Gabriela Mistral y su amor por Colombia

Gabriela Mistral y su amor por Colombia

La escritora chilena recibió el Premio Nobel de Literatura hace 70 años.

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28 de diciembre 2015 , 04:31 p. m.

Aunque nunca visitó el país, Colombia estuvo siempre presente en la vida y el alma de la escritora chilena Gabriela Mistral (1889-1957), de quien se están cumpliendo 70 años de haber recibido el Premio Nobel de Literatura, en 1945.

Para celebrar este aniversario, el Gobierno chileno quiso traer al país al poeta José Quezada, quien dio una conferencia hace pocos días sobre el legado literario de la escritora, pero también sobre su talante en defensa de los derechos de la mujer.

Durante su charla en Bogotá, Quezada, uno de los mayores estudiosos de la obra de Mistral, sorprendió al auditorio con unas anécdotas que unían de manera particular a la autora con este país.

“Desde muy joven ya leía al ‘floripondioso’ Vargas Vila, como lo llamaba ella. Pero también los poemas de José Asunción Silva. De allí nació un poema de ella que se llama El nocturno de José Asunción, que está en su primer libro Desolación. Entonces, ella dejó testimonio desde muy temprano sobre su cercanía con la literatura colombiana”, comenta el poeta chileno.

Por entonces, Mistral contaba tan solo con unos 15 años y se desempeñaba como maestra rural. Desde ese momento, anota Quezada, ella dejó ver su talante “de reflexión, de crítica y de cuestionamiento, que tuvo en los muchos años en que estuvo en Chile, y los que permaneció fuera”.

Aunque alcanzó el Nobel, no todo fue para ella un camino de dicha y de felicidades. En especial, en el terreno político, en donde libró grandes batalles ideológicas, como su oposición antimilitarista contra el presidente chileno Carlos Ibáñez del Campo, durante la primera mitad del siglo pasado, que le valió la suspensión de su pensión de gracia.

Y fue Eduardo Santos, dueño de EL TIEMPO, quien le extendió la mano a la poeta chilena, desde mucho antes de saber que ganaría el preciado galardón literario.

Así es como Mistral comenzó a colaborar con este periódico en temas literarios y culturales, durante varios años. “En buena hora Ibáñez hizo eso, porque a lo mejor nuestra Mistral no habría escrito esos tantos artículos que ella tipificó con un nombre singularísimo de ‘Recados’. Recados sobre Chile, sobre América, sobre Colombia, en un formato casi de epístolas para dirigirse al prójimo, cargados de maravillamiento por su lengua y de mirada de mudo”, anota Quezada.

El experto comenta que estos artículos, que fueron recogidos por Otto Morales Benítez, reúnen la prosa de Mistral, que resulta un material preciado, pues ella solo se concentró en su poesía. “Esos tres volúmenes son fuente valiosísima para nosotros, estudiosos de la obra de Gabriela Mistral”, dice.

En retribución y gratitud por lo que Colombia significó para ella, Mistral dedicó a Eduardo Santos sus poemas La cordillera de los Andes y Sol del trópico. “Nada menos que esos grandes himnos americanos tutelares y previos al Canto general, de Neruda, publicados en 1938 en su libro Tala”, dice Quezada.

Años antes, también le había dedicado a Santos su poema Mariposas, en su libro Ternura. “Gabriela estuvo a punto de venir a Colombia. Creo que se quedó con los pasajes del barco, en un largo periplo que hizo en 1931, por Estados Unido, Puerto Rico, Santo Domingo, Panamá y Cuba”.

Pero escribió Mariposas, como si estuviera en el país, con una nota de ella misma que dice: “El valle de Muzo en Colombia es el de las esmeraldas y de las mariposas. Y lo llaman un fenómeno de color”.

Por eso, sin haber pisado suelo colombiano, su alma de poeta sí supo interpretar este país, a juzgar el sentimiento con el que cierra Mariposas: “Parece fábula que cuento / y que de ella arda mi boca; / pero el milagro se repite/ donde al aire llaman Colombia./ Cuéntalo y cuéntalo, me embriago./Veo azules, hijo, tus ropas,/ azul mi aliento, azul mi falda,/ y ya no veo más otra cosa...”.

Un poema en el que describió los colores del país

Mariposas

A don Eduardo Santos.
Al Valle que llaman de Muzo, que lo llamen Valle de Bodas.
Mariposas anchas y azules
vuelan, hijo, la tierra toda.
Azulea tendido el Valle,
en una siesta que está loca
de colinas y de palmeras
que van huyendo luminosas.
El valle que te voy contando
como el cardo azul se deshoja,
y en mariposas aventadas
se despoja y no se despoja...
En tanto azul, apenas ven
naranjas y piñas las mozas,
y se abandonan, mareadas,
al columpio de mariposas.
Las yuntas pasan aventando
con el yugo, llamas redondas,
y las gentes al encontrarse
se ven ligeras y azulosas
y se abrazan alborotadas
de ser ellas y de ser otras...
El agrio sol, quémalo-todo,
quema suelos, no mariposas.
Salen los hombres a cazarlas,
cogen en redes la luz rota,
y de las redes azogadas
van sacando manos gloriosas.
Parece fábula que cuento
y que de ella arda mi boca;
pero el milagro se repite
donde al aire llaman Colombia.
Cuéntalo y cuéntalo, me embriago.
Veo azules, hijo, tus ropas,
azul mi aliento, azul mi falda,
y ya no veo más otra cosa...
(*) El valle de Muzo, en Colombia, es el de las esmeraldas y las mariposas, y lo llaman un “fenómeno de color”.

CARLOS RESTREPO
Cultura y Entretenimiento

 

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