Nochebuena, la historia que abre la serie de cuentos de EL TIEMPO

Nochebuena, la historia que abre la serie de cuentos de EL TIEMPO

Reconocidos escritores y periodistas escriben sobre Navidad, familia, vacaciones y el fin de año.

notitle
21 de diciembre 2015 , 08:43 p.m.

–De manera que ya no había. A estas horas, 18 de diciembre, qué iba a encontrar. Ni que las hubiéramos encargado –madre hablaba con preocupación pero su mirada no me reclamaba nada–. Y donde Enelia, ¿tampoco había? Donde los Figueroa, donde…

–En ninguna parte, mamá. Ni aquí donde los pastusos, que no hacen Nochebuena –la interrumpí. Ella detuvo las palabras en la boca y me dejó en la cara sus ojos de Y ahora qué hacemos, ¿ah? (Lea también: Historias de Navidad: luces de bengala)

–Desde finales de noviembre le dije a su papá: No se olvide que ya se acerca el 24. Encargue las brevas. Para el 8, el día de la Virgen, le recordé. Hace una semana, le volví a recordar. Pero con decir que él no está para “esas pendejadas”, arreglo todo. Su papá…

–De alguna manera las conseguimos. O, en último caso, nos conformamos con el dulce de Higuillo y cascos de limón verde –la interrumpí otra vez. Si la dejaba seguir, antes de que terminara la frase, ya tendría la boca repleta de hiel y lo más seguro era que terminara regañándome, pues siempre que ellos peleaban, como no podían destrozarse mutuamente hasta desaparecer devorado por el otro uno de los dos, nosotros, los hijos, éramos los que pagábamos el pato de esa ira tan alta que no nos pertenecía ni nos debía tocar pero que casi siempre nos quemaba con sus salpicaduras de fuego. Creo que la interrumpí a buena hora. Sin embargo, alcanzó a decir muy alterada:

–No ve más que sus malditas cañas. Como si no necesitáramos que Dios nazca cada año y hay que hacerle su Nochebuena. No esté lista y entonces sí no quiere dejar de tragar.

Cogió la escoba con la que barría el corredor y, repentinamente olvidada de su labor, se metió con ella en la cocina.

–Voy donde Miguel. Puede que nos regalen algunas pepas del dulce de ellos. O, al menos, unas hojas. Como para el sabor. Ya vengo –le dije fuerte, para que la voz alcanzara hasta la cocina y se sobrepusiera a un mediano escándalo de ollas que se había armado dentro y que me llagaba limpio y angustioso hasta el oído.

Al cruzar por el guayabal, pensé. Qué bueno que todas estas pepas, las amarillas y las verdes, sobre todo las verdes, fueran brevas. Mamá no tendría chance de estar lanzándole culpas a papá. Ni papá, de estar anteponiendo sus cañas a los deseos de mamá. Tanta caña, tanta panela, tanto dulce como hay en esta finca...

Pero ellos es como si en vez de boca tuvieran un volcán en constante erupción de hiel y no desperdician un solo momento para estar intercambiándose la sustancia amarga. Mis hermanos se han armado de miedo y siempre que ocurre algo, corren como una manada de ratones. El Pacho Negro, nomás con la mirada, o si no con un maullido, los hace estrellar cuando los sorprende en el depósito del maíz. Los pobres ratones se dan contra las tablas, se enredan entre las mazorcas y hasta se chocan entre sí en el desafuero de la huida.

La quebrada. El silencio del guadual. El aire lento de La Vega. Bonito quedarse uno por aquí. Como un Duende. Dueño solito del destino. Y de vez en cuando, ir a cualquier casa y traerme una niñita para jugar. Hacerle un nido tibio en las raíces de un Mondey y mirarla y jugar con ella y cuidarla hasta cuando haya crecido y ya no se deje cuidar y no me sirva para jugar ni me guste mirarla porque ya ha cogido la mirada de los humanos. Voy, la dejo, descanso de mujeres un tiempo y me vuelvo a traer otra. A este sitio. A esta Vega; del lado de la finca de papá, porque del otro, Miguel no dejó un metro de bosque entre el cultivo y el agua. Un Duende solito con su destino entre el fresco del guadual y el canto de las Chiguacas que no es bonito pero escuchándolo, amistoso, entre el ramaje deshilachado de las guaduas, es seguro que puedo quererlo.

Entonces, cobijado con los ojos del amor, el canto de la Chiguaca, aunque opaco, me parecerá hermoso. Para qué, mamá, voy a crecer. Me quedo aquí con mis piernitas de Chilanga, mis brazos, mi cuerpo corto y no crezco. Para qué, mamá, cumplo los siete en medio del mar de hiel de ustedes. Mis hermanos siquiera tienen miedo. Yo no consigo esa ventaja. No tengo miedo. A mí me da es tristeza. Una tristeza... Una espina de chonta que penetra en mi estómago al final del hueso del pecho y se corre hacia arriba y rompe y destroza las tripas y la carne que encuentra, hasta llegar a la boca. Mejor no le cumplo los siete años, mamá. Para qué le recibe a papá, en sus propias manos, todas las humillaciones que él quiere; por qué le recibe, apenas con las lágrimas infelices, impotentes, inservibles, el peso de las manos de él sobre la espalda suya; sobre la cara suya. ¿Ah, mamá? No le voy a crecer. Que el Niño Dios nazca el 24 y crezca. Yo me quedo de Duende por aquí.

Toco el morral colocado sobre el tronco en el que estoy sentado y un aluvión extraño que irrumpe dentro de mí grita que no puedo quedarme. Me pongo de pie, agarro el morral y atravieso la Quebrada por las dos guaduas que hacen de puente, con pasos muy cortos. Si no levanto, así sean hojas de brevo para el gusto, ellos pueden llegar hasta a ahogarse en su mar de hiel. Antes de que asome ante mis ojos la casa de Miguel, pienso que la tristeza solo debe ser cosa de humanos. De duendes, no. Y sigo pensando en esta idea hasta que me toca sacar de la boca las palabras del saludo.

–Muchacho, vaya y se baña que lo van a agarrar los siete años como si fuera un mocoso. Todo lleno de porquería. Sóbese los pies contra una piedra, despercúdaselos bien para que se ponga los zapatos –dejé a papá picando caña en la canoa y a los caballos comiendo. Cogí una toalla de la baranda y me fui en carrera para el Chorro.

Cuando regresé, la noche se nos había venido encima. Mamá malgastaba unas palabras sobre las rellenas que habían quedado débiles de perejil; y papá, sentado en el escaño del corredor, como un hombre que se ha marchado, miraba hacia el Puracé, que hacía rato se había perdido en la oscuridad. Mis hermanos, esos ratones asustados, debían estar buscando totes, alistando los volcanes o mirando si esta vez encontraban por anticipado algo debajo de la almohada.

–Ya saben que ahora es poquito. Un engañabobos. La comida de verdad, ya saben, es a medianoche, cuando vuelva a nacer el Niño Dios –puso un momento su mirada sobre mí y yo pensé en mamá siete años atrás, a las doce de la noche. Y no me la pude imaginar.

Papá levantó el plato de la Nochebuena para escurrir en su boca las últimas gotas de miel que no alcanzó a recoger con la cuchara y, mientras sorbía, me cruzó una mirada que entonces no pude comprender pero la recordé en mí muchos años después. Hace 15 días. Cuando mi propio hijo cumplió los siete años de edad y mientras levantaba hasta la boca una tajada de ponqué, le lancé aquella mirada. La misma; estoy seguro. Él, mi hijo, al igual que yo tantos años atrás, tampoco la entendió. Él quedó, como yo entonces, mirando un momento esa mirada mía y, al instante, me la quitó sin pararle bolas. Prefirió continuar en el trabajo de devorar el cerro de crema blanca del pastel.

Madre, en desafío a la diabetes, trajo su plato con Nochebuena y, extrañamente, se sentó junto a papá. Vació un poco de su dulce en el plato limpio de papá y me volvió a mirar. De pronto, todos me miraron. Yo iba a ponerme a llorar o a salir corriendo, cuando ellos, mis padres, se miraron como recién bañados de maldades y ambos, todos, como si en un acuerdo misterioso estuviéramos comulgando, levantamos a la boca una cucharadita de Nochebuena.

Madre me miró otra vez y, haciendo uso de la sabiduría que otorga la experiencia, dijo a todos pero dirigiéndose a mí:

–Bueno, ahora queman un poco de pólvora y después usted se va a acostar. Tiene que dormir siquiera cuatro horas antes de nacer. A las doce llega el Niño.

Vaya, hijo –apoyó mi padre–, porque a las doce, cuando nazca a la edad de la razón, tiene que estar bien despabilado –y me volvió a mirar con esa mirada que tampoco mi hijo entendió hace quince días. Y me fui a acostar y, durante el periodo en que dormí, hasta que mi madre me despertó para que no me perdiera del bochinche alegre de la medianoche, no soñé ni con el Pacho Negro ni con ningún ratón estrellándose contra las tablas. Tampoco escuché ningún grito de papá.

JOAQUÍN PEÑA GUTIÉRREZ
Poeta, docente y narrador. Licenciado en Filología e Idiomas. Ha publicado ‘Aspirina al corazón’ (poesía), ‘Días de asfalto’, (narrativa).
Miembro del equipo que coordina los programas de creación literaria en la U. Central, Bogotá.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.