Editorial: La Navidad de hoy

Editorial: La Navidad de hoy

Desear una feliz Navidad es desear una vida renovada, en la que se respeten los derechos de todos.

23 de diciembre 2015 , 07:57 p. m.

En las grandes ficciones de Navidad suele contarse un renacimiento, un redescubrimiento de la vida: a un personaje le llega la Navidad, como un cambio de fondo o un giro en su recorrido, para recordarle lo que de verdad importa, para darle una última oportunidad de recobrar la humanidad perdida. En el relato icónico de Charles Dickens, de 1843, el amargo señor Ebenezer Scrooge es obligado por la magia invernal del 25 de diciembre a recibir no solo la visita, sino los consejos de los fantasmas de su pasado, su presente y su futuro. En 'El regalo de los reyes magos', la historia inolvidable de O. Henry publicada en 1905, los miembros de una pareja joven llevan a cabo un par de sacrificios irónicos e inútiles (ella vende su pelo para comprarle a él la cadena de su reloj, él vende su reloj para darle a ella unas peinillas para su pelo) y es claro que lo que más les ha importado es el otro.

Colombia, este país lleno de tradiciones navideñas, que sigue aprovechando los fines de año para contarles a los niños la historia del nacimiento de Jesús, en el 2015 ha estado recibiendo las visitas de su pasado, su presente y su futuro, como si estuviera acercándose a un renacimiento. Durante muchos años –algunos dirían décadas, otros más hablarían de siglos– se acostumbró a los enfrentamientos sin sentido, a los puntos de vista innegociables y a las resoluciones violentas de sus conflictos, pero hoy, gracias a las discusiones acaloradas alrededor de los diálogos de La Habana, que al ser discusiones son ya un avance frente a la violencia, el país parece estar un poco más cerca de un redescubrimiento de la vida, de una nueva conciencia sobre los otros y sobre la naturaleza.

Por supuesto, estamos lejos de un final feliz. Un país es una historia que continúa, que no tiene un capítulo final, y siempre tiene la oportunidad de ser corregido. Pero de los enfrentamientos de este año, entre aquellos que ven una rendición en las conversaciones con las Farc y aquellos que creen en el simbolismo de las negociaciones, puede concluirse que cada vez más colombianos están de acuerdo en el rechazo de la violencia, en la condena de los abusos sexuales dentro y fuera de la guerra, en el desconcierto ante los brotes de intolerancia hacia los otros ciudadanos, en el repudio de la explotación de los indefensos y en el desprecio por el reclutamiento de menores y las desigualdades que malogran tantas vidas colombianas desde sus primeros pasos.

Luego de tres años de conversaciones puede decirse, en fin, que muchos más han empezado a ver que los sacrificios –los famosos sapos que hay que tragarse cuando se trata de integrar a la guerrilla a la vida civil– pueden traer importantes beneficios para todos.

Pero no solo el proceso de paz ha traído un pequeño cambio de espíritu a Colombia. Del 2015 habrá que recordar luchas ejemplares como las que llevaron a la Corte Constitucional a aprobar definitivamente la adopción igualitaria, llamaron al Ministerio de Justicia y al Ministerio del Interior a facilitarles los trámites legales a las personas transexuales, convencieron al Ministerio de Salud de insistir en la eutanasia y en la interrupción voluntaria del embarazo no como asuntos morales, sino como gravísimos problemas de salud pública y oportunidades para que la comunidad se ponga del lado de sus individuos: la homofobia, el machismo y el moralismo fueron confrontados cara a cara, y el país se acercó un poco más, como el protagonista de alguna historia de Navidad, a la humanidad olvidada.

En una sociedad que durante siglos se ha apoyado tanto en los valores tradicionales, y en los importantes preceptos del catolicismo, no es nada fácil recordar que las morales de todos están en la obligación de encontrarse en el punto en común de la ley, pero este año sí que se ha avanzado en la comprensión de esa pequeña pero poderosa idea. Podremos no estar de acuerdo con las vidas ajenas, y tener desencuentros por lo que no entendemos de los otros, pero en esta democracia tendrá que reunirnos siempre la aspiración de que nos cobijen los mismos derechos a todos los que obramos dentro de la ley.

En los cuentos inmortales de Navidad, de 'La vendedora de cerillas', de Hans Christian Andersen, a 'El gigante egoísta', de Óscar Wilde, suele sugerirse que dice mucho de una sociedad el estado en el que se encuentren sus niños. Será evidente que Colombia ha cambiado, ha renacido cuando sus menores de edad no se vean forzados a crecer en un país que resuelve sus debates a sangre y fuego, no sean reclutados ni sometidos por los ejércitos ilegales para sus guerras, no pierdan sus ríos y sus paisajes a manos de la minería ilegal, sigan encontrando nuevas oportunidades para educarse, puedan ser adoptados por los padres que los quieran, jamás sean discriminados por su orientación sexual, no se vean obligados a sobrellevar embarazos en contra de su salud.

Desear una feliz Navidad, como se la desea este diario a sus lectores, es hoy desear una vida renovada en la que sean respetados los derechos de todos.

editorial@eltiempo.com

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