Navidad

Navidad

La luz de Nochebuena llega para sacarnos de tinieblas.

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23 de diciembre 2015 , 06:34 p.m.

Hoy es Nochebuena. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”, dice Isaías en el mensaje para nosotros, que hace años trasegamos la noche de nuestra sociedad, entre millones de víctimas, corrupción, inequidad y exclusión; incapaces de reconciliarnos por nuestras oscuridades personales de egoísmo, y por la codicia que nos rompe y que inyectamos como ambición a los niños, haciéndoles creer que la medida de la felicidad está dada por el tamaño de los regalos que ansían.

La luz de Nochebuena llega para sacarnos de tinieblas. Una luz en medio de la oscuridad de las apariencias con que hemos cargado los diciembres. Luz de los relatos que entregan el mensaje de lo que celebramos:

Jesús nace en una pesebrera, confundido entre los niños y mamás desprovistos de toda seguridad, como los bebés desplazados de los puentes de nuestras ciudades y de los ranchos de invasión, a riesgo de infecciones e incertidumbres. Su vida sin defensas será pura cercanía, sin casa propia ni trajes de marca, sin títulos ni comodidades que los distancien, fundida entre nosotros, presente en cada uno hasta la soledad desnuda de la muerte.

La noticia del nacimiento la reciben unos pastores iletrados que pernoctan a la intemperie del viento y las estrellas. La noticia no la reciben periodistas famosos, ni presidentes, ni la inteligencia militar, ni los académicos. Se da a seres humanos simples, que no están en el teatro de las personalidades y sus guardias armados. La noticia se da gratuitamente. Nadie tuvo que pagar por ella.

La mamá es una joven pobre que, al borde de dar a luz, es obligada a viajar a pie con su esposo porque no tienen influencias ni relaciones y no conocen nuestro mercado de palancas. No hubo para ellos un albergue, y sin embargo el nacimiento de este Niño es la gran fiesta de gloria en las alturas y el anuncio de la paz sobre la Tierra.

Al poco tiempo son amenazados. Una violencia terrible persigue al recién nacido y cae sobre los niños de Belén. Como la que sufrieron los jóvenes de pueblos donde los paramilitares mataban a grupos de 20 para tener certeza de que había muerto un subversivo, como la que sufrieron los niños que la guerrilla se llevó a la guerra. El Niño de Belén huye a Egipto y se identifica desde entonces con todos los desplazados y perseguidos de la humanidad.

En el fondo de estos relatos, sentidos en el silencio, se revela el mensaje de Navidad. Es el Dios de Nuestro Señor Jesucristo. Cercano, metido en nuestra historia, el Dios bueno con todos y todas, el Dios de la pasión por la grandeza de cada mujer y cada hombre en los dramas y alegrías de nuestras vidas. Un mensaje para creyentes y no creyentes, que nos llama a acercarnos desde nuestra fragilidad y vulnerabilidad a construir juntos y nos hermana con las flores, las aves y los animales de la Tierra.

Nuestra sociedad secularizada organiza una fiesta de fantasías desechables para atrapar a los niños desde ahora en las falacias del consumismo. Las ciudades se llenan de luces artificiales: igual Roma que Shanghái, Medellín que Tokio. Es la globalización del 'Christmas', que nada sabe de la razón de nuestra alegría, que es la celebración del amor al que gratuitamente hemos sido llamados todas y todos, para estar juntos, desde siempre y para siempre, sin que nos distingan el dinero, ni el color de la piel, ni las religiones, ni las creencias.

De pronto, entre la algarabía de la música, el licor y las extravagancias, saltan en estos días actos de solidaridad y experiencias de silencio liberador que manifiestan lo que hemos olvidado: la luz que nos hace radicalmente hermanos y hermanas, iguales, compañeros de todos los seres del universo. La luz que nos permite ver que hoy es la Noche de Paz.

¡Feliz Navidad a todos los que leen esta columna!

Francisco de Roux

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