Conciencia culpable / Séptimo arte

Conciencia culpable / Séptimo arte

'La conspiración del silencio' retrata lo que la segunda guerra mundial dejó para Alemania.

19 de diciembre 2015 , 06:31 p.m.

Con la película alemana ‘La conspiración del silencio’ (‘Im Labyrinth des Schweigens’) del novato realizador Giulio Ricciarelli ocurre algo curioso: su tema supera al acercamiento dramático que se le dio al momento de convertirlo en un filme. Para decirlo de otra forma, los guionistas y productores tenían una fascinante historia que contarnos, pero la desarrollaron de una manera muy convencional.

Se trata de Alemania a finales de los años cincuenta. A menos de quince años de finalizada la Segunda Guerra Mundial ya hay una nueva generación de adultos que eran muy niños durante la época del nazismo y crecieron a espaldas de lo que ese partido representó. Se ha tendido un particular y tácito manto de silencio sobre el holocausto judío y los que fueron nazis se han integrado a una sociedad que ya juzgó en Núremberg a los que consideró responsables y que ahora pretende echar tierra sobre el pasado. El tiempo ha contribuido a que los recuerdos se difuminen y muchos alemanes jóvenes –por extraño que nos parezca– no saben qué pasó en Auschwitz y en los demás campos de concentración.

Un joven abogado, Johann Radmann, al servicio de la fiscalía de Frankfurt estudia una denuncia que nadie quiere asumir. Al parecer hay un antiguo miembro de las temidas Schutzstaffel (SS) trabajando como profesor en una escuela local. Lentamente y enfrentando obstrucciones de todo nivel, este abogado –que es un personaje ficticio– va descubriendo para su asombro que la impunidad colectiva y consentida ha reemplazado por completo a la justicia.

Los testimonios de las víctimas de los abusos de los antiguos nazis le revelan una verdad dolorosa, pero más doloroso es ver que los victimarios continuaban con sus vidas, tan convencionales y anónimas como las de aquellos que sufrieron sus atropellos. Los primeros habían optado por callar, los segundos por desoír a su conciencia culpable. Los mejores momentos del filme son cuando Radmann se da cuenta, entre el vértigo y la náusea, que toda una nación tiene las manos manchadas de sangre.

Esto no se traduce, sin embargo, en un filme intenso y confrontador, sino en una narración que no va más allá de la lección histórica. Faltaron riesgo e inteligencia, sobraron cautela y conformismo. Lástima que este material no hubiera caído en manos más hábiles.

JUAN CARLOS GONZÁLEZ A.
Para EL TIEMPO

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