Editorial: Los cuatro años de Petro

Editorial: Los cuatro años de Petro

El alcalde saliente perdió una oportunidad de oro para implantar una nueva gobernanza en la ciudad.

26 de diciembre 2015 , 07:34 p.m.

Esta semana llega a su fin el mandato del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro. Termina con una imagen desfavorable del 61 por ciento y una favorable del 39, indicadores que se mantuvieron, con algunos altibajos, a lo largo de estos cuatro años.

Son guarismos que reflejan lo ocurrido en uno de los gobiernos más convulsionados de los últimos tiempos. Si bien los bogotanos venían de la debacle de Samuel Moreno (Polo Democrático) y sus escándalos de corrupción a escala mayúscula –que terminaron con él y con varios funcionarios y concejales presos–, con Petro la ciudad repitió la zozobra del desgobierno a raíz de su destitución ordenada por la Procuraduría, el paso fugaz de dos alcaldes y el retorno del mandatario al Palacio Liévano tras una andanada de tutelas en los despachos judiciales.

Ese vértigo provocado por el mismo Petro y sus decisiones, a veces apresuradas y otras inspiradas en un fino cálculo político, hicieron de su administración una de las más polémicas que se recuerde, plagada de provocaciones y posturas que no siempre fueron legibles para el grueso de la sociedad. Y ese fue su karma.

En consecuencia, cualquier balance que se haga sobre el legado del alcalde saliente ha de tener como punto de partida la controversia que suscitaron sus determinaciones y que, si bien lo pusieron a él en la retina de la opinión pública, también opacaron las ejecutorias de sus colaboradores.

Para hallar esos hechos rescatables –porque sin duda los hubo– hay que esculcar en el entramado del propio gobierno y confiar en que sirvan de referencia para la administración que se estrena el primero de enero. La reducción de los homicidios es uno de ellos: pasó de 22 a 17,4 casos por cada 100.000 habitantes, al igual que la prohibición del porte de armas como política permanente y la reducción de otros delitos. No pasó lo mismo con el atraco callejero y la inseguridad en el transporte público.

El gobierno que termina elevó a 853.000 el número de raciones de comida para niños de colegios públicos; la implementación de la jornada 40 x 40 en 113 planteles –reconocida por el alcalde entrante e incluso por la Unesco– ya cobija a 255.000 jóvenes; el programa territorios saludables, salud a su hogar, alcanza a más de 900.000 familias y más de 3 millones de personas, y hoy la capital ocupa el segundo lugar, después de Bucaramanga, en la reducción de la pobreza, según ‘Bogotá, cómo vamos’.

Entre los temas menos mediáticos que merecen resaltarse están la defensa y el rescate del patrimonio cultural de la ciudad, los centros locales de artes para la niñez y la juventud (Clanes), las casas de justicia o la recuperación de quebradas, hechos que pasaron desapercibidos pese al valor que representan.

El tema crítico de movilidad tiene tanto de largo como de ancho. El avance en los estudios del metro, el impulso a medios alternativos –800.000 viajes-día en bicicleta–, el incremento en el uso del transporte público y haber dejado, aunque tardíamente, la proyección de una nueva troncal de TransMilenio son metas cumplidas. Contrastan con el fracasado subsidio a las horas valle y, a un costo multimillonario, la integración a medias del SITP, el cambio de sentido de la carrera 11 y la alta accidentalidad.

Hubo iniciativas que pudieron haber dado pautas para una nueva gobernanza de la ciudad, pero brillaron más por la intemperancia del Alcalde y su escaso margen de concertación que por un diálogo sincero con quienes pensaban distinto. Esto hizo que se perdiera tiempo valioso y se tomaran decisiones al filo de la ley. La forma improvisada como se definió el modelo de aseo fue un desgaste que le costó la salida del cargo; la llamada ‘retoma’ de la operación del servicio de acueducto y alcantarillado no produjo las eficiencias deseadas y sí le agregó carga burocrática a una empresa de por sí asfixiada por sus sindicatos; el Plan de Ordenamiento Territorial no pudo conocer parte de sus bondades por el absurdo enfrentamiento con el Concejo, que, para mal de los bogotanos, se mantuvo de principio a fin; la cascada de subsidios sin generación de valor fue cuestionada hasta por la excandidata de izquierda Clara López.

Petro fue terco, obsesivo, populista y poco estratega; errático a la hora de comunicar y sin un ápice de vergüenza en el momento de exhibir sus deseos presidenciales. Y sin embargo, su modelo de ciudad era coherente con la visión moderna de lo que deben ser las urbes del mundo: sostenibles, compactas, diseñadas para afrontar el cambio climático y humanas. Petro lo tuvo todo para haber sido un gobernante destacado, pero le pudieron más el ímpetu de sus convicciones ya trasnochadas –como quedó demostrado en las urnas– y la paranoia de ver enemigos por doquier. Sí, fue un alcalde con énfasis en el tema social, pero olvidó ser el alcalde de todos. Por eso pasará a la historia, más que como el gobernante de las grandes transformaciones, como el hombre que le cerró el ciclo a la izquierda en Bogotá.

EDITORIAL
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