Peleando el camino a la Casa Blanca

Peleando el camino a la Casa Blanca

La campaña será cruel, costosa y apretada.

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18 de diciembre 2015 , 05:40 p. m.

Algunas elecciones presidenciales se asemejan a un desfile, pues los votantes ansiosos van tras un candidato que les ofrezca esperanza. Otras parecen más una trinchera de guerra, con dos partidos enfocados en movilizar sus tropas y luchando para llegar a la victoria. La contienda del 2016 será de un corte reñido.

Los estadounidenses están en un ambiente partidista. Cada vez más personas miran todo tipo de temas –desde los impuestos hasta la política en Oriente Próximo– desde un punto de vista liberal o conservador, a la vez que una importante y creciente parte de la opinión les dice a las encuestadoras que los oponentes políticos no solo están errados, sino que amenazan el bienestar del país.

En el 2016, tratar de cambiar el parecer de la gente a través de las líneas de los partidos será un camino de tontos. Los candidatos inteligentes recurrirán a los presentimientos de las personas para lograr un giro hacia ellos. Y los gastos de campaña sumarán cifras récords. Se estima que el gasto total entre candidatos, partidos y grupos externos excederá los 5.000 millones de dólares, más del doble de lo estimado para la elección presidencial del 2012.

Los líderes demócratas saben que no se repetirá lo logrado en esa ocasión, cuando Barack Obama consiguió una importante movilización en ciertos grupos, especialmente en los votantes negros, y por arriba del nivel registrado en el 2008. Ese ‘efecto Obama’ fue muy inusual para un presidente que aspira a un segundo periodo. Pero si algo está claro es que en el 2016 ese flujo de votantes negros va a decaer.

Los jóvenes electores no la van a tener fácil para sentirse emocionados con Hillary Clinton (que será la nominada por el partido, a menos que su candidatura caiga por algún motivo), una figura controlada que cumplirá 69 años antes del día de elecciones. La antigua secretaria de Estado y primera dama se esforzará para reemplazar los votantes perdidos de Obama mediante la motivación hacia sus seguidores más leales: las mujeres afroamericanas y las que tienen títulos universitarios.

Los republicanos, por su parte, saben que no deben repetir el desastre del 2012, cuando su candidato, el torpe tecnócrata Mitt Romney, fue obligado a adoptar posiciones radicales de derecha en aspectos como inmigración durante un largo y costoso proceso de nominación.

La temporada de elecciones primarias será corta e intensa si las nuevas reglas impuestas por los líderes de los partidos funcionan como lo planearon. En febrero se verán cuatro competencias claves: en Iowa, New Hampshire, Carolina del Sur y Nevada, estados relativamente pequeños que favorecen a los candidatos carismáticos. El campo se reducirá después del primero de marzo, el famoso ‘supermartes’, cuando cerca de una docena de estados tendrán sus elecciones primarias. De estos, la mayoría son del sur, caracterizados por su tono religioso y por ser amantes de las armas. Los líderes de los partidos aspiran a un candidato que pueda resolver la carrera hacia principios de abril.

Los activistas radicales de derecha que dominan la nominación presidencial republicana no serán ‘metidos en cintura’ fácilmente. En ese partido existen diferencias profundas a la hora de explicar el porqué de la derrota de Romney. Los radicales de derecha dicen que fue un elitista sin tacto que resultó derrotado cuando millones de conservadores disgustados se quedaron en casa. Pero buena parte de la base opina que Romney, exgobernador de Massachusetts y jefe de una empresa de capital privado, perdió porque le fue muy mal con el creciente electorado de tendencias demócratas, desde mujeres solteras hasta hispanos y asiáticos.

Los números están con los grandes. En el 2012, Romney ganó una proporción mayor de votantes blancos de la que obtuvo Ronald Reagan en 1980, el año de su primera victoria presidencial. Si él se hubiera postulado en la misma contienda de la época de Reagan, cuando aproximadamente nueve de cada diez votantes eran blancos, probablemente habría arrasado. Mirando la demografía del 2012, sufrió una severa derrota. En el 2016, el electorado seguirá siendo más diverso, con 30 por ciento de los votos aportados por personas de razas diferentes a la blanca.

Desafortunadamente para los republicanos, la baraja de activistas que selecciona sus candidatos presidenciales no refleja la diversidad del electorado en general. Un total de solo 20 millones de republicanos apostarán por un nominado, pero estos son más viejos y más conservadores que un estadounidense promedio. Debido a que realmente detestan a los demócratas, al final escogerán un candidato aceptable para los grandes donantes y líderes de gran poder en el partido –alguien como el senador Marco Rubio, de la Florida–. Sin embargo, el proceso mostrará feroces batallas, forzando a los candidatos a tomar líneas claras en todo, desde el aborto y las armas hasta la inmigración.

Dos partidos golpeados y cansados llegarán a la meta. Los demócratas difícilmente llegarán en mejor forma que los republicanos. Es arduo mantener la Casa Blanca después de dos años, incluso cuando los votantes están en un buen estado de ánimo. En el 2016, el ambiente será más amargo. Hillary Clinton, una experta en política, con años de experiencia encima, es más impresionante de lo que parece. Algunos cambios demográficos demostrarán ser menos decisivos de lo que aspiran muchos demócratas. La participación de los latinos será decepcionante y sus votos serán decisivos en uno o dos estados solamente.

El resultado final dependerá de factores fuera del alcance de los candidatos. Si las fuerzas globales hacen descarrilar la recuperación de Estados Unidos en el 2016, los demócratas perderán. Si la economía sigue su tendencia, Clinton puede obtener una estrecha victoria. Igualmente, tendrá que lidiar con un Congreso dominado por sus enemigos: la Cámara de Representantes se quedará en manos republicanas en el 2016 y, posiblemente, el Senado también. Ese es el punto donde los problemas de la presidenta Clinton solo habrán empezado.

DAVID RENNIE
Washington, D. C.

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