Con el perdón de los cerdos

Con el perdón de los cerdos

En la era de internet no se habla de matar el marrano. Se impuso un benévolo infinitivo: sacrificar

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18 de diciembre 2015 , 08:22 p.m.

En la era de internet no se habla de matar el marrano. Se ha impuesto un benévolo infinitivo: sacrificar. Los del gremio porcino mueren casi en olor de eutanasia. No se trata de humanidad. El ‘bobo sapiens’ no ha llegado a esos niveles de decencia. Descubrió que sufriendo menos, su carne sabe mejor.

Llegará el civilizado momento en que los marranos sean sacrificados escuchando trinos del Centro Democrático. O alguna columna mía. Suelo recordar, abochornado, que en muchas Navidades hice las veces de defensor del marrano que mataban en las fiestas de fin de año. El matarife de turno los despachaba de una infame puñalada en el corazón. Sus lamentos desgarradores me siguen con la fidelidad del perrito de la Víctor. Cuando llega diciembre suelo recitar el respectivo mea culpa.

El sacrificio estaba precedido de un amago de juicio con acusador y defensor. No sé por qué me escogían como el Abelardo de la Espriella del manso ejemplar. ¿Tal vez porque era el encargado de sacar el perro al parque?
En ejercicio de mis funciones, alegaba que no se podía elevar a la categoría de delito el hecho de que al comer, “mi defendido” se pasara por la galleta la urbanidad de Carreño.

Admitía que “olían, y no a ámbar”, como le dijo Don Quijote a Sancho la vez que aligeró la tripa cerca de su señor. Pero que el hecho de estar lejos del Chanel N° 5 tampoco daba para despacharlo.

Al frente tenía a avezados Iguaranes y Lombanas que hacían sustantivas acusaciones. Por solidaridad de cuerpo, todos terminábamos entrándole al chicharrón que nos deparaba el vapuleado rey del colesterol.

Otras Navidades el pavo o pisco pagaba los platos rotos. Lo recuerdo con su cara de Subuso, el de la tira cómica, implorando la presencia del presidente de la asociación defensora de aves de tacaño vuelo. Que no falten el trago, la pólvora ni el matrimonio buñuelos-natilla. Nunca faltaba el borracho que recitaba 'El brindis del bohemio'.

Para eliminar el inri de marranicida de mi vida decidí convertir el marrano-alcancía de barro en mi Banco de la República personal. Y para hacerme perdonar del todo me convertí en devoto de la carne de cerdo. Decía Mia Farrow que el hombre termina devorando lo que más ama.


Óscar Domínguez Giraldo

www.oscardominguezgiraldo.com

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