Editorial: Sumas y restas

Editorial: Sumas y restas

Termina un año de desafíos económicos a nivel global, en el cual el país se puede dar por satisfecho

28 de diciembre 2015 , 07:08 p.m.

Son múltiples los calificativos que se pueden emplear para el año que termina en lo que atañe a la economía, pero uno equivocado es el de monótono. Y es que si algo caracterizó el 2015 fue la presencia de fuerzas de diversa índole, algunas de ellas inesperadas, a causa de las cuales los balances muestran claros contrastes.

Semejante apreciación parece injustificada cuando se ve que el crecimiento global tuvo un comportamiento muy similar al de épocas recientes, destacándose únicamente por el logro de una cifra mediocre, apenas superior al 3 por ciento anual. No obstante, mientras los países desarrollados ganaron velocidad, los emergentes experimentaron un notorio frenazo que se sintió en las más diversas latitudes. El fortalecimiento del dólar y la decisión del Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos de empezar a subir su tasa de interés resumen en parte lo ocurrido.

A ninguna región le fue tan mal como a América Latina, que cerró con una contracción en su actividad, atribuible sobre todo a Brasil y Venezuela. Tanto la nación más populosa y extensa del área como la economía bolivariana dieron marcha atrás, debido a la descolgada en los precios de las materias primas que exportan, combinada con una pérdida de confianza del sector privado y una crisis política importante.

Aunque cada caso es distinto, el bajón en las cotizaciones de los bienes primarios –petróleo, cobre, soya o carbón, entre otros– se sintió desde México hasta Chile. El giro en el viento acabó por volverse el peor enemigo de los regímenes populistas de izquierda, como lo demostró la llegada de Mauricio Macri a la Casa Rosada, en Argentina, o la decisión de Rafael Correa, en Ecuador, de no buscar una nueva reelección.

Colombia, por su parte, no salió indemne del temporal. Así le quede el consuelo de mostrar un desempeño mejor que el de otros en Latinoamérica, lo cierto es que experimentamos una ralentización, comprobada por un ritmo de expansión del PIB cercano al 3 por ciento. Debido a ello, el desempleo comenzó a subir, después de haber alcanzado los niveles más bajos en lo que va del siglo.

Entre los desafíos que tuvieron que encarar las autoridades estuvo la inflación, que subió más del 6 por ciento anual, bien por encima del objetivo fijado por el Banco de la República. Tanto los alimentos –golpeados por factores climáticos– como la fuerte devaluación del peso, que superó los 3.300 por dólar y se sintió en un mayor costo de los artículos importados, influyeron en el salto que dio la carestía.

No menos complejo resultó ser el manejo de las finanzas públicas. A punta de recortes presupuestales se cumplieron las metas fijadas, pero es indudable que la época de las vacas gordas terminó y que ahora lo que procede es saltar matones, con el fin de mantener las cuentas en orden.

Aun así, vale la pena señalar que el consumo interno se comportó bien, la industria volvió a cifras positivas y el ambicioso programa de desarrollo de la infraestructura cada vez toma más forma. Son esos factores los que permiten mantener algo de optimismo, en medio de una coyuntura adversa que plantea no pocos retos, los mismos que demandarán una gran dedicación de las autoridades si de lo que se trata es de que el año que viene acabe siendo mejor que aquel que termina ahora su recorrido por el calendario.

editorial@eltiempo.com

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