El encanto de la Navidad chocoana

El encanto de la Navidad chocoana

Celebración en torno al pesebre y en la Bogotá de los 80, continúan serie de relatos y crónicas.

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22 de diciembre 2015 , 07:41 p.m.

Para celebrar la Navidad en Chocó como Dios manda, es necesario armar un buen bochinche; y cualquier familia chocoana que se respete sabe cómo hacerlo. No hay excusas para hacer un buen alboroto, ni siquiera ante la falta de equipo de sonido en la casa, como en el caso de los Mosquera Ibargüen. Entonces, se recurre a lo que a cualquier elemento como tapas de ollas, baldes para lavar la ropa, cucharones, palos, pitos y hasta las palmas de las manos y gritos a voz en cuello. Todo se vale en Navidad. (Lea también: La Bogotá de los 80, en las fiestas de fin de año)

Eso lo recuerda muy bien María Catalina Mosquera Ibargüen, una odontóloga de 32 años que nació en el corregimiento Pie de Pepé, en el municipio chocoano de Medio Baudó –a tres horas de Quibdó por carretera parcialmente pavimentada, que por largos tramos se convierte en una trocha áspera y llena de ondulaciones–. Sus vacaciones en diciembre transcurrieron felizmente, en una región donde la gente goza a pesar de los problemas de la pobreza extrema, el conflicto armado y la falta de oportunidades.

Todavía hoy, después de muchos años, ella escucha los ecos de aquellos barullos memorables que hacían de su casa una de las más animadas del caserío. Un batallón compuesto por 17 hermanos, un puñado de tíos y algunos primos, junto con sus padres, Digno Mosquera y Ana de Jesús Ibargüen, hacía todo lo necesario para que la Navidad se viviera en todo su esplendor. “Mi papá tuvo 9 hijos con mi mamá y el resto, con otra mujer. Le rindió mucho porque no tenía televisor. Todos ellos eran bienvenidos en nuestra casa”, recuerda.

Durante la Nochebuena la mesa del comedor lucía atiborrada de manjares típicos de la región: arepitas fritas, arroz bochinche –plato a base de longaniza chocoana, queso costeño y verduras–, guagua asada –roedor montés que vendían los cazadores del pueblo–, armadillo, cerdo ahumado y chicha de maíz caspio. También había espacio para dulce de coco con panela y papaya, y postre de guayaba agria.

Los ingredientes con los que mamá Jesús preparaba esos platillos había que traerlos desde poblados vecinos como Suruco, Beriguadó, Berrecui y Currundó. Unas veces en champa (canoa) y otras por tierra, el señor Digno era quien se encargaba. Cada vez que regresaba de aquellas faenas, al caer la tarde, Catalina y sus hermanos corrían a saludarlo, con la intención de averiguar qué cargamento traía en sus canastos. Aquellos momentos de alegría fugaz dieron como resultado el villancico Ahí viene mi champa, cargada de dulces..., que solían cantar en diciembre.

Patrimonio oral

La Navidad propiciaba por aquellos años, en que no había televisión ni internet por aquellos confines rurales del Chocó, la construcción de fragmentos del patrimonio cultural y oral de la región. Cualquier situación de la cotidianidad servía de fuente de inspiración para que canciones, coplas y estribillos surgieran de forma espontánea en medio de las faenas diarias. Luego se transmitían de boca en boca, hasta echar raíces en los cimientos de la cultura popular. Juegos infantiles como la lleva y las bolas (canicas), entre otros, fueron inmortalizados en unos sencillos pero hermosos versos, que ayudaban a romper el tedio de las reuniones familiares.

Catalina fue testigo de escenas maravillosas que se manifestaban cuando la familia se reunía en pleno, durante la Navidad. Por un lado, los niños compartían con los adultos los cancioneros que se aprendían en los ratos de ocio a la orilla de los ríos y en las veras del camino. Y, por el otro, era la oportunidad ideal para contar chistes, anécdotas cargadas de hipérboles y exageraciones, y los repertorios copleros que entraban a conformar el patrimonio oral chocoano. Sin embargo, se lamenta Catalina, muchas de aquellas creaciones se fueron perdiendo en los corredores nebulosos del olvido al no quedar registro ni memoria escrita. Eso sí, los relatos más populares sí permanecieron adheridos a la memoria colectiva.

Tal es el caso de la leyenda del Duende, que, según atestiguan los lugareños de Pie de Pepé, era un hombrecillo travieso que se les aparecía a las personas que transitaban por el monte cuando iban a sus jornadas de cacería, agricultura y pesca. Este pequeño solía gastarles bromas, con el fin de hacerles perder el rumbo y, por lo general, enviarlos a parajes recónditos que no conocían.

Quizás el caso más recordado fue el de una niña que vivía en ese caserío y se perdió –dicen– por culpa de aquel Duende. Cuando se percataron, un numeroso grupo de señoras, encabezado por Ana de Jesús y la misma madre de la perdida, se internaron en el bosque cargando pitos, tapas de ollas y otros elementos con los cuales iban haciendo bulla mientras caminaban y gritaban en coro el nombre de la pequeña. “Entre más intenso el ruido, más probabilidad de que el Duende devolviera a la persona raptada”, recuerda Catalina. Así, la niña apareció toda embadurnada de barro y, al ser interrogada, solo recordó que perseguía a un pequeño hombrecito por senderos desconocidos.

Otra leyenda es la Madre Agua, a la que muchas personas aseguran haber visto mientras navegaban por los ríos caudalosos de la región. Don Asisclo Mosquera, tío de Catalina, dijo que sintió su presencia una tarde bochornosa cuando viajaba por el río Baudó. Como llevaba un brazo por fuera de la canoa, su reloj se le resbaló de la muñeca y se extravió en las profundidades; decidió devolverse a buscarlo y fue entonces cuando vio una fuente de agua levantarse por los aires, dejándole a la vista su reloj, que pudo recuperar.

Ahora que trabaja en Bogotá, es cuando Catalina más extraña las navidades del Chocó. Lo único que le apacigua esas nostalgias –asegura en medio de suspiros– es el regreso a su pequeño terruño, donde desempolva del escaparate de su memoria los recuerdos de la niñez. “Eso nos pasa a todos los chocoanos cuando nos vamos otra parte”, argumenta.

Catalina dice, orgullosa, que perteneció a una generación de niños chocoanos que gozaron a pesar de no tener parques, televisión, video-juegos, computadores ni juguetes de lujo. “Nos divertíamos con lo que la naturaleza nos ofrecía”, sostiene, y recuerda que las aguas diáfanas y refrescantes del río Pepé eran la principal fuente de diversión para los niños de la vereda. Era el punto de encuentro donde se improvisaban divertidas tardes de juegos a unos cuantos metros de sus casas.

Nunca se valoró la Navidad por la cantidad de regalos que recibieran en la víspera de la Nochebuena. “Como éramos tantos, no alcanzaba para todos. Pero el mejor presente que nos podíamos ofrecer era permanecer unidos cada diciembre y compartir noches únicas. Eso es la Navidad: un pretexto para decirles a los seres queridos lo mucho que los amamos”, opina.

Entre chistes, coplas burlonas y festines generosos, transcurrieron aquellos diciembres bulliciosos en Medio Baudó. Ahora que doña Jesús ya no está –murió hace 12 años en un accidente de tránsito–, la Navidad no volverá a ser la misma. Dejó un vacío a los Mosquera Ibargüen, y sin su presencia carismática y amorosa difícilmente volverán a reunirse los 17 hermanos, el tropel de tíos y el puñado de primos que solían armar unos bochinches legendarios en Pie de Pepé.

RAFAEL CARO S.
Nacido en Cúcuta, 1978. Periodista.
Trabajó como redactor en EL TIEMPO.

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