Viviendo en las nubes

Viviendo en las nubes

Los administratradores escogerán qué asciende a la nube y qué queda inaccesible.

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27 de diciembre 2015 , 09:54 p. m.

En esta ocasión me le voy a meter, sin permiso, al rancho de Guillermo Santos Calderón, un verdadero gurú en materias de tecnología y columnista especializado de este diario. Espero que me disculpe el atrevimiento.

En el mundo informático está ocurriendo, a velocidades vertiginosas, algo asombroso. Las actividades de computación, de digitalización, de archivo de datos y de procesamiento software se están alojando masivamente en ‘la nube’, que es ese ‘lugar’ que nadie sabe dónde queda o quién lo opera o cómo funciona.

Gracias a la omnipresencia de internet, se ha vuelto muy práctico, y cada vez más barato, delegarles las tareas informáticas y digitales a otros que pueden ofrecer y alquilar servicios remotos que costarían millonadas si se hacen en servidores, computadores, o facilidades in-house.

A casi nadie le importa hoy la marca del microprocesador o la capacidad de almacenaje o las velocidades que eran determinantes en la adquisición de un computador en el pasado. Ahora, esos aparatos –incluyendo las tabletas y los celulares– no son mucho más que las puertas para acceder a ‘la nube’, que es donde está ocurriendo todo. Eso suena bien. Pero tiene su lado oscuro.

Un tema –sobre el que se escribe cada vez más– es el asunto de los formatos. Para no entrar en descripciones técnicas, el problema se parece al de una familia que por décadas grabó sus memorias en cinta Super-8 o con videocámaras de VHS, y ahora se ha quedado con una colección de casetes inservible porque no existe la forma de reproducirlos. Para no hablar de los floppy-disks que todos guardamos con la vana esperanza de que esa información estaría eternamente disponible y hoy resulta inservible.

El grueso de la memoria humana está en un formato que es el menos apropiado para la era del internet y para alojarse en ‘la nube’. Pasando por los discos de acetato hasta el celuloide, muchos de esos tesoros inmateriales no son aptos para ser inquilinos de ese mundo etéreo. Sin duda, hay formas de convertir esos viejos archivos en residentes de la ‘casa en el aire’, como diría Escalona. Pero eso será aplicable solamente a una fracción mínima de lo disponible.

Sin proponérselo, los administradores de los sistemas ejercerán una censura no intencional por cuanto escogerán qué asciende a la nube y qué queda inaccesible, condenado al olvido o a la irrelevancia. Así mismo, el salto cualitativo a la modernidad digital puede borrar de la faz de la tierra millones de piezas que van desde mapas antiguos hasta ediciones limitadas de música exótica. Es como si a la cultura humana, súbitamente, le diera un alzhéimer severo. Como dicen mis hijos: “si no está en Google, no existe”.

‘La nube’ ha creado una falsa ilusión de seguridad. No siempre es así. Nadie está exento de caer en la trampa. En América Latina se duplicó el número de casos de fraude electrónico, suplantación digital y robos vía internet. La vulnerabilidad que genera usar sistemas transaccionales basados en la red aumenta exponencialmente cada año. Además del dolor de cabeza de tener que crear claves para todo, de las cuales uno nunca se acuerda.

Para finalizar –y este es solamente un pequeño recuento del lado oscuro de ‘la nube’– la estabilidad de los proveedores y de sus facilidades es un riesgo real. ¡Es tan fácil mimetizarse detrás de una página en la red! Todos nos vemos lindos y honestos en internet. Si queremos que ‘la nube’ no se convierta en nubarrones de tormenta, todavía hay mucho por hacer.

Díctum. Todos con Peñalosa. Ante el desastre que nos hereda Petro, hay que rodear al nuevo alcalde.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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