El calor festivo de los diciembres en el barrio Obrero de Cali

El calor festivo de los diciembres en el barrio Obrero de Cali

El escritor Umberto Valverde recrea en este relato las fiestas de los años 70 en Cali.

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23 de diciembre 2015 , 07:13 p.m.

Para Carlos y Hugo, mis hermanos

Nací en el barrio Obrero de Cali, viví en calle caliente, en las esquinas gastábamos el tiempo, las palabras y los deseos. Todo el barrio tenía su manera de bailar, de jugar al fútbol en las calles y poner discos de la Sonora Matancera. Daniel Santos y Bievenido Granda eran los ídolos de la noche, y Celia Cruz era la reina rumba. Diciembre empezaba el 7 de diciembre, el día de las velitas. Era una vieja tradición, en la que las familias intercambiaban platos tradicionales, desamargado, buñuelos, manjar blanco y vino Moscatel. (Lea también: La carta de Navidad más valiosa del universo)

La fiesta se encendía desde temprano, se escuchaban los totes y las papeletas, y la música de la Sonora Matancera en sus diferentes voces marcaba la alegría de las gentes populares. También se cruzaban la música de Cortijo y hasta boleros de Tito Cortés, quien vivía unas cuadras más abajo y jugaba fútbol en el Loncha.

Con nuestra gallada, conformada por siete muchachos, recorríamos las calles del barrio, nos sentábamos en el parque, bajábamos hasta donde Merejo, el único sitio donde se escuchaba toda la música de Cortijo e Ismael Rivera. Pasaba por la casa de Rosa, en la carrera 11, la hermosa trigueña de cejas negras que bailaba conmigo pachanga en los agualulos de los domingos, y que un sábado decidió tomarse un veneno. Sin tener edad para estar en Cangrejos, el bar más bravo del Obrero, me amanecí llorando escuchando la voz de Daniel Santos, llamado Rosa. Rosa, qué generosa. Ella, hermosa joven que una vez me dedicó La cosecha de mujeres. (Lea también: Un trozo de natilla para Bernardo)

Con los boleros de Roberto Ledesma pedíamos la próxima caneca, que nunca se sabía cómo se pagaba. No, no salgas de tu barrio –del barrio Obrero a la quince es un paso–. Barrio que desgarra mi memoria. Llegó diciembre con su alegría, con las camisas de flores que mi madre cosía en su máquina Singer. Con la ropa que me compraba mi padre en el centro. Había poco, pero nunca faltaba lo necesario. Aprendimos a hacer voladoras, pedir y salir corriendo sin pagar. Armábamos peleas en las fiestas a las que íbamos, y creíamos que siempre estaríamos juntos. Sin embargo, cuando empezaron a tumbar el Rialto, un teatro sin techo en la carrera octava con 21, entendimos que el barrio no duraría para siempre, que los recuerdos de las películas de rumberas, con Tongolele, Meche Barba, Amalia Aguilar y Ninón Sevilla se convertían en una parte de nuestra infancia y adolescencia.

Diciembre sonaba a Recuerdos de Navidad de Celio González, a la voz de Lucho Argaín y Celina y Reutillo. Armábamos bolas de cera o le disparábamos a los globos para desinflarlos. Al otro día, día de fiesta, era inmensamente solo porque pesaba la resaca del día anterior. Después, en la tarde se volvían a escuchar los boleros, Panchito y Rolando La Serie. En la noche aparecía el mambo de Pérez Prado. Resortes era el gran bailarín que todos imitaban en el barrio Obrero. Bailarines como el Chato, que tiraba paso en la zona de tolerancia.

El barrio Obrero era todo para nosotros: Cali era una calle y no importaba lo demás. Por la carrera octava entraban los ciclistas, el inigualable Ramón Hoyos. También entraban los presidentes porque era el camino para el viejo aeropuerto, de donde partió mi padre para ir a La Habana, para asistir a un congreso de líderes sindicales. A mi padre, Octavio, le encantaba la poesía de Neruda y fue abanderado de las primeras huelgas de los sindicatos azucareros y de la fábrica de Croydon. Durante los últimos días de la dictadura de Rojas Pinilla, mi padre vivía escondido, saltando los techos de los vecinos, y nosotros dormíamos en la última pieza de la casa, por si acaso, porque los pájaros asesinaban a los opositores del gobierno. Una noche, mientras la gente estaba sentada en los andenes oyendo música, empezaron a disparar. En el día de las velitas nunca llovía y el cielo era azul, lleno de estrellas con una luna grande. La ilusión era que ya llegaban las vacaciones y todo el tiempo comíamos hojaldras y brevas dulces. La mamá de los Abadía, los que fueron jugadores del América, como Faustino, defensa central del equipo de Adolfo Pedernera, me preparaba chunchullo sudado, que nunca más lo he vuelto a comer. Nadie lo preparaba como ella.

El primero de enero, mientras en La Esquina del Movimiento se repetía como disco rayado Recuerdos de Navidad, un extra detuvo la música para informar que Fidel Castro y sus rebeldes habían entrado a La Habana y el dictador Batista había huido sin destino conocido. Años después, estas imágenes se convertirían en memorables en El Padrino, cuando Al Pacino besa a su hermano a las doce en punto del Año Nuevo y le dice: “Me partiste el alma, supe que fuiste tú”. Su hermano lo había traicionado y ni siquiera el afecto de la hermandad evitaría que fuera asesinado.

Un primero de enero, cuando ya se había iniciado la Feria de Cali, mi madre, María Rojas, me llevó a ver la orquesta de Dámaso Pérez Prado, el creador del mambo, chiquitico y con un bastón. También se presentó Carlos ‘Argentino’ Torres, acompañado por la orquesta de Pacho Galán, famoso por el merecumbé. El cantante de la Sonora Matancera interpretó un tema de moda: “Qué buena que está la mama, qué buena está la hija, yo me quedo con la mama, yo me quedo con la hija”. El barrio fue cambiando, unos bajaban y otros subían. Llegó el cemento; cuando pavimentaron, arrasaron con los árboles. La mayoría se fueron para barrios más pobres, como Alfonso López. Nosotros nos fuimos para el Junín, donde había unos zancudos de miedo. También murió Cangrejos, donde aprendimos a ser duros, a beber, a pelear y donde una mujer de la vida de una casa de citas famosa nos invitó un domingo a tomar cerveza y, por primera vez, sentimos que un cuerpo divino nos amacizaba.

En Cangrejos le cortaron la cara a la novia de mi padrino, y Lázaro, amigo de Rodrigo en San Nicolás, nos dijo que la mesa de un bar era el cuadrado de la soledad de una persona y quien lo interrumpiera estaría en peligro. Una vez, alguien lo molestó en ese silencio que manejaba y lo sacó a la calle y le hundió un cuchillo. Lázaro se suicidó. Nada fue lo mismo, solo la música. Las trompetas de la Sonora Matancera siguieron en mi memoria, los coros de Caíto y Rogelio, hasta que llegó la pachanga de Joe Cuba, Randy Carlos y Tito Rodríguez.

El barrio Obrero se quedó instalado en nuestra memoria, en el corazón, y nos fuimos por la vida, para contar todo eso que había aprendido de niño y adolescente. Mi amigo de infancia, Humberto Corredor, se convirtió en el acompañante de la Sonora Matancera y, después, en el mejor coleccionista del mundo. La primera que no pasamos el 31 de diciembre al lado de nuestros padres fue cuando vino Richie Ray y Bobby Cruz a la Caseta Panamericana. Fuimos todos los días a descubrir lo que era la música de Nueva York. Cali conoció a los Reyes de la Salsa. Ahora, la música del barrio, música de negros, decían algunos, se convirtió en la música de la ciudad. Música de trompetas, bajo, piano frenético y percusión alucinada. Ricardo viene de frente con su Sonido bestial. Ahí viene Richie, viene virao como bestia tocando el tumbao. De ahí en adelante fue la rumba, como un bajel perdido. La rumba de mi vida. Mi vida sin rumbo en diez noches sin nostalgia de faros ni de puertos. Aprendí todo lo bueno y, siempre cuando convenga, sé que con mucha plata, uno vale mucho más. Hola soledad.

UMBERTO VALVERDE
Escritor y periodista caleño, autor de ‘Bomba Camará’ (1972), ‘En busca de tu nombre’ (1976), ‘Celia reina rumba’ (1981) y ‘Quítate de la vía Perico’ (2001).

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