ha permitido discernir y así escoger mi carrera profesional, ya sea Arquitectura o Gestión Cultural”.

‘A pesar de su discapacidad, mi hija fue aceptada en el Clan’

Bailaba salsa sin parar en la sala de su casa, estaba feliz. Era la primera vez que Angie Vanesa Roldán Mesa, de 18 años, se sentía parte de un grupo.

Eso cuenta su madre, María Mesa. “Desde bebé, yo la noté muy rara, como rígida. Los médicos solo me decían que iba a ser muy nerviosa”.

María Mesa y su hija Angie Vanesa Roldán, con discapacidad cognitiva, piden al próximo alcalde que continúe con los Clanes.

Lejos de ese superficial diagnóstico se escondía una terrible enfermedad, que comenzó en la niña a los 3 años, con una convulsión. “El primer día fue espantoso, yo la llevaba de la mano, cuando de repente se comenzó a retorcer”.

Desde entonces la niña sufría tales episodios hasta 15 veces al día. Comenzó a ser tratada con drogas psiquiátricas.

“Le daban hasta cuatro pastillas al día. Yo se las daba a las 10 de la mañana y, cuando llegaba en la tarde, la veía quieta en el mismo lugar donde la había dejado. Eso me parecía terrible”, cuenta María.

Un día, María consiguió a un médico veterinario y científico que, paradójicamente, había estudiado la enfermedad de la niña, esclerosis tuberosa, un trastorno genético que afecta la piel, el cerebro, el sistema nervioso, los riñones y el corazón.

Todo esto le causa una discapacidad cognitiva a la pequeña, que no fue tratada idealmente. “Ese señor fue mi ángel, le quitó todas las drogas y le dejó solo unas goticas que me devolvieron a mi niña”.

Desde ese día esta mujer ha luchado para que la joven entre a un lugar de educación especial, porque los colegios del Distrito a donde ha ingresado no le han servido para desarrollar habilidades como la lectura o la escritura. No ha salido ni de transición.

Cosa que no se repitió en el Clan, en donde la niña fue aceptada este año. “Me la recibieron sin ningún problema. Durante un mes ella recibió clases de arte, y luego comenzó con el baile”. Desde ese día la niña no ha parado de danzar. “Todos los lunes y los jueves la llevo, a las 3 de la tarde. Es feliz, me dice que tiene amigos, que aprende mucho. Yo solo le pido al próximo alcalde que invierta más en los Clanes, porque esto es lo que saca a los niños de las calles y de los problemas, y en el caso de mi hija, de la enfermedad”.

CAROL MALAVER
Redactora de EL TIEMPO
Escríbanos a carmal@eltiempo.com

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