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24 de diciembre 2015 , 09:38 a. m.

Para llegar al cementerio, los dolientes deben trepar una meseta de más de 150 metros de altura, con el difunto al hombro.

El funeral se convierte en una penitencia que recrea el camino de Cristo hacia su crucifixión. Pero cuando se corona la empinada loma, el paisaje se convierte en la mejor recompensa y en un bálsamo ante el dolor.

Aquí la vida y la muerte comparten el mismo espacio de manera armoniosa entre tumbas blancas con cruces de hierro forjado y unos pocos árboles y jardines que brotan inexplicablemente en medio de arena tostada, como de desierto. Un lugar donde bien valdría la pena pasar a la eternidad.

Más allá de ser un cementerio es un mirador que permite contemplar una grandiosa panorámica de este municipio de cerca de nueve mil habitantes, considerado uno de los pueblos más lindos de Colombia.

Desde el cementerio se tiene una vista privilegiada la Playa de Belén, uno de los 17 Pueblos Patrimonio de Colombia. Mauricio Moreno y Rodrigo Sepúlveda/ EL TIEMPO

Y desde allí se revela el extraño pero bello paisaje que rodea la región: los estoraques, asombrosos gigantes de piedra que han sido esculpidos durante miles de años por el viento y el agua. En pocas palabras, por la erosión.

Parecen ciudades perdidas o castillos medievales amurallados. Parecen catedrales góticas o los vestigios de monumentos griegos o romanos. Parecen enfilados ejércitos de piedra pintados de terracota, de gris y naranja; guardianes milenarios que miran un cielo azul y despejado. Hay una zona de torres puntudas que, a lo lejos, se ven como los rascacielos de Manhattan. Y otra parece el Muro de los Lamentos.

Tienen todas las formas posibles. Hay que dejar volar la imaginación para contemplar estas geoformaciones, que datan de hace cuatro millones de años y conforman un paisaje único y muy poco conocido en Colombia.

La Playa de Belén, con sus estoraques, es el principal atractivo de un departamento que poco a poco ha venido superando el dolor y los estigmas de la guerra y que ha comprendido que el turismo es una luz y una esperanza de vida y progreso para sus habitantes. Una zona que, poco a poco, empieza a dejar de ser prohibida.

Los estoraques conforman laberintos, cárcavas y murallas altísimas que evocan todo tipo de figuras. Mauricio Moreno y Rodrigo Sepúlveda/ EL TIEMPO

Pero queda lejos. Para llegar hay que volar a Cúcuta, en la frontera con el vecino país de Venezuela, y tras un vuelo de cincuenta minutos hay que coger carretera hasta Ocaña, que es la primera parada de este viaje.

El recorrido es largo y la vía parece un caracol sin principio ni fin. Pero se hace llevadero gracias a los paisajes que acompañan el camino: la inmensa cordillera Oriental, con sus ondulaciones poderosas e inmensas.

De Ocaña a la Playa de Belén hay 27 kilómetros de distancia, media hora de recorrido. Apenas se hace el desvío aparece el río Algodonal, que corre plácido con sus aguas frescas y cenicientas; aparecen cultivos de pepino, muy verdes y perfectamente delineados, que más bien parecen viñedos. Y entran en escena los primeros estoraques, llamados así en tributo a un árbol que abundaba en la zona y que fue arrasado para elaborar medicinas y perfumes.

Hoy solo queda uno, que se levanta modesto en la plaza del pueblo entre soberbios árboles de lapacho, arrayán y guayaba.

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