Una oreja mal otorgada este martes en Cañaveralejo

Una oreja mal otorgada este martes en Cañaveralejo

Ninguno de los tres toreros participantes descrestó en la plaza de toros de Cali.

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29 de diciembre 2015 , 09:16 p. m.

En tarde soleada, con tres cuartos de plaza, un encierro de Ernesto González, dispar de presentación y juego, remendado con dos toros de Ernesto Gutiérrez, fue material poco propicio para el triunfo de los espadas. Los de González, todos en Santacoloma, cárdenos, salpicados y asaltillados de cuerna, dos fueron terciados y dos con presencia.

Paradójicamente, sacaron más casta y dieron más juegos los pequeños que los grandes. El segundo se despitonó por la cepa y fue cambiado por un áspero Gutiérrez. El sexto, del mismo hierro manizaleño, presentó similares características.

Enrique Ponce, quien llegó en sustitución de su ahijado de alternativa, José María Manzanares, quien, operado de la espalda, hizo el viaje desde España para ver la corrida, abrió con el cornicorto Tolimense, que fue incierto, pero Ponce lució su faceta de torero lidiador. Pudo el valenciano, pero pinchó y la gran estocada no dio más que para un saludo merecido.

Los mejores momentos de la tarde vinieron con el terciado cuarto, al que sobó con paciencia maestra hasta uncirlo a la muleta y, por naturales y derechas, obligarlo a viajar templado, obediente y como hipnotizado. Hubo círculos repetidos y dos poncinas que llevaron el entusiasmo de la gente a niveles altos. El viento, que flameaba la muleta y aumentaba los riesgos, no impidió la ligazón de las series. La plaza era suya. Se tiró a matar a volapié y puso la espada en sitio, pero esta viajó hacia el costillar y asomaba un palmo de la hoja. Sin embargo, el presidente del festejo, contra toda lógica y el prestigio de la plaza, concedió una oreja inopinada que ni le pone ni le quita a la grandeza del torero, aunque sí es todo un disparate.

El caleño Paco Perlaza volvió a este ruedo, que ha sido como su patio de recreo desde la infancia. Se brindó, lleno de generosidad, desde la primera portagayola hasta el último descabello. Pero no tenía materia prima. Su lote le fue menos propicio y sus mejores logros los consiguió con el segundo bis de Gutiérrez, al que superó en casta y mando. Fue a por todas en la estocada al querer matar recibiendo. Ejecutó bien la suerte y colocó bien la espada, pero el toro se la tragó y le arrebató la posibilidad del reconocimiento. Con el mal quinto mató fuera de sitio y con dos golpes de verduguillo.

El francés Sebastián Castella vino a cerrar en Cali su mejor año. El tercero de la tarde, pequeño pero encastado, atacó la muleta en tandas cortas pero rimadas, limpias y, sobre todo, Castella sembrado y quieto. Sonaban la banda y las gargantas. La superioridad del torero era manifiesta, pero la espada dijo no. Un pinchazo, un tercio de hoja y tres descabellos fueron premiados con un saludo en los medios.

Con el sexto porfió sin esperanzas, como tratando de sacar agua de un pozo seco, y arriesgando mucho a cambio de nada. Fue más allá de lo prudente y terminó con un espadazo hondo, y hubo silencio.

Ayer no hubo suerte de varas en Cañaveralejo. Todo fueron simulacros de ‘monopicotazo’.

JORGE ARTURO DÍAZ
Especial para EL TIEMPO

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