Perdón sin olvido

Perdón sin olvido

Lo estamos dando todo por la paz, y hasta por el perdón, pero nada por el olvido.

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22 de diciembre 2015 , 06:13 p.m.

El pueblo se llamaba –se llama, irónicamente, pues lo que quedó de él fueron ruinas, sangre seca, lágrimas vivas, casas abandonadas y un populoso cementerio–, Bellavista, cabecera de Bojayá, en el Chocó, ese 2 de mayo del 2002, cuando fuerzas paramilitares que habían entrado por el Atrato provenientes de Turbo, ante la vista obesa de la Fuerza Pública, y se habían hecho fuertes en Puerto Conto, a una orilla del río, se preparaban para recibir la ofensiva de las Farc, apostadas en la otra orilla, en el pueblo de San Martín.

En los diez días anteriores a la confrontación, los habitantes del pueblo pidieron inútilmente a los ‘paras’ que se retiraran de la zona llena de civiles. La Defensoría del Pueblo alertó al Ministerio de Defensa y a la Fuerza Pública de que allí se podía desencadenar una tragedia con la población. Al amanecer del 1.° de mayo se inició el despelote, así no sea muy castrense el término. Las balas rasgaban la mañana de doble vía. Pronto todo era humo y estrépito. El párroco tuvo la idea de proteger a sus fieles, en número de mil quinientos, atiborrando la iglesia, la casa cural y la de las misioneras agustinas. A orar y cantar en medio de la batalla. Arrodillados, tendidos, cubriendo a los niños.

En plena refriega y a media mañana del día siguiente, a un par de guerrilleros se les ocurrió lanzar pipetas explosivas al centro del pueblo para provocar el repliegue paramilitar. Con la tercera, los adalides populares hicieron blanco desafortunado en la iglesia, a partir de la cúpula, directamente en el altar del Cristo crucificado. Más de doscientos, en su mayoría niños y ancianos, resultaron calcinados, asfixiados y chamuscados. Pero la batalla seguía, con bajas menores entre los aguerridos combatientes. Y una cuarta pipeta cayó, pero no explotó, en la casa de las misioneras agustinas. Se había configurado una de las peores masacres de nuestra historia. Para eterna memoria.

Con el tiempo se halló responsables del hecho a las Farc por el lanzamiento del artefacto, a los paramilitares por haberse atrincherado en el casco urbano, y al Estado colombiano por inacción frente a las advertencias de la Defensoría del Pueblo. Pagó más de 1.500 millones a los familiares de solo 2 de las víctimas.

Pero estamos en los tiempos del perdón, y las Farc han declinado su arrogancia para pedirlo con lágrimas en los ojos, a los sobrevivientes, en el propio lugar de los hechos. Lo hizo uno de los miembros del secretariado, ‘Pastor Alape’, negociador en La Habana, acompañado por un puñado de guerrilleros igualmente demacrados por la vergüenza. Hubo rituales emberas para limpiar los “pecados” de los responsables, los jóvenes hicieron una representación teatral señalándolos, y las matronas cantaron los alabaos funerales. ¿Cuándo las Farc pedirán perdón por los niños vestidos de policías emboscados y masacrados en Algeciras? “Nos mataban y se reían”, dijo uno.

Al Gobierno también iban dirigidas las quejas. Y a la prensa, a la que pedían “no permitir que la memoria se borre”. Que llegue el perdón de la forma que llegue, porque ya no queda sangre para más desangre. Pero que no se espere, no solo de los periodistas, sino de los narradores y poetas y dramaturgos, el olvido del sacrificio de un pueblo por los excesos criminales de los bandos en pugna. Lo estamos dando todo por la paz, y hasta por el perdón, pero nada por el olvido. La intervención de los poetas en la guerra consiste en denunciarla en sus cantos, buscando que no se repita. Algo que ha sido históricamente imposible. Pero tratemos.


Jotamario Arbeláez

jmarioster@gmail.com

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