Enseñanzas y preguntas de 'Perdonar lo imperdonable'

Enseñanzas y preguntas de 'Perdonar lo imperdonable'

La periodista Claudia Palacios presenta su nuevo libro en el que reflexiona sobre el proceso de paz.

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21 de diciembre 2015 , 12:13 a.m.

Por año y medio recorrí el país haciendo entrevistas a víctimas (o exvíctimas, como algunas prefieren llamarse) y a exvictimarios de todos los tipos de violencia que ha tenido Colombia.

Mi propósito inicial fue no dejar a nadie por fuera; por eso, en ‘Perdonar lo imperdonable’ hay voces de colombianos que han sido mediáticos y también de los que han trabajado de manera anónima.

Están todas las clases sociales, todos los niveles de educación, todas las regiones de Colombia, todas las razas, niños, mujeres, viejos… De 126 entrevistas salió un libro de 316 páginas y estas seis enseñanzas.

1. Somos muchas Colombias. Cada colombiano, según sus privilegios o sus carencias, tiene sus propias fronteras de país, de las que difícilmente sale, y por eso resulta tan difícil entender las decisiones que toman quienes viven en Colombias diferentes.

Martha Luz Amorocho, quien perdió a uno de sus hijos por la bomba del Club El Nogal, recoge ese pensamiento con esta frase: “Cada quien tiene una fundación que se llama ‘Mí mismo’ ”. Y las líneas entre el bien y el mal, entre lo permitido y lo rechazado no se corresponden entre una Colombia y otra.

Jenny, una niña que a los 10 años estaba ansiosa por irse a las Farc, cuando le pregunté cómo fue su experiencia, ya estando desvinculada de la guerrilla, me respondió que “chévere”.

–¿Por qué chévere, Jenny?

–¿Porque aprendí muchas cosas.

–¿Cuáles?

–Armar bombas, pedir plata (extorsionar), etc.

–Pero todo eso es muy malo, Jenny…

–Sí, pero como a mí nunca nadie me había enseñado nada…

Qué frase tan dura. Cada que la recuerdo me siento fracasada como ciudadana, incapaz de enseñarles a tantas Jennys algo que satisfaga su curiosidad infantil y que les dé herramientas para ampliar sus fronteras.

Antes de irse a la guerrilla, Jenny ayudaba a su padre y hermanas a sembrar coca, porque “eso de la coca allá no lo vemos ilegal”.

Mi pregunta tras esta primera enseñanza es: ¿Cuáles son las Colombias que no conozco, cómo hago para conocerlas y entenderlas?

2. Los líderes miran al pasado y la sociedad, al futuro. A 21 personas, entre expresidentes, excomisionados de paz, exguerrilleros, exparamilitares y militares en retiro que fueron protagonistas en alguno de los procesos de paz frustrados o exitosos que hemos tenido en Colombia, les pregunté: ¿en qué se equivocaron, qué harían diferente si volvieran a tener en sus manos la responsabilidad de dirigir un proceso de paz?

Ninguno pudo responder a la luz del momento actual, todos se devolvieron a hacer énfasis en el contexto del momento en que tomaron decisiones, algunos cuidando su nombre en la historia, y otros, incapaces de evolucionar su pensamiento al cambio de los tiempos. Solo el expresidente Belisario Betancur habla de errores:

“Mi error fue el del Frente Nacional: pretender que solo había dos países, el liberal y el conservador, desconocer que había grupúsculos, los gérmenes de las sublevaciones que luego se produjeron… También fue un error no haber incluido desde el principio a los militares…”.

Pero, por ejemplo, el expresidente Andrés Pastrana responde que si hubiera sido cierto que la zona de despeje se convirtió en un lugar donde las Farc secuestraban y extorsionaban a su antojo, “el general Mora estaría en problemas con la justicia porque tenía órdenes de no dejar entrar ni salir a nadie de la zona. Había comentarios de ese tipo, pero nunca hubo pruebas reales”.

Cosas buenas dejó el proceso del Caguán, como la pérdida de reconocimiento que las Farc tenían en algunos países europeos, o el fortalecimiento de la Fuerza Pública para la lucha contra la insurgencia. Pero negar que en el Caguán hubo secuestrados y extorsionados es pretender tapar el sol con la mano.

Esas respuestas de los líderes contrastan con las de los miles de colombianos que han protagonizado la guerra desde los campos de batalla y que han logrado sobreponerse a ella con pragmatismo y creatividad.

Mientras los líderes se envuelven en discusiones complejas sobre las leyes nacionales e internacionales que dejan al país ante nudos ciegos, las víctimas y victimarios ‘rasos’ usan el arte, el deporte, el amor, la fe y la solidaridad como herramientas para hacer procesos individuales y comunitarios de paz, que han sido exitosos y duraderos.

Pregunta: ¿Qué sirve más a Colombia, engrosar la visión de los líderes que miran al pasado o la de los ciudadanos que miran al futuro?

3. Conocer la historia para entenderla, no necesariamente para justificarla. La dificultad de los líderes para autocriticarse debe ser entendida como la necesidad de tener presente la historia, pero no con la finalidad de algunos de ellos, que la usan para justificar decisiones que a la luz del contexto del país y del mundo en el momento en que fueron tomadas se ven lógicas y claras, sino para entender por qué, por defender con visión de coyuntura causas como la justicia social y la libertad de empresa, entre otras, hemos quedado atrapados en una espiral de guerra en la que muchos de los defensores de esa causas han pasado de ser gente de bien a ser asesinos.

Y para aprender que tanto los líderes como los ciudadanos del común debemos tomar decisiones pensando en la Colombia que queremos para el futuro, y no en las dificultades y circunstancias de la Colombia que vivimos en el presente.

Pregunta: ¿Qué nos falta por conocer y entender de las voces de la historia que desconocemos o con las que no estamos de acuerdo?

4. Los medios de comunicación estamos chiviados con las noticias de paz. En un país donde las noticias de guerra han sido lo común, los hechos de paz deberían ser más llamativos para los periodistas, pues nos enseñan que noticia es cuando un hombre muerde a un perro, no cuando un perro muerde a un hombre para explicarnos qué es noticia.

No obstante, también nos enseñan que good news is no news, y por eso creo que los periodistas no hemos reportado los buenos hechos, los de paz, en el mismo primer plano que la guerra, a pesar de estar rodeados de historias de paz que nos conmueven y que seguramente no estaríamos dispuestos a imitar.

Dudo que tendría la capacidad para reproducir el ejemplo de Pastora Mira, que cuando se enteró de que le estaba curando las heridas al asesino de su hijo y teniendo al posibilidad de vengarse sin dejar huella, optó por darle dinero a ese joven para que fuera a un hospital y por pasarle el teléfono para que llamara a su madre.

El propio asesino le pregunta a Pastora por qué hace eso. “Porque yo hubiera querido que cuando ustedes tenían a mi hijo secuestrado, sabiendo que iban a matarlo, le hubieran permitido llamarme para al menos haberle oído la voz por última vez”, le respondió.

Esa noticia, sin bien ha aparecido en muchos medios, ha estado relegada a secciones de hechos positivos, como si no tuviera de sobra las características para ser portada y titular.

Gabriel Pulido, líder de los desplazados de Mampuján en los Montes de María, me dice: “Tengo mucha piedra con los medios de comunicación porque cuando salió la primera sentencia de Justicia y Paz, que, además de ordenar la reparación y el retorno, obligó a que los medios rectificaran que eso no nos había pasado por guerrilleros. En un periódico de Cartagena salió la rectificación en un recuadro tan chiquito como las letras de ‘el tabaco es nocivo para la salud’, y al lado había una noticia grande que decía ‘Una perra ataca a su dueño’. Cuando me quejé con el fiscal por esa rectificación tan mala, me dijo que tampoco era que nuestra historia era como si hubiera empezado la tercera guerra mundial. Por eso le digo que ni la institucionalidad ni los medios han entendido lo que es importante para las víctimas. Y a pesar de todo eso, nosotros hemos hecho valer nuestros derechos pacíficamente”.

Pregunta: ¿Lo que pensamos sobre el conflicto en Colombia es producto de la información parcial y en ocasiones polarizante que sale en los medios, o de lo que vemos con nuestros propios ojos?

5. El perdón tiene muchas definiciones pero solo una en común. Algunas personas condicionan el perdón a que este sea pedido, o a que haya justicia punitiva, pero quienes se dicen seguros de haber perdonado coinciden en que el perdón es un regalo que la víctima se da a ella misma, no a su victimario.

Lo que no significa que acepten la impunidad o que deseen volverse los mejores amigos de quien les ha hecho daño. Significa que la víctima corta el hilo que hace que su victimario sea el primer pensamiento al levantarse y el último antes de acostarse, y que se ubica en el punto en el que puede empezar a reconstruir su vida, a sanar sus heridas e incluso a sacar algo positivo de su tragedia.

Esta es una decisión a la que no se debe obligar a una víctima, pero pocas pueden hacerlo solas, la mayoría requiere tutores, como un sacerdote, un pastor, un psicólogo, pero principalmente una familia amorosa y una comunidad solidaria.

Y los que no hemos sido víctimas directas del conflicto no debemos tener como prioridad perdonar o no. El sacerdote, psicólogo y filósofo Leonel Narváez, creador de las Escuelas de Perdón y Reconciliación, dice que el rol de esos colombianos es el de no dejarnos contagiar por la rabia.

“La rabia infecta, es un problema de salud pública. Los que no hemos sufrido la violencia debemos favorecer y crear el clima para que en Colombia generemos espacios para la reconciliación”, afirma.

Pregunta: ¿Cómo podemos ser más solidarios con las víctimas por las que creemos injusto dar una segunda oportunidad a sus victimarios. Multiplicando su legítima rabia y frustración o creando espacios para que esas víctimas puedan rehacer sus vidas?

6. No es suficiente con ser un buen ciudadano. Casi todos los colombianos somos buenos ciudadanos, nos levantamos temprano, trabajamos honradamente, criamos a nuestros hijos con valores, pagamos impuestos y algunos donan dinero para ayudar a los menos favorecidos.

Pero en un país con el desafío de la paz y donde ser eslabón principal de la cadena del narcotráfico nos condena a luchar contra los que necesitan una población pobre e ignorante que alimente su negocio criminal, debemos ser ciudadanos excepcionales.

Para esto no es necesario volverse monje ni regalar los ahorros de toda la vida. El presidente de la Fundación Social, Jorge Villar, dice a los empresarios: “Tenemos que invertir con mayor riesgo y quizá con menor retorno”.

El chef Juan Manuel Barrientos, que da cursos de cocina a desmovilizados y a soldados heridos en combate, dice: “Como soy cocinero estoy cocinando la paz de Colombia”.

Roberto Pizarro, expresidente de la Fundación Carvajal, que ayudó a desmovilizados a crear empresas que hoy tienen ventas por miles de millones de pesos al año, dice: “Es más barato apoyar a los desmovilizados que pagar escoltas para cuidarnos de los violentos”.

De esta sexta enseñanza mi pregunta es: ¿qué puedo hacer para ser aún mejor colombiano?

Para responder a las anteriores seis preguntas no es requisito apoyar el actual proceso de paz.

Los argumentos de la mayoría de quienes están en contra del proceso son tan legítimos como los de los que lo comparten y deben ser oídos e incluidos.

Pero Colombia ha tenido seis procesos de paz y desmovilizaciones en los últimos 30 años y no hemos llegado a la paz.

Creo que la razón es que hemos obrado como si esta fuera un papel que firman unos violentos con unos poderosos. Esa es parte de la paz, pero para que esa paz perdure es indispensable hacer muchas paces chiquitas, individuales y comunitarias, de las que ningún colombiano está eximido, sin menoscabo de su postura a favor o en contra de un proceso de paz.

Por eso, la mayor enseñanza que me deja el trabajo de campo de 'Perdonar lo imperdonable' es que no es suficiente con dar, debemos darNOS por la paz.

CLAUDIA PALACIOS *
Especial para EL TIEMPO
*Periodista, autora de ‘Perdonar lo imperdonable’.
Web: www.claudiapalacios.net

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