Margen nimio

De pronto utópico: el esfuerzo político prioritario es disputarle la historia a la guerra.

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18 de diciembre 2015 , 05:13 p. m.

Las guerras obsesionan a la ciencia social, en particular las mundiales. Un motivo: la conciencia obvia de su peso en la cultura; otro: la abundancia de documentación. Sobre la segunda por acceso a archivos, por ejemplo, de la extinta URSS que se aproximan al estalinismo, su pacto con Alemania, la invasión de doble vía, la perplejidad sobre afinidades y alianzas en los adversarios, la sovietización de media Europa, la postergación del comunismo en Francia o Italia, la rivalidad de dos pactos militares y sus concepciones con repercusión global.

En menos de medio siglo colapsaron los imperios y su régimen colonial, emergieron dos superpotencias y el poder atómico como otro grado del desarrollo tecnológico enorme, estimulado por la industria bélica y la rivalidad espacial. Pero sobre todo se patentiza una inhumanidad tan extrema como para desmentir la modernidad, porque sobre fenómenos de ese alcance se impone el sufrimiento indecible de las poblaciones en cercanía a lo que además de aniquilamiento fue terror contra civiles como arma.

La guerra fue efecto y causa de totalitarismo y sus secuelas: policía política, propaganda, detención y desaparición, tortura, delación y otras manifestaciones de psicopatía y sociopatía: holocausto, gulag, la bomba, ante las que el lenguaje es impotente, imposible clasificar motivación o modalidad cuando lo común fue disolución de lo humano. Qué tan extirpado esté el riesgo de guerra es pertinente. La respuesta estaría en qué la produjo desde siempre, su potencia actual inimaginable de reproducirse globalmente. Está cerca la brutalidad en Vietnam, los Balcanes, Ucrania, de las tribales en África, ahora en Oriente Próximo encima del combustible de esta civilización, incentivada por religiosidad y etnia enfermizas, en México la del narcotráfico, aquí aún de varios órdenes.

El primer mundo acoge en Francia y EE. UU. candidatos que no se creyera, en Europa rebrotes nacionalistas jaquean la Comunidad, o el de Putin, el catalán, y etnocracia en reacción al éxodo forzado o voluntario de la bestialidad. “¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra? Es bien sabido que, con el avance de la ciencia moderna, este ha pasado a ser un asunto de vida o muerte para la civilización tal cual la conocemos; sin embargo, pese al empeño que se ha puesto, todo intento de darle solución ha terminado en un lamentable fracaso”, le escribió Einstein a Freud en 1932. Alguien sugiere el efecto terapéutico del abismo. Dice John Gray que en términos de civilización “lo que se ha ganado a lo largo de generaciones se puede perder en un instante... la barbarie se repite continuamente”.

La perseverancia bélica inspira toda clase de teoría, igual apacibilidad como esperanza de todos los pueblos todos los tiempos que parecería inalcanzable porque no se la conoce de verdad, aunque se pregone que la haya global por disuasión nuclear. Sería verificable la atribución helénica a la guerra como secreto cultural, ratificado por el evolucionista predominio del fuerte, por el biologismo del superhombre. Alguien sugirió la banalización del mal como su habituación, corriente en la vida pública y social el ‘es a plomo’. Es comprobable también no obstante la resistencia de inteligencia y voluntad, el margen estrecho donde los que tienen el deber y pueden se esfuerzan por librar aunque sea un poco a quienes sufren la guerra indefensos o armados.

Jorge Restrepo

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