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24 de diciembre 2015 , 09:45 a.m.

Uno de los pueblos más lindos

Antes de llegar a la población hay que hacer una parada en la vereda El Tunal, antecedida por varias tiendas, donde venden delicias típicas: brevas con arequipe, cocadas, panelitas de leche y cebollitas ocañeras; estas últimas, del tamaño de un limón, caramelizadas y enfrascadas en vinagre.

Desde allí, tras una caminata de cinco minutos, se llega a Los Aposentos, una de las zonas donde los estoraques se dejan apreciar en todo su esplendor.

‘Este es un lugar sagrado; entra como un peregrino’, reza un aviso cerca de un altar de piedra. A pocos metros hay una imagen de la Virgen de Belén empotrada en un estoraque, alto y grueso, de unos seis metros, que parece una columna salomónica derretida. Allí, el primer sábado de cada mes, se celebra una misa en tributo a Nuestra Señora de Belén, conocida como la ‘bella ojona’, coronada, con el niño Jesús en brazos y custodiada por un vidrio ya opaco.

A la arena gruesa y blanca que caracteriza la región, como arena de mar, se le debe el primer nombre del pueblo: la Playa. Y a la devoción a la Virgen de Belén, el segundo, aunque la patrona sea la Virgen de las Mercedes.

Los Aposentos, en la entrada del pueblo, son un santuario al aire libre donde se le rinde tributo a la virgen de Belén. Allí, los estoraques se dejan contemplar en todo su esplendor. Mauricio Moreno y Rodrigo Sepúlveda/ EL TIEMPO

Desde el pueblo, el cura y los feligreses caminan hasta este santuario al aire libre que son columnas, conos, laberintos y cárcavas anaranjadas que por un segundo hacen pensar que estamos en la ciudad perdida de Petra, en Jordania, o en una versión natural de la Sagrada Familia de Gaudí. En otro planeta.

Vale la pena quedarse allí varias horas para contemplar este paisaje hermoso y dramático, desolado y tranquilo. No hay turistas. No hay nada, pero lo hay todo: la vida pura y estas piedras monumentales moldeadas como obras de arte. Pero hay mucho más para ver.

Retornamos al camino y cinco minutos más tarde llegamos al pueblo, que es uno de los secretos mejor guardados del país. Un pueblo pequeñito que parece una artesanía. Un pueblo colonial que apenas son tres calles principales: de Belén de Jesús o del Comercio; la del Medio y la de Atrás, o la carrera de San Diego. Otras seis calles, más pequeñas, conforman esta población de arquitectura perfectamente uniforme: de fachadas blancas adornadas con ventanales, balcones, puertas de madera y zócalos de color marrón, cada cual con una maceta de barro de la que cuelgan flores, novios y gloxinias de colores.

Un amanecer anaranjado en la Playa de Belén, un pueblo de conservada arquitectura colonial que parece detenido en el tiempo. Mauricio Moreno y Rodrigo Sepúlveda/ EL TIEMPO

Casi la totalidad de las casas (excepto una de dos pisos) son de solo una planta. Los números de las matrículas de las viviendas están fundidos en hierro forjado. Los techos son de tejas de barro y las paredes, de tapia pisada. Las calles son de concreto con líneas de piedra y las pocas señales de tránsito y los avisos de las tiendas son tajadas de troncos de madera marcadas con el mismo elegante tipo de letra.

Un ilustre desconocido

Pero este pueblo, fundado en 1862, era un ilustre desconocido. Natalia Bobadilla, funcionaria de la Oficina de Turismo del municipio, recuerda que apenas en el 2005 se empezó a dar a conocer. Entonces fue declarado Bien de Interés Cultural de la Nación, y cinco años después ingresó a la Red de Pueblos Patrimonio, conformada por los 17 pueblos más lindos del país.

Bobadilla cuenta que solo a partir de estos reconocimientos el pueblo comprendió que podría tener una vocación turística. Y que así, poco a poco, han creado varios hoteles, hostales y restaurantes, y que aunque no son tantos los turistas, muchos de ellos vienen del exterior. Sin embargo, reconoce que falta infraestructura en servicios turísticos, en conectividad. Aprender de la industria. Pero sabe también que su tierra tiene lo más importante: los atractivos y el potencial para convertirse en un gran destino.

Natalia sirve de guía para conocer un pueblo donde el único ruido es el canto de los pájaros y el crujir de los árboles con el soplo del viento. Un pueblo donde bien valdría la pena jubilarse.

El mirador de los Pinos es el sitio ideal para descansar al aire libre en la Playa de Belén. Mauricio Moreno y Rodrigo Sepúlveda/ EL TIEMPO

Y así nos lleva a la iglesia de San José, el único templo católico, con sus dos torres blancas coronadas con cúpulas de cobre. Adentro, una imagen de madera de José, el carpintero santo, con el serrucho en la mano, y otra de la patrona de los playeros, Nuestra Señora de las Mercedes, traída desde Barcelona (España).

La iglesia queda en la única plaza, en el parque Ángel Cortés, al lado de un arco blanco bordeado por flores, que es la entrada al cementerio. Justo al lado de la tienda donde Elba Luz López vende helados de yuca que no saben a yuca (saben a leche condensada) y de gulupa y horchata de arroz. Y a solo 300 metros de allí queda el Área Natural Única los Estoraques, 600 hectáreas protegidas por Parques Nacionales Naturales. Y aunque ya se ha dicho que en toda la región se ven estoraques, allí están los más bellos y espectaculares. Pero, como toda joya de museo, solo se pueden ver desde lejos.

Luis Fernando Meneses, jefe del lugar, cuenta que el parque está cerrado al público porque los senderos están deteriorados y hay un litigio con los dueños y ocupantes de 16 propiedades dentro del área protegida.

El Área Natural Única Los Estoraques no solo es un espectáculo paisajístico; también es un escenario para el estudio científico de la fauna y flora de este ecosistema. Mauricio Moreno y Rodrigo Sepúlveda/ EL TIEMPO

Pero aclara que a finales del 2016 espera ser abierto nuevamente. En la actualidad –cuenta– se adelantan estudios para establecer la capacidad de carga del lugar, pues se sabe que aunque los estoraques son estructuras robustas gracias a los minerales que los componen, el ecosistema es frágil y deben protegerlo de un turismo masivo y depredador. Para que no desaparezcan, como el árbol que les dio el nombre. También se delimitarán nuevas rutas y miradores.

Aunque en el pueblo hay guías que se ingenian la forma de entrar turistas al parque, vale aclarar que de esa manera el ingreso será clandestino y que, si le pasa algo, nadie responderá por su seguridad.

Pero tranquilo. Podrá contemplarlos desde el cementerio, o desde el mirador de la Santa Cruz, o desde la carretera. O puede ir a los Aposentos, donde no son menos asombrosos. Ya se ha dicho que hay estoraques en todo el pueblo, hasta en los patios de las casas.

En la Playa todo es impecable. “No hay un solo papel en la calle”, dice la profesora Carmenza Llaín y aclara que aquí la gente cuida el pueblo no porque sea obligación. Lo hacen así los playeros porque les gusta vivir tranquilos y porque son buenos vecinos. La tranquilidad, dice, es lo que más ama del pueblo que la adoptó hace treinta años y del que no quiere irse nunca. Ella es de la vecina Ocaña, ciudad que crece pero que atesora sus costumbres de provincia. Una ciudad que vale la pena conocer.

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