Editorial: Un marco de optimismo

Editorial: Un marco de optimismo

La cercanía de un hecho definitivo para nuestra historia es fuente del entusiasmo en el 2016.

30 de diciembre 2015 , 08:35 p. m.

Candente una vez más, como lo está gran parte del territorio nacional por el fenómeno del Niño, fue el año que hoy termina. Un año que será recordado como aquel en que se dieron pasos decisivos y sin precedentes hacia el objetivo de poner fin a cinco décadas de conflicto armado.

Desde luego, ante el calor y la cercanía de los hechos es fácil explayarse en calificativos, entre ellos el de histórico. Pero en este caso tenemos la convicción de que una mirada de larga duración en el futuro coincidirá con la valoración actual.

Si creemos que historiadores de las próximas décadas se referirán en términos de ese talante a los avances logrados este año en los diálogos con las Farc, es porque despejaron, ahora sí, la ruta hacia la firma del acuerdo, hecho que todos esperamos tenga lugar en el año que mañana se inicia.

Pero, como bien se ha insistido desde La Habana, el anhelado final feliz del proceso no traerá por arte de magia la paz estable y duradera. Tampoco caerán del cielo las mejoras inmediatas en otros campos que hoy requieren urgente atención. Lo que se acuerde, al contrario, está llamado a ser una primera piedra en la construcción de un mejor país, que implica el desarrollo de lo negociado con los hombres de ‘Timochenko’, sí, pero también logros –muchos por décadas pendientes– en temas que en este 2015 también fueron noticia y deberán ser prioridad en el 2016, que esta noche pone un pie en nuestra historia.

Por ejemplo, la inclemente sequía de estos días es un crudo recordatorio de que la adaptación al cambio climático es un desafío que no da espera. Aquí la principal tarea es la de asumir que es un reto transversal. No puede seguir siendo visto como un asunto reservado para los ambientalistas.

Todo lo opuesto: a su luz deberán tomarse las grandes decisiones de la más alta política, pero también urge transformar la vida cotidiana para que a la vuelta de un par de años Colombia siga siendo el paraíso que hace unos meses retrató el exitoso y comentado documental Magia salvaje.

Y si los combustibles fósiles tienen una cuota importante a la hora de establecer las causas del calentamiento global, uno de ellos, el petróleo, es sin duda el gran responsable de que la economía colombiana haya enfrentado vientos cruzados en el 2015.

Mientras su precio se desplomó, el del dólar se disparó, lo que dio pie a un nuevo escenario que obliga a confiar en una reactivación de la industria y en el buen avance de las obras de infraestructura, que en estos doce meses mostraron progresos contundentes: una invitación al optimismo en medio de un clima de incertidumbre.

Incertidumbre que siguió rondando a la justicia, cuya imagen continúa de capa caída, algo que tiene que prender todas las alarmas. Y es que episodios como el del escándalo de Fidupetrol, que desembocó en la histórica decisión de la Cámara de Representantes de acusar ante el Senado al magistrado de la Corte Constitucional Jorge Pretelt por el delito de concusión, poco ayudan al propósito de mejorar el semblante.

Menos, la manera tan apartada de los cánones de la meritocracia como se venía conformando –hasta la suspensión del proceso– el nuevo Consejo de Gobierno Judicial, o las dudas que quedaron en el ambiente luego de conocerse el valor y el contenido de uno de los informes que elaboró para la Fiscalía Natalia Springer.

Y si para el éxito del posconflicto es vital una justicia eficiente y lo más lejos posible de las sombras que acontecimientos así proyectan, lo es también que la izquierda demuestre que es capaz de pasar de la orilla de la oposición a la del Gobierno, tránsito que los electores bogotanos respaldaron durante más de una década, pero que no renovaron este año al elegir como alcalde mayor a Enrique Peñalosa, y de tal forma castigar a este sector del espectro, cuyo balance en la capital –no obstante logros significativos– dejó muchas expectativas sin cumplir.

Con excepciones notables, las elecciones regionales demostraron, asimismo, algo que ya se viene diagnosticando: el rezago de los partidos tradicionales en su deber de servir de correas de transmisión entre la gente y el Estado.
Y es que no hay duda de que la sociedad colombiana vive un proceso de transformación notable, en el que mucho influye el imparable crecimiento de los centros urbanos, así como el de la clase media. Este incluye la irrupción de nuevos debates, actores y preocupaciones que imponen la apertura de otros espacios en el ordenamiento legal, tal y como ocurrió este año con la ley que reconoce a los animales como seres sintientes y el fallo de la Corte Constitucional que abrió las puertas para la adopción por parejas LGBTI.

Numerosos y no de poca monta son los retos que deja el 2015. A ellos hay que sumar otros no menos importantes, como la lucha contra el crimen organizado y sus múltiples manifestaciones, desde la minería ilegal hasta el robo de celulares.

La buena noticia es que de a poco se consolida un marco de optimismo. Crece la ilusión de que el 2016 nos traiga un suceso que marque un antes y un después en nuestra historia, y del que surja el impulso que hace falta para relanzar el país hacia un mejor horizonte, el que sin duda merece. Pero antes hay que hacer, entre todos, la tarea. Que se debe retomar con renovadas esperanzas.

En ese sentido, en el de hallar un país mejor, EL TIEMPO desea a todos los colombianos un feliz 2016.

editorial@eltiempo.com

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