Una abuela reunió 2.600 pesebres en su casa de Bogotá

Una abuela reunió 2.600 pesebres en su casa de Bogotá

María Isabel Campo colecciona estas representaciones desde la década del ochenta.

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21 de diciembre 2015 , 08:04 p. m.

Si usted entra a la casa de María Isabel Campo de Gómez, en Navidad, tenga cuidado. Una torpeza con su bolso, morral, pies o manos podría arruinar alguno de los 2.600 pesebres con los que esta enamorada de la Nochebuena ha llenado su hogar.

Advertido el asunto de la torpeza, usted será bienvenido a esta morada del Recreo de los Frailes, bogotanísimo barrio del norte de la ciudad. En el jardín, pesebres a lado y lado de la entrada, y media decena de árboles que en la noche son pura luz.

Al abrirse el portón saldrá la matrona: saco navideño, tocado de pelo blanco, pendientes dorados que son querubines, postura recta e invitación a seguir.

Desde el vestíbulo hasta los baños, desde la sala hasta la cocina, sus ojos verán todo tipo de materiales y tamaños en torno a la venerable escena de Jesús, José y María. De Italia, Filipinas, Perú, Israel, Japón (sí, con ojos rasgados y sombrillas de colores), África, Estados Unidos y los demás continentes, la escena de la Natividad se repetirá sin que usted deje de sorprenderse por los atuendos que, según la nacionalidad, llevan los protagonistas de marras.

La idea no es llenarme de pesebres, sino mostrarles a los visitantes que estos se pueden hacer de muchas maneras. No se necesita dinero para hacerlos, sino ingenio”, advierte la coleccionista. Acto seguido, pasa por la sala, el comedor (inundados de figuras, animalitos, chozas, castillos y demás) y abre una habitación: enciende la luz y queda a la vista el espacio que todo el año sirve como galería para sus principales piezas y obras. Algunos los hizo ella misma por años.

“Desde finales de octubre hasta marzo saco los pesebres y los acomodo por toda la casa. Los dejo hasta ese mes para que la gente que no alcanza a venir en diciembre los pueda ver a principios de año”. Para dar fe de tantas visitas, muestra un libro de proporciones enciclopédicas cuya tapa reza ‘Libro de visitas a la colección de pesebres’. Mensajes y firmas de todas las pelambres le agradecen por la muestra.

Empeño

–Vienen muchos niños. Pero ellos saben que esto es un templo, que no son pesebres para jugar.

–Con uno sí –interviene Fernandito, uno de sus seis nietos (de 5 años), que sin previo aviso se ha colado en la conversación.

–¿Cuál? –replica María, preocupada.

–¡El de las marionetas!

–Ah, bueno, pero ese ya no es de la colección –dice la abuela, más tranquila.

El 16 de diciembre es su día predilecto entre las novenas de aguinaldos, pues busca ropajes y objetos para recrear con sus niños a cada uno de los personajes que forman el pesebre. Fernandito, por ejemplo, recibió la misión de ser ángel este año, igual que su hermana mayor, Mariana (de 11 años), que se vistió de blanco e hizo volar la imaginación del barrio con sus alas. Pero, años atrás, el chiquilín fue Niño Dios: así ha sido con cada uno de los nietos que integran la familia.

De plastilina, tela, madera, porcelana, legos para niño, cerámica, juguetes, agujas, huevos y hasta de piedras, se encuentra a los personajes bíblicos asistiendo al alumbramiento de ‘Chuchito’. Lo que usted no se pueda imaginar, María Isabel se lo imagina y lo hace realidad: ha usado hasta las corbatas de su esposo, Fernando Gómez, para las vestiduras de reyes magos, pastores y demás miembros del elenco ‘pesebrino’.

No tiene claro cuándo fue el día cero. Pero está segura de que en 1989 ya contaba con 200 conjuntos, cada uno de ellos con mínimo cuatro piezas. Es decir, en la casa de María Isabel hay decenas de miles de objetos: si pudieran hablar, los muñecos se preguntarían cuál de todos es el original. Y la respuesta es que todos lo son.

Como alcahuete de esta afición, su esposo (ingeniero civil) se encuentra en primera plana. Es él quien le adapta los circuitos eléctricos en cada habitación, todos los fines de año, para que al encender cada interruptor la acción de la Navidad tome color y brillo. “Lo que yo más quiero es que nunca se pierda esta hermosa tradición”, apunta ella.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter @felipemotoa

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