'Nuestra presencia en Cuba no significó una sumisión': Jineth Bedoya

'Nuestra presencia en Cuba no significó una sumisión': Jineth Bedoya

La periodista, como víctima del conflicto y sobreviviente, narra lo que significó su visita a Cuba.

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19 de diciembre 2015 , 06:11 p. m.

He tratado de buscar una frase acertada que inicie este texto, y es imposible. Creo que, en 19 años de trabajo periodístico, es la primera vez que me pasa, porque quien escribe no es la periodista sino la víctima-sobreviviente.

No me equivoco al afirmar que las diez personas que fuimos marcadas por el conflicto armado colombiano de alguna manera y que el martes asistimos como testigos de la firma del quinto punto sobre víctimas no acabamos de digerir el momento.

Es una responsabilidad de incalculables dimensiones. No todas las víctimas se sienten representadas por nosotros, ni pretendemos hacerlo, porque el dolor y el sufrimiento de cada una de los más de siete millones de personas afectadas por el conflicto –según el registro del Gobierno– son únicos. El viernes 11 en la noche recibimos la llamada de la oficina de Naciones Unidas, que fue la encargada de facilitar nuestro viaje.

Después, compartiendo la emoción que sentíamos y la sensación con la que viajábamos, coincidimos en que lo pensamos dos veces antes de decir sí. Todo porque no era un simple viaje, era asumir una posición frente a una esperanza que aún es intangible.

Pero también era volver a estar cara a cara, en muchos casos, con quienes nos evocan a nuestros agresores. O a los propios agresores, como ocurrió con el general Luis Mendieta y el guerrillero ‘Édison Romaña’. El vuelo de ida a La Habana estuvo lleno de largos silencios y cuando había oportunidad de hablar se volvía inevitablemente a los casos personales. Es una queja que solo nosotros podemos soportar y comprender, porque para el resto de la gente es algo monotemático, ‘jarto’ y negativo. Quienes no han vivido la guerra no quieren saber nada de ella, no saben nada de ella. Esa fue una de nuestras conclusiones. Ya en el hotel, acordamos emitir un comunicado, que construimos colectivamente. Éramos seis mujeres y cuatro hombres, pero en la mesa de negociación siempre han sido más hombres que mujeres. Es más, visiblemente solo hay dos mujeres: María Paulina Riveros, del Gobierno, y Victoria Sandino, de las Farc. De no ser por la comisión de género que se logró ganar en la mesa (cerca de 15 mujeres de ambas partes) y que ha hecho un trabajo incansable y valioso, las mujeres seríamos inexistentes en los diálogos.

Ese fue otro de los temas de discusión, y por eso decidimos que fuera uno de los puntos del comunicado.

Terminado nuestro pronunciamiento, fuimos invitados al recital de piano del maestro Frank Fernández. Fue el primer momento de encuentro con la partes, pero decidimos guardar distancia tanto con el Gobierno como con las Farc. Desde el momento en que Naciones Unidas nos convocó, y aún hoy, tenemos claro que nuestra presencia en La Habana no es sinónimo de congraciamiento o sumisión. Es la responsabilidad de asumir el momento de la historia en la que nos puso un conflicto armado.

Tengo que decir que fue un instante tenso. Nadie quería cruzarse con nadie antes de la firma del acuerdo. Todavía hay dolores que no se han podido conjurar, respuestas que no llegan.

La hora de la verdad

Tras una larga noche, llegó el momento de la verdad. Era un espacio que habíamos esperado durante años, con sus más y sus menos. El reconocimiento de las víctimas, más allá del mismo hecho victimizante, es dignificarnos porque la polarización del país ha deslegitimado nuestros testimonios; el mismo hecho de afirmar que allí solo merecían estar sentados líderes sociales, campesinos o secuestrados de las Farc es desconocer la afectación colectiva de un país.

Antes de salir hacia la zona de El Laguito, sede de los diálogos, hicimos la última revisión del comunicado y, por votación, mis compañeros y compañeras de delegación me encomendaron la tarea de leerlo.

En la entrada de la sala, donde ya había comenzado la transmisión de televisión, nos dijimos algo en lo que creo firmemente: hoy se inicia otro ciclo en nuestras vidas. Acordamos que no seríamos diez personas convidadas de piedra en la firma. Sabemos el papel que tenemos que jugar, y el principal es la veeduría que anunciamos. Respaldar el proceso de paz no es renunciar a la justicia, a la reparación ni a la verdad. Aún nos las deben.

Terminada la ceremonia vino nuestro momento con los negociadores. Siempre pienso en Alan Jara y el general Mendieta, y lo que sienten al saludar a los jefes de las Farc. Es un dolor que solo ellos entienden y saben canalizar; por eso me llamó la atención el saludo de ‘Romaña’ al general: “Cuánto hace que no nos veíamos”, le dijo el guerrillero, y Luis Mendieta le respondió: “Usted debe saber, porque nunca fue a visitarnos donde nos tuvieron encadenados...”. En las palabras del general no había rencor, y eso me dio esperanza.

Nos despedimos pidiéndoles a las partes que se tomaran en serio la pedagogía sobre el proceso de paz. Que los colombianos sepan por qué es necesario acabar con un conflicto de más de 50 años. Como lo leí en el comunicado, si ellos fallan, no lo harán con nosotros, lo harán con la historia de Colombia.

EL TIEMPO

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