Querido Niño Dios

Querido Niño Dios

Aunque de vez en cuando veo niños escribiéndote cartas a mano, son una especie en vías de extinción.

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20 de diciembre 2015 , 10:25 p.m.

Querido Niño Dios: me haces mucha falta. Con esa frase empezaban las cartas que te escribía hace muchos, pero muchísimos años, todos los diciembres. Era una frase hecha que había tomado de las cartas a mi abuela; sin embargo, ahora, cuando ha pasado tanto tiempo, espero que me creas si te digo que me haces mucha falta.

No sé cómo te escriben los niños de este milenio o, para ser más precisa, no sé si aún te escriben cartas como antes, y no me refiero simplemente al soporte de papel, para decirlo en jerga técnica, sino a la cantidad. Sospecho que los efectos de la globalización y la apertura se han sentido también por esas otras latitudes tuyas, y que hoy compites con Papá Noel, San Nicolás o ‘Santa’ e incluso con los Reyes Magos, que antes solo les llevaban regalos a los niños españoles.

Supongo que las nuevas tecnologías han transformado aquellas viejas cartas, hechas con tanta dedicación que quizás te parecían más bonitas. Obvio que no todas nuestras frases eran ciertas, que exagerábamos sobre lo bien que nos habíamos portado durante todo el año y que se nos iba la mano en zalamería para congraciarnos contigo, imaginando que así pondrías más atención a los pedidos. Me imagino que extrañas aquellos sobres hechos a mano, que decorábamos con nuestros mejores dibujos, con la ilusión de que eligieras la nuestra entre el montón de cartas, y que no obstante el tiempo que te tomaba entender las descripciones de los juguetes soñados y buscar el que más se pareciera, tu trabajo de entonces era más divertido.

Aunque de vez en cuando veo niños vintage, escribiéndote cartas enteramente a mano, son una especie en vías de extinción, como las librerías de nicho, los discos de vinilo y los restaurantes de ‘slow food’. Las formas epistolares híbridas que veo con más frecuencia mezclan recortes de los juguetes de moda que traen los catálogos entre los diarios con un saludo breve para ti, la firma del niño y, si le sobra tiempo, algún dibujo. Sin duda, ese tipo de carta te ayuda a comprar el regalo en la cadena de tiendas del catálogo y no solo te evita dar vueltas innecesarias, sino el trabajo de descifrar las descripciones, la ortografía y la caligrafía infantil. Además de esas ventajas, el riesgo de equivocación se te reduce a cero porque la foto del producto deseado es fiel y, como bien saben los publicistas, la imagen vale más que mil palabras.

Sin embargo, he comenzado a ver otro tipo de cartas que, disculpa la crudeza, amenazan con convertir tu mediación en algo innecesario. Hoy, por ejemplo, vi a una niña de 5 años que le estaba haciendo su lista de compras a Santa desde el iPad, y me impresionó no solo la seguridad con la que añadía al carrito de compras todo lo que quería que le trajera, sino su determinación, o mejor valdría decir, su arrogancia. En esa absoluta convicción de que alguien (Santa o tú, le daba igual) estaba obligado a traerle todos los regalos que veía y deseaba, pensé que ya no era exacto hablar de niños, sino de clientes o de consumidores informados que saben lo que quieren (o eso les hacen creer) y exigen los juguetes con un clic que obra el milagro de traerlos desde portales mucho más lejanos que el de Belén o el Polo Norte.

Hoy, cuando se nos escapan los adolescentes entre alcohol y soledades y buscan inmolarse en otros cielos, necesitaríamos ir a la infancia para saber qué se nos ha perdido a todos entre ese exceso de plástico y papeles y de juguetes que imponen más demandas a sus pequeños clientes y ellos a sus padres y así sucesivamente, en una cadena inagotable. Por eso quise escribirte, Niño Dios, para decirte que, aunque obviamente ya sé que tú no eres tú, estás haciendo mucha falta por estas latitudes.

YOLANDA REYES

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