Europa, más grande que nunca, al fin

Europa, más grande que nunca, al fin

El año comenzará con una dulce ración de noticias que dejará un sabor amargo.

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18 de diciembre 2015 , 05:40 p. m.

Durante gran parte del 2015, la fuerte crisis en Grecia distrajo la atención de una recuperación prometedora en la zona euro. Aunque la posición de Grecia dentro de la unión monetaria sigue siendo precaria, en el 2016 el punto de atención estará en si la recuperación del bloque puede ser sostenible y si será lo suficientemente robusta como para derrotar una mentalidad deflacionaria. Los riesgos de una desaceleración del crecimiento, junto con una obstinadamente baja inflación, son considerables y significarían que el programa de flexibilización cuantitativa (FC) del Banco Central Europeo (BCE) continuará más allá de septiembre del 2016, momento para el cual el BCE había programado su fin.

El año comenzará con una dulce ración de noticias que dejará un sabor amargo. En febrero, los estadísticos revelarán que a finales del 2015 el PIB de la zona euro superará su máximo previo, anterior a la crisis financiera y del euro, a principios del 2008. Esto ocurrirá si la economía de la unión se expande en el segundo semestre del 2015 al ritmo promedio que llevó entre finales del 2014 y mediados del 2015. Incluso si esta tasa disminuye, la zona euro debería alcanzar dicho punto a principios del 2016.

El sabor amargo vendrá por el lado de haberse tomado más o menos ocho años para lograrlo. En contraste, la economía estadounidense se tardó menos de cuatro años en expandirse más allá de su punto más alto antes de la crisis de finales del 2007. Desde que alcanzó ese hito, en el otoño del 2011, el PIB de Estados Unidos ha crecido en casi un 10 por ciento.

Si la zona euro, en efecto, experimenta la mejor parte de una década perdida, la pregunta para el 2016 es si la recuperación que se inició en la primavera del 2013 puede fortalecerse y madurar. Ese repunte, que surgió después de la recesión extendida entre mediados del 2011 y principios del 2013, fue en sí débil y vacilante por más de un año. Cobró impulso a finales del 2014 y en el primer semestre del 2015, mientras que la economía creció a un ritmo promedio de 0,4 por ciento por trimestre.

Sin embargo, incluso este repunte en el crecimiento no fue espectacular. De hecho, fue decepcionante, dada la cantidad de estímulo que la economía de la zona euro recibía. Ese impulso vino de la caída de los precios mundiales del petróleo en la segunda mitad del 2014 y la correspondiente caída de los precios energéticos en la región, que actuó de la misma manera que una reducción de impuestos: aumentando el gasto del consumidor. Además de esto, el BCE adoptó una serie de medidas para fomentar un mayor crecimiento con el fin de impedir una deflación. Estas incluyeron la introducción de tasas de interés negativas, la financiación ultrabarata para los bancos, lo que mejoró sus préstamos al sector privado y, lo más importante de todo, la adopción de una flexibilización cuantitativa (FC) a gran escala a principios del 2015. Estas iniciativas ayudaron a debilitar particularmente el euro, que cayó de alrededor de 1,40 dólares en la primavera del 2014 a cerca de 1,10 dólares en el verano y el otoño del 2015.

Preocupa sí, que aunque el euro se mantenga deprimido, el estimulo generado a los exportadores por la depreciación se pueda desvanecer.

La cuestión alemana

Otra preocupación es que el retroceso de los mercados emergentes, en particular China, también causará daño a la zona euro. Los exportadores alemanes se encuentran particularmente vulnerables después de un largo periodo en el que el crecimiento impulsado por la inversión de China ha estimulado, con sus fortalezas industriales, la producción de bienes de capital.

Una desaceleración en Alemania sería un problema para la zona euro por dos razones principales. En primer lugar, es la economía eje del ‘club del euro’, que representa casi el 30 por ciento de la producción de la unión. En segundo lugar, su capacidad de recuperación en los últimos años ha sido de vital importancia, tanto en la moderación de la recesión, como en el fortalecimiento de la recuperación posterior. Aunque España, la cuarta mayor economía de la zona euro, se ha recuperado más de lo esperado, Francia e Italia, la segunda y la tercera, respectivamente, han tenido dificultades para lograr grandes avances.

Lo que esto sugiere es que el BCE tendrá que hacer aún mucho más. Cuando Mario Draghi, presidente del Banco Central, anunció la adopción de una flexibilización cuantitativa en enero de 2015, dijo que el programa de compra de 60.000 millones de euros –principalmente de activos públicos al mes– se pondría en marcha en marzo, pero duraría hasta finales de septiembre de 2016. Sin embargo, las compras serían “llevadas a cabo, en cualquier caso, hasta ver un ajuste sostenido en la trayectoria de la inflación”, que fuera coherente con el objetivo a mediano plazo del BCE: un índice cercano al 2 por ciento. Esa condición era prudente ya que el programa continuará a lo largo de 2016 y en 2017 con el fin de alcanzar una recuperación meritoria.

PAUL WALLACE
Editor de Economía Europea de ‘The Economist’

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