La Bogotá de los 80, en las fiestas de fin de año

La Bogotá de los 80, en las fiestas de fin de año

Reconocidos escritores y periodistas escriben sobre Navidad, familia, vacaciones y el fin de año.

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22 de diciembre 2015 , 07:41 p.m.

La predilección de mi memoria son los recuerdos navideños. Siempre que trato de recordar mi infancia, las imágenes que vienen a mi mente son las de las novenas, la Nochebuena y los aguinaldos. Cuando era niña, diciembre me parecía el mejor mes del año. La fría, lluviosa y gris Bogotá de los ochenta de repente se convertía en una ciudad cálida, llena de luz, música y alegría. No se había terminado noviembre cuando mi mamá reburujaba en los armarios y comenzaba el inventario de los arreglos navideños. De las cajas llenas de tiras de papel periódico salían el pesebre, los adornos de plástico, las campanas de icopor, las coronas de pino, las botas de paño lency para la chimenea, las reliquias de la familia (esferas y bastoncitos de metal para decorar el árbol de los años de Matusalén) y la parafernalia de manualidades que mi madre había aprendido en un curso navideño y que terminaron por convertir nuestro hogar en sala de exhibición de porcelanas, muñecos de lana, acolchados, cerámicas, velas, ángeles y cajas de madera de estilo country. (Lea también: Nochebuena, la historia que abre la serie de cuentos de EL TIEMPO)

Mientras mi padre probaba las instalaciones y confirmaba, como cada año, que varias lucecitas ya no prendían, lo que suponía llevárselas al señor de la ferretería para que las arreglara, con mis hermanos despertábamos de su letargo de once meses bajo la cama de mis padres el árbol de plástico. Como la caja de cartón del árbol nos parecía un ataúd, decidimos bautizarlo ‘Ataúlfo’, un nombre un poco macabro para esas fechas. En algún momento de mi infancia logramos tener pinos de verdad, que vendían señores que bajaban de los cerros orientales cargados de líquenes y musgo para los pesebres, pero esa práctica poco ecológica hizo que pasáramos rápidamente al árbol industrial reutilizable.

Una vez vestida para las festividades, en la casa, donde ni siquiera el inodoro se salvaba de tener su decoración verde y roja, comenzaba la diversión. El 7 de diciembre arrancábamos con las velitas, los faroles y los inmensos globos de papel de colores que los adultos elevaban en verbenas con vecinos. La pólvora estaba permitida pero su uso, todo hay que decir, era inseguro e irresponsable, lo que explica que los niños pudieran encender chispitas, hélices y volcanes mientras los adolescentes echaban voladores, velas romanas y hasta la famosa granada de la caja de pólvora de Mariposa, que los padres compraban felices, sin preocuparse por posibles accidentes y quemaduras.

Pasábamos tardes horneando y decorando galletas, íbamos a ver conciertos de villancicos, nos acostábamos tarde para ver la quema de pólvora de Unicentro y hacíamos el tradicional recorrido nocturno en carro, para ver la iluminación de la ciudad en una época en que en Bogotá todavía se podía atravesar la ciudad en un tiempo razonable. Había alborozo cuando el cartero entregaba una nueva tarjeta de Navidad y corríamos a pegarla en la chimenea preguntándonos si ese año batiríamos el récord de postales del año anterior. Cuando no estábamos jugando en el parque o esculcando en los clósets para buscar los regalos, pasábamos horas viendo dibujos animados en los que Papá Noel y un grupo de renos, duendes, hombrecitos de jengibre y muñecos de nieve vivían aventuras en lugares lejanos y nevados, y, entre tanto, devorábamos el catálogo de juguetes que llegaba con la tarjeta Diners, confiando en que esta vez el Niño Dios sí nos traería el regalo anhelado. Los días transcurrían entre novenas y aguinaldos, al tiempo que nuestro cuerpo aceptaba con resignación la ingesta exagerada de buñuelos, natilla, pandeyucas, alfajores, mazapanes, galletas y chocolates, nuestra única dieta en aquellos días. Mi barrio todavía era de casas y apenas unos cuantos edificios asomaban la nariz en una que otra cuadra. El señor Mora, abuelo de mis vecinas, disfrazado de Papá Noel, salía a la calle, donde todos los niños de la cuadra lo esperaban felices, sin preguntarse siquiera por qué el regordete hombre vestido de rojo había salido de la puerta del garaje, en lugar de bajar por la chimenea. En una de esas veladas callejeras una chispa de pólvora o de cigarrillo le cayó a una poltrona que habían sacado a la entrada, y la noche terminó en conato de incendio festivo.

Nunca olvidaré la Navidad en la que mi hermano y yo, los menores de la casa, entramos a la habitación de mis padres y les anunciamos en tono triunfal que habíamos descubierto el terrible secreto: el Niño Dios eran los papás. Ellos, felices de no tener que levantarse en la madrugada del 25 de diciembre a dejarnos los paquetes a los pies de la cama, nos entregaron los regalos que nos correspondían la noche del 24 y se fueron a dormir tranquilos. Cuál no sería su asombro cuando al día siguiente se levantaron al oírnos llorar a moco tendido porque el Niño Dios no nos había dejado una sorpresa. Mi hermano y yo lo teníamos claro: ¡el Niño Dios eran los papás, pero eso no era disculpa para no recibir otro regalo!

El tiempo fue pasando, nos hicimos mayores, nos casamos y nos fuimos del barrio. Durante años di por sentado que mis hijos vivirían navidades similares a las mías, pero el azar de la vida quiso que la maternidad me llegara viviendo en el exterior. Mi hija Eloïse cumplirá 2 años en enero y esta será la primera Navidad que disfrute en serio, pues ya es más consciente de lo que sucede a su alrededor. Seguramente, sus recuerdos serán franceses y compartirá las tradiciones de su padre. Yo pienso ofrecerle algo de nuestras costumbres. Por lo pronto, el pasado 7 de diciembre prendimos velitas en el balcón de nuestro apartamento, y ya tenemos lista la receta de la natilla y los buñuelos. Eloïse me mira con ojos curiosos cuando le cuento mis historias colombianas y, por las mañanas, se levanta a abrazar el árbol de Navidad y se ríe mientras grita “pica, pica”.

¡Joyeux Noël a todos!

MARÍA INÉS MCCORMICK
Periodista.
Acaba de publicar ‘Mi abuelo el gruñón’, en Panamericana.

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