Un diciembre diferente para dos sobrevivientes de Armero

Un diciembre diferente para dos sobrevivientes de Armero

Edilma Loaiza y su hijo relatan su historia en el documental 'El valle sin sombras'.

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25 de diciembre 2015 , 08:41 p.m.

Comienzo por presentarme. Mi nombre es Edilma Loaiza, y tenía 28 años cuando sucedió la tragedia de Armero. Yo nací en Líbano (Tolima) y llegué a Armero a los 14 años, por la salud de mi mamá. Ahí nos organizamos, y yo empecé una nueva vida cuando me casé con Jesús Díaz, un señor muy reconocido por la tapicería y por el deporte, porque él entrenaba ciclismo, corrió en la Vuelta de la Juventud. (Lea: Armero: 30 años de la tragedia anunciada que nadie evitó)

Nosotros no éramos pobres, teníamos dos casas, una tapicería, vivíamos bien. El día de la avalancha, me faltaban cuatro meses para cumplir diez años de casada. Tuvimos cuatro hijos: un par de gemelos (Jesús Edwin y Eison Alirio), que tenían 9 años; una niña (Astrid Helena), de 7 años, y Edward Julián, que iba a cumplir 2 añitos.

Ese día comenzó a caer ceniza temprano, pero nos dijeron que no nos preocupáramos, desde el carro de bomberos nos pedían que no saliéramos, que nos quedáramos encerrados. El cura sí dio la misa mucho antes, a las 5 de la tarde, y dijo que tenía que ir a hacer una vuelta a Ibagué. A él le avisaron, y se salvó. (Lea también: Sobrevivientes de Armero recorren las tumbas que dejó la tragedia)

Después de las 5 p. m. comenzó la ceniza más fuerte, y como a nosotros nos iban avisando, dijimos ‘encerrémonos’. Ya tipo 8 o 9 de la noche comenzó a caer arena. Simplemente, nos encerramos y yo seguí con mis labores, que eran las tareas de los niños. Y había un partido por televisión. Terminamos la tarea como a las 9 de la noche, ellos tenían exámenes finales, y nos acostamos.

Como a las 11:40, los vecinos comenzaron a darle duro a la puerta y me gritaban: ¡Salga, Edilma, salga! ¡Chucho! Nosotros nos asomamos a la puerta y cuando salimos ya los carros iban llevándose a los niños por delante, el ganado, todo era un caos. Yo le dije a mi compadre que si me llevaba los niños y él me dijo que no tenía cupo. Igual, si se los hubiera llevado, no los habría encontrado.

Edilma y su hijo Edward esperan viajar a Ibagué. / Juan Diego Buitrago EL TIEMPO.

Yo cerré la puerta al ver que venía el ganado desbocado. Y de pronto, ¡tas!, el totazo cuando se fue la luz. Quedamos a oscuras. Yo sabía dónde estaban los fósforos, la linterna, así que prendí una vela y él fue por la moto, pero no prendió. Cogí los niños y me los llevé para la terraza, pero cuando quise abrir la puerta, se vino. Le pegó un totazo a mi esposo y le partió la mano. Cuando quisimos subir, eso entraba como cuando usted suelta una volquetada de arena. Y nos atrapó casi hasta la rodilla. Y luego comenzó a entrar el lodo por todos los lados, la tierra se abrió y se unió nuevamente.

Yo me di cuenta de que estábamos encima de la cama, y les decía ‘Suban, suban’. Pero no alcanzaron a subir ni mi esposo ni la niña. Me acuerdo que comenzó a meterse el lodo por debajo, y suba y suba, hasta que ya tocamos el techo. Como era de Eternit, volaron las tejas y las cosas nos cayeron encima, fue todo muy rápido. Estaba muy oscuro. Un molino, que estaba en la parte de arriba del pueblo, se vino y pegó en el borde de la terraza y cayó al otro lado. Si cae hacia nosotros, nos mata. Yo tenía a los dos gemelos, uno a cada lado, y a Edward alzado, mientras el lodo subía y subía. Luego, se fue como apaciguando y todo el mundo gritaba, lloraba, no se veía nada. (Vea aquí: Armero y París, entre los videos que más conmovieron a los usuarios)

Estábamos totalmente atrapados, no nos podíamos mover. Luego de muchas horas de escarbar, logré destapar a los niños, que nunca se me soltaron de la manito. Pero me di cuenta de que estaban muertos, ya se habían ahogado. Comieron lodo, estaban con los ojitos abiertos, quemados, muy rojos. Yo lloraba, y al mismo tiempo tenía mucho susto. Ya era la madrugada y sentí que había bulla. Un muro me tapaba como por 25 cms., así que no alcanzaba a ver hacia afuera, pero sí escuchaba a la gente que pasaba pidiendo ayuda.

Ya casi al mediodía llegó un muchacho de la Cruz Roja y me dijo que me iban a ayudar, pero no pudieron, solo pudieron sacar a Edward, porque las piernitas las tenía enterradas. El muchacho llamó al helicóptero, tiraron un lazo y lo sacaron. Cuando lo sacaron, le chorreaba sangre de la piernita, y lloraba mucho porque pedía tetero.

Cuando me quedé sola, comencé a destapar a la niña, vi que tenía la cabeza como caída, empecé a limpiarla y Chucho se dio cuenta de que estaba atrapada y comenzó a mirarla, porque ella era su adoración. Pero yo me di cuenta de que estaba degollada, tenía una cortada en el cuello y al limpiarla, se le descolgó la cabeza. A mí se me llorosearon los ojos y le decía a Chucho: ‘Mijo, por qué no nos cortamos la pierna para poder salir’. Y él respondía: ‘No la siento, estoy mal’. Yo escarbaba a ver si podía sacar su pierna, pero veía que salía mucha sangre. Ahí me dijo que estaba maluco, que lo dejara quieto, que inválido no quería vivir. Y como a las 11 y media de la mañana, murió.

A la niña se le caía la cabeza y yo volvía y se la acomodaba, le limpiaba la carita y sentía que ella me miraba. Como si fuera mi compañía. Eso me animaba a mí para salir.

El jueves ya oscureció y pasaban los helicópteros y nosotros les hacíamos señas. Ellos gritaban que volvían ahora. El viernes aparecieron los de la Defensa Civil. Yo escuchaba que un vecino gritaba y lloraba. Me dijo: “Es que estos hij… de la Defensa Civil me quitaron las joyas y me decían que ellos me ayudaban, y tenga cuidado porque me intentaron hundir la cabeza.

Pasó otro de la Defensa Civil y me dijo que le entregara lo que yo tenía de oro y yo les entregué lo que tenía. Le dije: ‘Por favor, ayúdeme’. Él hizo el intento de levantarme, pero como no pudo y los vio a todos muertos, se fue. Me dijo: ‘Voy a ir a llevar esto, y si veo a alguno de sus familiares, le digo que esto es suyo’. (Además: Las dos novelas de Jairo Restrepo Galeano sobre la tragedia de Armero)

Así duré hasta el viernes en la tarde, ya habían pasado casi dos días y no había recibido agua ni comida ni nada. El cansancio me vencía y me dormía por raticos, pero siempre sentía que la niña me miraba. La pierna izquierda nunca la pude sacar. Un muchacho se asomó y me dijo: ‘Para que usted salga de ahí, le va a tocar cortarse la pierna’. Le respondí: ‘Entonces, páseme ese machete que está en la claraboya’. Y me lo pasó.

Le quité la cremallera al buso que tenía mi esposo y me la puse en la pierna, más arriba de la rodilla, me la apreté bien y comencé a cortar. Dele y dele. Me dolía, pero no me salía sangre, sino aguasangre. Seguí cortando toda la noche, hasta que como a las 3 de la mañana llegaron tres muchachos. Estaban buscando a su tía, pero yo les rogué que no se fueran. Yo seguía cortando, ya la carne de la pierna había bajado, pero el hueso seguía ahí.

Edilma Loaiza cuenta su historia 30 años después de la tragedia. / Foto: Juan Diego Buitrago EL TIEMPO.

Entonces comencé con el machete a darle al hueso. Me metí una camiseta entre la boca y lloraba, el dolor y el ardor que yo sentía eran terribles, pero yo pensaba en Edward y decía: Tengo que salir. Los muchachos volvieron y al mediodía, me dieron agua, pero como yo me había comido todo lo podrido que tenía encima, me vomité. Me dieron un Boliqueso y fue peor. Como a las 7 de la noche, dijeron que se iban a descansar, y yo les cogí las manos, la pierna, de donde los podía agarrar y les decía que no me abandonaran, les lloraba. Y no me dejaron.

Como a las 8 de la noche, seguían tratando de sacarme y vieron que la pierna se movió, como que la tierra se estremeció, y me amarraron como con una especie de pañal, para sostenerme. Ya antes los de la Cruz Roja me habían intentado sacar con un lazo, me amarraron y yo sentí que se me desprendió algo en el vientre, así que me solté. En efecto, duré muchos años en tratamiento en Medellín porque se me desprendió un riñón.

Los muchachos se veían ya cansados esa noche, intentaron voltearme y vieron que mi hija me estaba oprimiendo, porque se había inflado. Me convencieron de que la chuzara con el machete, y yo metí la punta, y se abrió esa niña, se destrozó. Fue tal vez lo más duro, el impacto de esa niña desmembrada. Esa imagen me persiguió y solo después de siete años pude superarlo.

Ellos hicieron un hueco muy hondo, hasta que me ayudaron a sacar el pie, ya con la carne remangada sobre los dedos. Me envolvieron en una toalla, me levantaron y me subieron al tanque, me limpiaban y me pasaban ropa porque yo salí totalmente empelota.

Una casa sin reposo

Ya casi amaneciendo el domingo, me sacaron cargada y me llevaron hasta una parte donde me recogieron en un helicóptero que llevaba otros heridos. Fuimos a Lérida pero no me recibieron porque no había espacio, entonces me llevaron a Guayabal. Ahí me despedí de los tres muchachos.

Luego me limpiaron y me llevaron a Mariquita. No había alimentos, nada, y yo siempre preguntaba por Edward. El domingo por la mañana me amputaron el resto de la pierna que faltaba y rápido me llevaron a Medellín, por la comida, la dormida y los medicamentos. Me hospitalizaron en el Pablo Tobón Uribe. Ahí los médicos fueron buenos conmigo, pero yo seguía pidiendo que me ayudaran a encontrar a Edward.

Edilma Loaiza fue protagonista de 'El valle sin sombras', documental del cineasta Rubén Mendoza. / Archivo particular.

Una sobrina del esposo de mi hermana estaba en Medellín y me llamó y me dijo que a mis hijos se los habían comido los perros, que no encontraron sino pedazos. Eso fue un impacto tan feo y yo me puse a llorar. La jefa de enfermeras, que se llamaba Luz Marina, me quitó el teléfono y le dijo: ‘Niña, no vuelva a llamar’. Y cuando mi familia me llamaba, ya no pasaban la llamada.

Allá duré un año en silla de ruedas, sentada sobre un neumático, porque las heridas eran terribles, la otra pierna tenía un tendón reventado, quemaduras por todas partes. Como a la semana siguiente, me encontró uno de mis hermanos. Y al verme así, lloraba igual conmigo. Ese tiempo fue como de lloradera… ¡Yo casi acabo con Papeles Nacionales, de la cantidad de pañuelitos que me mandaban! Además, me dejaron al lado de una ventana y cada vez que pasaban niños, yo veía en ellos a mis hijos.

Unas familias de Medellín me ayudaron y pagaron mucha plata para poder recuperar al niño, la señora Luz Ángela Álvarez, el esposo Fernando Pereira, y como 50 personas de un club de golf que se unieron para darnos ayuda. Yo había entregado a Edward el 14 de noviembre, y me lo entregaron como el 26 o 27 de diciembre, recién pasadita la Navidad.

Él llegó con una piernita podrida, y no me reconoció. Finalmente se quedó conmigo, y me dieron salida al día siguiente, como el 28 de diciembre. Yo ya no lo soltaba, me lo traía a que me hicieran las curaciones, porque quedó con el pie chapín. Los señores de Medellín costeaban todos los tratamientos. Cuando me mandaban a la psicóloga de turno, me preguntaba: ‘¿Qué fue lo que te pasó?’ Y yo respondía: ‘¿Es que usted no ve noticias?’ Yo me cerraba, me dolía lo que había dejado atrás, y tal vez por eso fui a parar a una clínica de reposo, el Hospital Psiquiátrico San José en La Ceja (Antioquia).

Estuve hospitalizada en silla de ruedas, y allá había una monja que me hizo la vida imposible por ser de Armero. Nos despreciaban por ser de allá. Nos decían avalancheros, que habíamos salido del barro como marranos, nos hacían sentir de lo peor. Por eso yo no decía que era de Armero. El gobierno nunca nos dio la posibilidad de tener una prótesis, la gente de Medellín se había conseguido una en Francia, pero tenían que pagar a la Dian para traerla y nunca se pudo.

Allá duré dos años, muy aburrida, porque la monja me tiraba la comida porque no iba a misa. A Edward no le negaba el desayuno, pero a mí sí. Me ponían en el comedor con los que estaban locos, y muchos de ellos se vomitaban encima de la comida, escupían sobre los alimentos. Yo me hacía retirada, llegaba después para no hacerme con ellos, y entonces me decían que no tenía derecho a la comida, y la botaban a la aguamasa.

A uno le daban medicamentos y yo no los tomaba porque pensaba que me iban a enloquecer, yo veía que la gente andaba como sonámbula… Yo me hice muy amiga de los enfermeros para que no me dieran esas drogas, y cuando la jefe les preguntaba ‘¿Ya le dieron las pastillas a esta señora?’, ellos contestaban: ‘Sí, señora’. Y me rogaban: ‘Por favor, Edilma, hágase la dormida, hágase la que se toma las pastillas’. Y me reconocían que esos medicamentos no eran para mí, pero la jefe quería obligarme a que me los tomara.

La monja me decía ‘Como usted es de Armero, tiene que bañar al niño, tiene que hacer esto, tiene que hacer lo otro’ y me señalaba. Por la forma de ser de ella, yo aprendí a hacer todo mi oficio en silla de ruedas, y en cierta forma, me hizo un favor. Pero fueron dos años terribles, muy tristes. Ya después, me pude parar del neumático, me prestaron una prótesis como en guadua. Y eso eran golpes tras golpes, pero yo no soltaba a Edward. Me decían que había una familia en Medellín que lo quería llevar a España, pero les decía que no. Después de que lo encontré yo no lo suelto ni a bala. Yo pasaba necesidades, pero con él.

Finalmente, salí de pelea con la monja, porque me quiso pegar en la cara. Entonces, me fui a vivir con la supuesta madre sustituta que le había nombrado el Bienestar Familiar a Edward. A ella le estaban pagando por tenerlo, y la señora me arrendó media habitación. En Armero, yo había aprendido a hacer flores en tela, y yo las mandaba vender con una familia que me había ofrecido ayuda en La Ceja. No sé si las vendían o las compraban ellos, pero allá me llegaba una platica. Y además, todavía tenía unos ahorritos en el banco, que antes de la tragedia me la había abierto un compadre, el padrino de los gemelos.

Un pedacito del CDT

Después ya llegué a Ibagué y con el carné del hospital reclamé una platica que tenía en el Banco Cafetero. Mi esposo tenía también un CDT en la Caja Agraria que había abierto años atrás con 250.000 pesos de la época (a la tasa de cambio de entonces, hoy serían equivalentes a más de 5.000 dólares, más los intereses) y me fui a averiguar qué pasaba con ese dinero.

Para los trámites, tenía que tener la partida de matrimonio, el acta de defunción de mi esposo, el registro civil de los niños y la denuncia de que ellos habían muerto, para constatar que sí era la esposa de Jesús Díaz. Fui al juzgado en Ibagué y no me pusieron cuidado. Me fui para Guayabal con mi hermana y busqué a una inspectora, pero la muchacha me dijo que teníamos que gastarle el almuerzo porque era la única hora en la que nos podía atender. Nos tocó pagar la carrera del taxi hasta Armero, el almuerzo y lo que costaba el acta de defunción, pero solo hizo la de mi esposo, no la de los niños porque no tuve con qué pagarle las otras. Por eso cargo un papel en el que dice que mi esposo es el único muerto, mis hijos siguen como desaparecidos para el gobierno. (También: 'Creí que había llegado a Armero a morir')

Mi meta era cobrar el CDT pero igual, me negaron esa plata. Hice vueltas y vueltas, y le comencé a mandar cartas a la sucursal de Ibagué, y nadie me respondía. Me decían que esa plata se la habían entregado a alguien, pero nunca me dijeron a quién, que eso era confidencial. Un doctor de apellido Jaramillo me dijo que si yo encontraba un pedacito del CDT, él me entregaba la plata. Quería que yo me fuera a Armero a revolcar donde quedaron tantos muertos, y desenterrar la casa. Y eso que la copia del CDT me la habían mostrado en una de sus oficinas, toda cubierta de polvo, yo la vi, pero luego me dijeron que eso era falso. Hasta que el año antepasado, les puse una abogada. Y ella se quedó con todos los papeles originales.

Cuando llegué de Medellín, fui a la Pastoral Social en Lérida porque allá estaban dando las casas, ya en Ibagué ya las habían sorteado. Pastoral Social era la última oportunidad donde estaban dando casas, y un padre me dijo que yo no aplicaba para una vivienda porque tenía que tener como mínimo dos hijos vivos. Y yo le pregunté: ‘¿Y entonces, voy y los resucito? No me queda sino uno’. Entonces nunca apliqué para esa vivienda.

De las donaciones que llegaron de tantos países, nunca recibimos ni un peso. Yo me acerqué a que me dieran un carné de damnificada y me lo hicieron llegar a la Cruz Roja de Medellín. Una vez me dieron un mercado, en el que todo estaba podrido. Lo único que nos alcanzamos a comer con esa hambre que teníamos, como a las 3 de la tarde, después de estar haciendo fila desde las 4 de la mañana en Resurgir, fue un tarrito pequeñito de carne de diablo, después de escarbar como limosneros en ese mercado. Y nos comimos el tarrito como entre tres hermanos.

Después de muchas vueltas, la vida nos cambió un poquito porque yo en Ibagué me conseguí un señor. Me decía que yo le parecía muy bonita. Era muy amigo de mi hermano, y yo les arreglaba la ropa a los dos. Me propuso y duré varios años con él. Nos trataba bien, a Edward le acabó de dar la primaria y parte del bachillerato, era muy bueno conmigo… hasta que se consiguió otra señora y se fue. Así se nos volvió a torcer la torta.

Yo preferí venirme para Bogotá y me tocó lavar pisos, me humillaban tan feo… me hacían encaramar en las lavadoras para limpiar las paredes... Y por estar ahí fregando me partí este hombro, quedé mal del brazo, ya no soy la misma que era antes. La pierna que perdí a veces me molesta el miembro fantasma, y me descompenso. Me da dolor de cabeza, me da vómito. Estuve en el neurólogo y me dicen que es por la falta de la prótesis. Yo creo que el nervio está pidiendo el peso de esta pierna.

Buscando oportunidades

Aquí, metí a Edward en un instituto llamado Arkos U, donde terminó el bachillerato. Comencé a pasar necesidades otra vez, pero Edward comenzó a conseguir trabajitos, en el Éxito fue empacador, aunque solamente se ganaba las propinas voluntarias. Y con eso vivíamos. Y con lo que yo ganaba planchando ropa.

Un día, alguien nos dio un papel, que con eso le daban media beca en un instituto llamado Externado Simón Bolívar, y Edward se graduó de investigación penal y criminalística. En ese tiempo yo me enfermé, me dio algo en la cabeza y duré como un mes hospitalizada, me llevaron a Ibagué, y me daban como ataques, tal vez por el estrés. Edward se graduó pero porque mi hermano y la esposa le pagaron el estudio.

Le tocó comenzar a pasar hojas de vida para vendedor pero lo desechaban por lo de su pierna. Y yo me ganaba la vida planchando. No hemos progresado por falta de estudio para Edward. Mis sobrinas me llamaban porque yo era buena vendedora, y me llevaron al Ley de Kennedy para hacer un inventario con ellas, que allá nos pagaban. Pero la señora dijo que yo no servía. Que por la discapacidad no podía encaramarme a bajar unas medias y a bajar otras cosas, y me sacó como a la medianoche.

Nos han negado la oportunidad de trabajo, como si mis manos no sirvieran, como si la pierna que tengo no me obedeciera. La incapacidad mía fue como una inutilidad, yo no tenía la oportunidad de trabajar en una parte decente, sino limpiando pisos. Planchando hasta la una o dos de la mañana. Me tocaba hacer oficio, y si a las 5 p.m., cuando terminaba de planchar, llegaban las hijas de la señora, comían y me decían ‘Edilma, hay que lavar esta loza’, así estuviera acalorada.

Pasamos hambre. Muchas veces no teníamos ni con qué tomarnos un tinto. Teníamos que comer lentejas solo guisadas con sal porque no teníamos más, teníamos que pagar un arriendo. Salíamos a caminar, veíamos la gente en el mercado comprando tantas cosas tan ricas y nosotros nos comprábamos unas tajaditas de salchichón de cien pesos. Y yo a veces ni comía por darle a Edward, que era tan tragón. Yo le compraba ropita interior en los cacharros de la calle, ropita interior de mil pesos. A veces, las navidades eran unos calzoncillitos de mil y unas medias de mil. Y él se ponía contento, porque yo le daba lo que yo podía.

Nunca hemos pensado en algo indebido y que Dios nos guarde de eso. A Edward nunca le he dado esa enseñanza. Nos han propuesto cosas. Una vez me dijeron que me mandaban a arreglar la prótesis y que yo por dentro de la prótesis llevara no sé qué y que a mí no me esculcaban. Pero no lo hice porque a mí me da miedo la cárcel. Me da miedo dejar a mi hijo solito. Hoy está Edward de cumpleaños y no le he dado sino un abrazo, porque ni siquiera el almuerzo…

Yo mando a Edward al trabajo mal comido, sin un peso, y él me cuenta que los compañeros le dicen que van a comer a tal parte y él les dice ‘No, es que tengo que hacer una vuelta’. Y es que lo que ganamos no nos alcanza, siempre estamos debiendo un recibo u otra cosa, y nos amenazan con que nos van a mandar a cobro jurídico. Créame que me siento ya como cansada.

La vida de nosotros fue chistosa, hasta que ahora se nos han abierto las puertas, porque Edward ha trabajado en partes donde hemos podido salir un poquito adelante. Sobrevivimos. La vida ha sido dura con nosotros, pero nos hemos hecho fuertes.

Tres veces hicimos el intento de buscar una casa, un lote o un apartamento, hasta que a la tercera fue la vencida, y Edward salió favorecido por el subsidio. Él estaba afiliado a una Caja de Compensación y estamos en Ciudad Verde (en Soacha) pagando un apartamento. Pero nos vemos alcanzados, porque lo que Edward gana no es suficiente. Trabaja en una empresa de seguros, en ventas, pero tuvo contrato hasta el 15 de diciembre. Ahora se quedó sin trabajo otra vez.

Yo ni a mis sobrinos ni a mi familia les he contado la historia. Ellos fueron y nos enterraron nuestros muertos, pero nunca se imaginaron lo que yo viví. Ahora estamos sanando esta herida. Pero esta Navidad, yo voy para Ibagué y les voy a contar la historia. Y ahí cierro mi ciclo. Espero que tengamos con qué irnos a Ibagué y pienso decirles lo que yo viví, para que les sirva a ellos, para que si tienen un problema, salgan a flote y piensen que sí se puede.

Un documental redentor

Edilma fue una de las protagonistas de El valle sin sombras, un documental que el cineasta Rubén Mendoza exhibió en noviembre en algunas salas y en el canal Caracol. Ella nunca había querido contar su historia, pero 30 años después, contarla en medio de las lágrimas fue un acto de sanación: “Yo le dije a Edward: ‘Quiero contar mi historia porque quiero acabar con ese luto que nunca lo recordé y que me martirizaba’. Cuando volví al lugar donde debía estar mi casa en Armero, yo me derrumbé. Rubén me abrazaba y yo lloraba, para mí ese día fue como salir de lo que yo viví en ese momento, lo saqué ahí, liberé mi corazón de ese duelo y esa tristeza. De la frialdad con que el gobierno nos trató, y que hasta ahora, por gente buena como los de la producción, salió a la luz. Ellos nos hicieron ver que nosotros valíamos como personas y nos devolvieron la dignidad que nosotros merecemos”.

Mendoza planea mostrar el documental al presidente Juan Manuel Santos en la Casa de Nariño y quiere que Edilma esté allí, para reivindicar su historia.

JULIO CÉSAR GUZMÁN
Editor Cultura y Entretenimiento

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