El doctor que volvió literatura la enfermedad

El doctor que volvió literatura la enfermedad

Llega 'En movimiento' donde Oliver Sacks relata cómo llegó a convertirse en una celebridad mundial.

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18 de diciembre 2015 , 07:42 p. m.

El toro en la montaña

Después de la muerte de mi madre, regresé al invierno de Nueva York. Como acababan de despedirme del (hospital) Beth Abraham, no tenía apartamento, ni un trabajo de verdad, ni ingresos dignos de mención.

No obstante, había estado trabajando de especialista pasando consulta semanal de neurología en el Centro Psiquiátrico del Bronx, habitualmente conocido como Hospital Estatal del Bronx. Examinaba a los pacientes, habitualmente los diagnosticaba como esquizofrénicos o maníaco depresivos, o veía si padecían también algún problema neurológico. Al igual que mi hermano Michael, los pacientes que tomaban tranquilizantes a menudo desarrollaban trastornos del movimiento (párkinson, distonía, discinesia tardía, etc.), y estos trastornos del movimiento a menudo persistían mucho después de haber retirado la medicación. Hablé con muchos pacientes que me dijeron que podían vivir con sus trastornos mentales pero no con los trastornos del movimiento que les habíamos provocado.

(...) Pero este trabajo solo me llevaba unas horas semanales, y estaba mal pagado. Al comprender mi situación, el director del Hospital Estatal del Bronx, Leon Salzman (un hombre muy afable que había escrito un libro excelente sobre la personalidad obsesiva), me invitó a trabajar media jornada en el hospital. Consideró que me interesaría de manera especial el pabellón 23, compartido por jóvenes adultos con diversos problemas: autismo, retraso, síndrome alcohólico fetal, esclerosis tuberosa, esquizofrenia de inicio precoz, etc.

(...) Me fascinaban esos pacientes, y comencé a escribir acerca de ellos a principios de 1974. En abril había completado veinticuatro textos, lo bastante, me dije, para un librito.

El pabellón 23 estaba cerrado con llave, y a Steve (uno de los pacientes) el hecho de estar encerrado le resultaba especialmente duro. A veces se quedaba sentado junto a la ventana o junto a la puerta de vidrio armado, anhelando estar fuera. El personal nunca le sacaba. “Se escapará”, decían. “Conseguirá escapar”.

Yo sentía mucha lástima por Steve, y aunque no hablaba, por la manera en que me miraba y permanecía a mi lado cuando estábamos en la mesa de billar, tenía la impresión de que no se escaparía. Hablé con un colega –un psicólogo de los Servicios Psicológicos del Bronx, un programa de día donde yo también tenía una sesión semanal–, y después de conocer a Steve estuvo de acuerdo en que entre los dos podíamos sacarlo del hospital sin ningún riesgo. Le mencionamos la idea al doctor Taketomo, jefe de unidad del pabellón 23; le estuvo dando vueltas y al final accedió, diciendo: “Si lo sacan del hospital es bajo su responsabilidad. Procuren que vuelva sano y salvo”.

Steve se sobresaltó cuando lo saqué de la sala, pero pareció comprender que íbamos a salir del hospital. Se metió en el coche y nos dirigimos al Jardín Botánico de Nueva York, a diez minutos del hospital. A Steve le encantaban las plantas; era mayo, y las lilas estaban en plena floración. Le encantó la hondonada cubierta de hierba y la sensación de espacio. En cierto momento, cogió una flor, la miró, y pronunció las primeras palabras que le oíamos decir: “¡Diente de león!”.

Nos quedamos de una pieza; no teníamos ni idea de que Steve fuera capaz de reconocer las flores, por no hablar de pronunciar su nombre. Pasamos media hora en el jardín, y luego regresamos despacio para que Steve pudiera ver con todo detalle la gente en las tiendas de Allerton Avenue, el ajetreo de la vida de la que tan ausente estaba en el pabellón 23. Se resistió un poco mientras regresábamos a la sala, pero pareció comprender que habría otras salidas.

El personal, que se había opuesto de manera unánime a la excursión y había predicho que acabaría en desastre, pareció furioso cuando le contamos lo bien que se había portado Steve y su evidente felicidad en el jardín, aparte del hecho de que hubiera pronunciado sus primeras palabras. Todos nos recibieron con mala cara.

‘Despertares’, cinta basada en uno de los libros de Oliver Sacks, tuvo como protagonistas al fallecido Robin Williams (Sacks) y a Robert De Niro. Archivo particular

Yo siempre procuraba evitar las nutridas reuniones de personal de los miércoles, pero el día después de nuestra salida con Steve el doctor Taketomo insistió en que asistiera. (...) El psicólogo jefe dijo que se había establecido un programa de modificación del comportamiento bien organizado y fructífero, y que yo estaba socavándolo con mis ideas de “juego” no condicionado a recompensas o castigo externo. Contesté defendiendo la importancia del juego y criticando el modelo de recompensa y castigo. Dije que, en mi opinión, eso constituía un monstruoso abuso de los pacientes en nombre de la ciencia, y que a veces olía a sadismo. Mi respuesta no fue muy bien recibida, y la reunión finalizó con un airado silencio.

Dos días más tarde, Taketomo vino a verme y me dijo: “Corren rumores de que está abusando sexualmente de sus jóvenes pacientes”. Me quedé indignado y contesté que eso era algo que jamás se me ocurriría. Consideraba que los pacientes estaban a mi cargo, que eran mi responsabilidad, y que nunca utilizaría mi poder de figura terapéutica para aprovecharme de ellos.

Con una cólera creciente, añadí: “Debería usted saber que Ernest Jones, colega y biógrafo de Freud, trabajó con niños retrasados y trastornados en Londres, cuando era un joven neurólogo, hasta que se propagaron rumores de que estaba abusando de sus jóvenes pacientes. Estos rumores le obligaron a abandonar Inglaterra, y entonces se fue a Canadá”.

“Sí, lo sé. He escrito una biografía de Ernest Jones”, contestó.

(...) Fui a ver a Leon Salzman y le expliqué la situación; se mostró comprensivo y furioso en mi nombre, pero consideró que lo mejor sería que abandonara el pabellón 23.

(...) El día después de marcharme, Steve se escapó del hospital y se subió al puente Throgs Neck; por suerte, lo rescataron antes de que pudiera saltar. Eso me hizo comprender que el abandono repentino y obligado de mis pacientes resultaba para ellos al menos tan duro y peligroso como para mí. Abandoné el pabellón 23 rebosante de culpa, remordimiento y rabia: culpa por abandonar a los pacientes, remordimiento por haber destruido el libro, y rabia ante las acusaciones de abusos.

(...) Puse rumbo a Noruega poco después de mi marcha del pabellón 23 (...). Pero sufrí una serie de accidentes seguidos, cada vez más graves. Primero me puse a remar por Hardangerfjord, uno de los fiordos más grandes de Noruega, y me alejé demasiado, y luego, por pura torpeza, se me cayó un remo al agua y no pude recuperarlo. Conseguí regresar con un solo remo, pero tardé varias horas, y un par de veces llegué a pensar que no lo lograría. Al día siguiente me fui de excursión por una pequeña montaña. Iba solo y no le había comunicado a nadie adónde iba. Al pie de la montaña vi un cartel en noruego que decía: “Cuidado con el toro”; incluía un dibujito de un hombre corneado por un toro. Me pareció un chiste noruego. ¿Cómo iba a haber un toro en una montaña?

Lo olvidé por completo, pero unas horas más tarde, al rodear despreocupadamente una gran roca, me encontré con un enorme toro que ocupaba todo el sendero. “Terror” es una palabra demasiado suave para expresar lo que sentí, y el miedo me provocó una especie de alucinación: la cara del toro pareció ensancharse hasta llenar el universo. Con gran cautela, decidí terminar la caminata en aquel mismo momento, di media vuelta y comencé a volver sobre mis pasos. Pero entonces perdí los nervios, el pánico se apoderó de mí y eché a correr por el sendero enlodado y resbaladizo. Oí a mi espalda el retumbar de las fuertes pisadas y una respiración pesada (¿era el toro que me perseguía?), y de repente –la verdad es que no sé cómo ocurrió– me encontré al pie de un precipicio con la pierna izquierda retorcida debajo de mí en un ángulo grotesco.

En situaciones críticas uno puede sufrir disociaciones. Lo primero que pensé fue que alguien, alguien que yo conocía, había tenido un accidente, un accidente grave, y solo después comprendí que ese alguien era yo. Intenté levantarme, pero la pierna cedió como si fuera un espagueti, completamente fláccida. Me examiné la pierna de manera muy profesional, imaginando que era un traumatólogo que se dirigía a un grupo de alumnos: “Podéis ver cómo el tendón del cuádriceps se ha desgarrado por completo, la rótula se puede doblar adelante y atrás, por lo que la rodilla podría estar dislocada hacia atrás: así”. Entonces solté un chillido. “Esto hace chillar al paciente”, añadí, y entonces volví a comprender que no era ningún profesor enseñando la lesión de un paciente a sus alumnos, sino que yo era la persona lesionada. Había utilizado un paraguas a modo de bastón, y en ese momento, tras quitar el mango, me entablillé la pierna utilizando el bastón del paraguas y tiras de tela que arranqué de mi anorak. A continuación comencé el descenso, haciendo palanca con los dos brazos. Al principio lo hice en medio de un gran silencio, porque pensaba que el toro podía estar en las inmediaciones.

Pasé por muchos estados de ánimo distintos mientras arrastraba mi pierna inútil por el sendero. No vi pasar toda mi vida delante de mí, pero sí muchos recuerdos. Casi todos eran buenos y agradables, recuerdos de tardes de verano, de haber sido amado, de haber recibido cosas, y de gratitud por haber dado yo también. En concreto, me dije que había escrito un libro bueno y un gran libro; me di cuenta de que recordaba en pasado. Un verso de Auden, “Que tus últimos pensamientos sean todos de agradecimiento”, no dejaba de darme vueltas por la cabeza.

Pasaron ocho largas horas, y me encontraba ya casi en estado de shock, con la pierna considerablemente hinchada, aunque por suerte no sangraba. Pronto oscurecería; la temperatura ya estaba bajando. No había nadie buscándome; nadie sabía dónde estaba. De repente oí una voz. Levanté la vista y vi a dos figuras sobre una cima: un hombre que llevaba una escopeta y una figura más pequeña a su lado. Bajaron a rescatarme, y entonces me dije que ser rescatado de una muerte casi segura debía de ser una de las experiencias más agradables de la vida.

Me subieron a un avión y me mandaron a Inglaterra, y cuarenta y ocho horas más tarde me operaron para reparar el tendón y el músculo del cuádriceps. Pero después de la operación, durante dos semanas o más, no pude mover la pierna ni sentirla. Era algo ajeno, ya no formaba parte de mí, y eso me desconcertaba y confundía enormemente. Lo primero que pensé fue que había sufrido una apoplejía mientras estaba bajo los efectos de la anestesia. Lo segundo, que se trataba de una parálisis histérica. Me resultaba imposible comunicarle mi experiencia al cirujano que me operó; lo único que este era capaz de decir era: “Sacks, es usted único. ¡Nunca había oído nada parecido!”.

EL TIEMPO

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