Cisnes de verdad y cisnes de mentira

Cisnes de verdad y cisnes de mentira

Con su cuello no dejan de abrir interrogantes acerca del sentido de la vida.

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22 de diciembre 2015 , 05:31 p.m.

En la poesía de Rubén Darío hay dos mundos: uno insondable, de misterios siempre por descifrar, donde la correspondencia de los significados se vuelve infinita: la sinestesia, ese juego verbal profundo donde el sol es sonoro y los sonidos son áureos; el significado pitagórico de los números como signos del universo “que nos dicen al Dios que no se nombra”.

De allí su fascinación por la mitología, cuyos personajes híbridos entran en sus poemas como criaturas apasionadas, contradictoras y feroces. Y más que una envoltura carnal tienen una presencia espiritual, testigos o partícipes de la epifanía. Y los saca del friso de mármol para expresar a través de ellos sus propias incertidumbres existenciales, como en ‘El coloquio de los centauros’.

El otro de sus dos mundos es musical, fácil al oído y a la memoria, bendecido por la rima. Como bien dice Stendhal, la memoria necesita de la rima. Y como son poemas que cuentan historias, los aprendimos a recitar en nuestra infancia: ‘La sonatina’, ‘Los motivos del lobo’. Es una poesía que viste ropas brillantes, igual que el rey de ‘Margarita’.

Esos brillantes ropajes provienen de la literatura francesa del siglo diecinueve. Una nueva música, atrevida, briosa y resonante, y, por tanto, una nueva estructura verbal. “El modernismo fue una escuela poética; también fue una escuela de baile, un campo de entrenamiento físico, un circo y una mascarada”, señala Octavio Paz.

Pero el músico ya estaba desde antes en Rubén, dueño de un espléndido oído, hasta que, como los verdaderos músicos, dio con su propia clave. Las novedades del verso simbolista francés, pero también las cadencias de la poesía popular, desde los himnos religiosos de su infancia a los endecasílabos de la gaita gallega.

Un músico de nacimiento, que no en balde cargaba con su piano Pleyel, huésped forzado, con no poca frecuencia, de las casas de empeño, y que terminó vendiendo cuando, nombrado embajador de Nicaragua ante la Corte de Madrid en 1907, no pudo sostener la legación en la calle de Serrano, porque su gobierno le atrasaba los sueldos, o no se los pagaba.

En su novela autobiográfica ‘El oro de Mallorca’ se disfraza de un compositor latinoamericano, Benjamín Itaspes, “un temperamento erótico atizado por la más exuberante de las imaginaciones, y su sensibilidad mórbida de artista, su pasión musical, que le exacerbaba y le poseía como un divino demonio interior…”.

Esa poesía fue una puesta en escena cuyas bambalinas y decorados se come de manera implacable la polilla, y lo mismo sus numerosos figurantes: faunos, ninfas, centauros, cisnes y pavorreales, hadas madrinas y princesas encantadas: “Veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles: ¡qué queréis!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer…”, dice.

Semejante parafernalia identificó al modernismo, decorados, efectos de color, novedades que se acercaban peligrosamente a la cursilería, y aún podemos asomarnos con curiosidad a ese museo de cera. Pero sin aquel ejercicio lúdico nunca habría existido la ruptura que trajo la modernidad que desentumió a la lengua española.

Algunos de quienes lo acompañaron en aquella aventura colorida perecieron junto con ese modernismo decorativo, porque se atuvieron a las calidades exteriores y no a la esencia verdaderamente moderna que había dentro de la envoltura modernista, donde se hallan los temas que han alimentado siempre a la literatura, nacidos de la exploración sin subterfugios de la condición humana, empezando por el amor y la muerte, esa dualidad tan perturbadora para Rubén: Eros y Thánatos. El primero de sus dos mundos.

El cisne que conduce la barca de Lohengrin es un cisne de utilería, pero los de Rubén, además de su simbólica majestad erótica, su cuello entre los muslos de Leda, con ese mismo cuello no dejan de abrir interrogantes acerca del sentido de la vida. Y en el poema ‘Los cisnes de Cantos de vida y esperanza’, se dejan interrogar por el poeta en tiempos de incertidumbre:

¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?


Sergio Ramírez
@sergioramirezm

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