Historias de Navidad: luces de bengala

Historias de Navidad: luces de bengala

Historia de la escritora Karim Quiroga, que hace parte de una serie de cuentos de EL TIEMPO.

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21 de diciembre 2015 , 08:43 p.m.

Están juntos porque solo se tienen a sí mismos; permanecen en el altillo, mientras las demás personas viven su vida. Comprenden todo lo que sucede bajo sus pies, los espacios que ensayan desde las alturas. Al principio pensaron que la estadía no se prolongaría más allá de una semana. Contaban los días y se desesperaban permaneciendo sentados o acostados cuan largos eran. La mujer y el niño se resguardaban del peligro. La vida, para algunos, no consiste en ofrecerse al sol y a la lluvia sino en ocultarse del acecho del anunciado enemigo.

En algún punto decidieron resignarse. Aunque el niño se resistía, quería bajar por las escaleras y explorar el mundo contenido en una casa. Qué podría observarse más allá de la vista de las ventanas o del balcón. Un universo de montañas. O de edificios con árboles y con personas y autos atravesando las calles. Quizá algún vendedor ambulante. Quizá algún indigente, quizá alguien proveniente de la periferia de la ciudad.

Llegaron días de ruidos y atardeceres de pólvora. Algún cambio se olía en el aire. La dueña de casa les dijo, desde abajo, que la Navidad estaba por llegar. Y subió una poinsettia, con flores muy rojas. La vida empezó a tener otro matiz. Era probable abandonar ese receptáculo en el que se protegían del mundo.

Era posible tomar la decisión que al principio significaba la urgencia de la supervivencia. Salvarse de la muerte inminente a manos de la persecución.

La Navidad ofrecía otros parajes no exentos de arbitrariedades pero al menos era posible encontrar otras opciones para dilatar la osadía.

La gente entraba y salía de la casa perturbando la paz. Traían noticias del vecindario. De repente, las sombras se fueron disipando. La luz ingresaba por las rendijas del desván y cierta noche, durante alguna reunión, la madre se llenó de cierto ímpetu y fortaleza y de costado, descendió por las escaleras. Tan pronto puso los pies en el piso tuvo que aferrarse para no doblegarse por su propio peso.

Llegó dando tumbos a la cocina. Cruzaba una línea recta, en zigzag. La dueña de la casa la recibió con una sonrisa. Finalmente estaba lista para entregarse a la vida.

Esa noche trazarían un plan y unas reglas de juego distintas al encierro y la sumisión. Llegada la libertad. Las opciones parecen una mesa atiborrada de golosinas pero hay que empezar poco a poco para no indigestarse.

Lentamente, la Navidad fue ocupando todos los espacios de rojo y de verde. El esposo no llegaría para consumar aquello que no logró en su momento.

Y quizá se encontrarían a sus anchas. En la infinidad y la diversidad. Pidió prestado el baño y se sumergió en la tina con la ropa que llevaba puesta. Se hundió bajo el agua. Aguantó la respiración y emergió su cabeza como si volviese a nacer. Decidió afrontar el letargo y vestirse para la ocasión. Volver a la vida significaba además reparar su pasado. Las maletas estaban hechas. Una grande y una pequeña que solo contenían la ropa de ambos. El niño estaba listo desde siempre. Jamás dejó de hacer preguntas ni de jugar en el espacio de 15 metros cuadrados. La única que necesitaba persuadirse y no perder el impulso era ella.

Esconderse tuvo sus puntos en contra. Aunque favoreció cierto equilibrio físico y mental. La libertad siempre fue la principal pertinencia hasta que se convirtió en privación.

No había posibilidad de moverse. De desplazarse. De ser una mujer, joven, con un hijo. El cautiverio la obligó a dar marcha atrás. Y justamente, en Navidad, sería capaz de poner punto final al encierro.

Ofrecería a su hijo la vida que se aprestaba más allá de las esferas de vidrio de su refugio. Se anunciaba un ambiente festivo que rebosaba la decoración. Era el momento de cuestionarse. De preguntarse en voz baja, y en la penumbra, quién era y para dónde iría.

La pérdida de la realidad, súbitamente, requiere un esfuerzo que consiste en una retaliación.

Las voces de las visitas comenzaron a ser estridentes. La invitaban a acercarse por curiosidad. Estaban apostados alrededor del fogón. Parecían una familia. Parecían quererse. Todos hablaban al tiempo y se escuchaban risotadas altisonantes. Ella quiso ingresar a ese círculo y tener la sensación de volver a ser parte de algo.

Los fuegos artificiales ocuparon el ámbito del lugar. Los invitados salieron en tropel para encontrarse las formas multicolores en el firmamento. Explosiones que sellaban el horizonte. De repente algo la hizo volver la mirada hacia la casa por donde un niño parecía desorientado y obnubilado. Se fue corriendo hacia él. Le ofreció el vórtice. El final de una larga temporada de imposiciones que de repente se diluían en el estrépito de las luces color neón.

KARIM QUIROGA
Autora de la novela ‘Retrato de un amante holandés’.

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