¡Qué buen regalo un consolador! / Sexo con Esther

¡Qué buen regalo un consolador! / Sexo con Esther

La mojigatería impide que se le pida al Niño Dios este regalito en una carta.

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19 de diciembre 2015 , 07:01 p.m.

Sería el colmo que dejáramos pasar estas fechas sin hacer el debido reconocimiento a la sexualidad y lo importante y vital que es para la existencia.

No en vano muchas personas clasifican las encamadas como un componente infaltable de celebraciones claves, como las de diciembre y las vacaciones.

Aun así, del tema se habla de manera velada y casi marginal, tanto que en muy pocas ocasiones, por no decir ninguna, el sexo y sus bemoles se abordan abiertamente; rara vez se habla del asunto en público y, por consiguiente, a nadie se le ocurre desearle a la otra persona que tenga buenos polvos el año entrante, felicidad en la cama o un próspero catre.

Por supuesto que todo lo que atañe a esta dimensión de la vida tampoco se incluye en la lista de aguinaldos y presentes en general. Todo el mundo da por sentado que encontrarse una caja de condones en una ancheta o descubrir que el regalo tan bien envuelto era un consolador será, con las excepciones de rigor, tachado de inmoral, vulgar y fuera de lugar.

Aunque no lo crean, muchas personas estarían felices de recibir, para variar, un juguete sexual.

Pero la mojigatería impide que explícitamente se le pida al Niño Dios este regalito en una carta y hasta exige indignarse, así sea de dientes para fuera, cuando este surge de la montaña de presentes.

Es una bobada, sobre todo si se tiene en cuenta que las ayudas sexuales han existido desde siempre y en algunas épocas formaban parte incluso del armamento sanitario.

Sí, no hagan esas caras. Acuérdense de la famosa sofocación de la matriz de la medicina medieval; entonces se creía que el origen de la histeria estaba en la abstinencia sexual y que la liberación de los fluidos que se acumulaban solo era posible a través de las encamadas. Se suponía que las casadas tenían el remedio en la casa, pero las solteras no. A ellas se les recetaba y proporcionaba dicha liberación con una masturbada a punta de dildos profesionales, diseñados de acuerdo con las necesidades y urgencias de las clientas.

No se rían, que no es un invento mío. En el siglo XIX este diagnóstico pasó a llamarse “útero ardiente”, un mal que los médicos de la época seguían combatiendo con caricias mecánicas en el clítoris, hasta alcanzar lo que entonces se llamaba paroxismo histérico... Que no era otra cosa que un orgasmo de verdad.

Aunque el tema es otro, no puedo dejar de referenciarles la historia llevada al cine en el 2011 con el título ‘Hysteria’. En ella se cuenta cómo el médico británico Joseph Mortimer Granville diseñó el primer vibrador mecánico de la historia, en 1883.

Con él lograba aliviar a las “enfermas” en menos de diez minutos y de una manera relativamente sencilla. Así que, volviendo al ahora, les insisto en que dejen tanta pacatería y se animen a proveerse, señores y señoras, de un buen juguete sexual. Se vale explorar.

Nadie ha visto complicada su existencia por utilizar una herramienta de este tipo o echar mano de otras ayudas disponibles para mejorar su sexualidad. La oferta es generosa y provee desde lo más sutil hasta lo más perverso, y en algún punto de ese espectro caen usted, su pareja, sus familiares, sus compañeros o sus amigos.

Ahora: anímense a pasar del autorregalo, sorprendan a alguien y permitan que lo sorprendan. Perfumes, esencias, películas, ropa, disfraces, condones, consoladores, adminículos, aplicaciones para el celular, música, aceites, dulces, sillas, juegos... Hay de todo.

Su sexualidad merece que le dé el espacio que merece. ¿Qué espera? Si en la Edad Media un orgasmo era liberador, pues hoy también. Hasta luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO

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