'A Gramalote ya nada lo detiene'

'A Gramalote ya nada lo detiene'

Dos de las damnificadas por falla geológica en este pueblo vuelven a soñar con el retorno.

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17 de diciembre 2015 , 08:51 p.m.

Después de cinco años de espera en albergues o en habitaciones que alquilaron en Cúcuta, Santiago o El Zulia, y viviendo del rebusque y de un mercado y un subsidio mensual, los habitantes de Gramalote empiezan a sentir que ahora sí tienen cerca la reunificación de sus familias y vecinos.

Mildred Leal y Carmen Julia Guevara son dos damnificadas de la activación de la falla geológica que atravesaba a este pueblo de Norte de Santander y que apenas les dio tiempo de salir corriendo, pero, igual que muchos gramaloteros, el paso de los años las llevó a perder la esperanza e, incluso, a dejar de creer en la anunciada reconstrucción.

Estas dos mujeres de contextura gruesa, una madre soltera con cuatro hijos, y la otra, una docente con dos jóvenes familiares a cargo, a pesar de todas las vicisitudes por las que han pasado durante el último lustro, volvieron a reír, a llorar, pero de la emoción, y a soñar con sus casas, aunque estas serán muy diferentes a las que tenían.

Las dos mujeres visitaron el pasado viernes el terreno Miraflores, donde finalmente se decidió levantar el nuevo Gramalote. Es la primera vez que Mildred, a quien todo el mundo llama Mildré, sin la ‘d’ al final, visita el sitio y es testigo directo de la explanada que abarca cerca de 100 hectáreas, de la presencia de más de 300 obreros y de la polvareda que levantan a su paso las máquinas, las volquetas y las camionetas en las que se movilizan los ingenieros de la obra.

“¡Allá es la plaza central!”, señaló Mildred dentro del bus de turismo en el que viajó desde Cúcuta hasta donde se reconstruye Gramalote, un recorrido que tardó más de dos horas y media y en el que, por el camino, recogieron a otros damnificados. Fue un reencuentro en medio de abrazos, chistes y de ponerse al día con las historias de cada uno.

Más de 300 obreros trabajan en la construcción del nuevo pueblo, al que llegarán unas 1.000 familias.

La misma Mildred, quien seguía intentando ver las obras por una de las ventanas del bus, señaló luego las graderías de concreto de más de 2 metros de ancho alrededor de una carpa: “Ahí sí vamos a poder rumbear, vamos a bailar la carranga, brincada, como nos gusta”.

Una vez fuera del vehículo, siguió tratando de ubicar otros sitios del pueblo, tal como estaban en el viejo Gramalote. “Mire la tarima, no teníamos tarima, tocaba alquilarla. Mire la plaza de mercado, y allí estará la alcaldía. Esto es mucha belleza”, afirmó emocionada esta mujer de 39 años, a quien se le habían secado las lágrimas, pero que este día se daba otra licencia para volver a llorar, y por eso llevaba gafas oscuras y se echó “poco pañete”.

Suficientes lágrimas derramó con su tragedia y cada vez que salía de la pequeña habitación con cocina y baño que les dieron en el albergue a ella y a sus cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, y veía las dos torres de la iglesia, que aunque agrietadas aún se mantienen en pie. Esta imagen la devolvía a los días en que desapareció Gramalote. Fue entre el 16 y el 17 de diciembre del 2010, cuando se escucharon estallidos y luego la tierra empezó a abrirse y una a una se fueron desplomando las casas.

De este pequeño pueblo solo quedan unos cuantos montones de ladrillos y bloque entre la maleza y las cuarteadas plaza central y torres del templo, que servían de sitio de congregación en Navidad, en el día de los locos, que se celebraba el 29 de diciembre, y el Año Nuevo. También se mantienen sobre sus cimientos las casas de un par de manzanas del barrio La Lomita, el único sitio que sigue habitado, a pesar de estar en zona de alto riesgo.

Desde muy joven, y producto de la violencia de su compañero, Mildred decidió asumir sola la responsabilidad de criar a sus cuatro hijos. Empezó con una fábrica de antipastos y de comidas por encargo, y luego montó un alquiler de lavadoras. El próspero negocio pronto le permitió construir en La Lomita una casa esquinera, a la que llamó el ‘búnker’. Sin embargo, nada de eso se salvó. Todo quedó bajo escombros.

‘Estuve muy enojada’

Carmen Julia, por su parte, recuerda que vivía en el barrio Casa Verde, cerca de La Lomita, y que por el frente de su casa pasaba el “callejón”, como le dice a la corriente de agua que baja de la montaña y que en el primer día de la tragedia también sirvió de lecho de la avalancha que arrasó con sus sueños y los de sus vecinos. Después de eso, como alma en pena, ella empezó a barrer en las tardes el parque y el templo y se arrodillaba bajo el samán que cubre la mitad del parque y que también sobrevivió. “Me estaba volviendo loca, no sabía qué día era ni en qué mes andaba”, reconoció esta mujer, que aseguró no recordar las horas siguientes a la tragedia. “Me cuentan que nos reunimos en el parque y nos abrazamos, pero yo les digo que de mi memoria se borraron esos momentos”, insistió.

Carmen Julia empezó a reconstruir su vida meses después, luego de que vio que podía levantar un rancho con los bloques y las piedras que quedaron regados por el pueblo. No obstante, en la medida en que pasaba el tiempo y al no ver el inicio de las obras, fue perdiendo la esperanza sobre el renacimiento de Gramalote, a tal punto que fue considerada “radical crítica” del proceso.

“Estuve mucho tiempo enojada porque nos decían mentiras. Cada rato nos decían que en tal fecha iban a comenzar las obras de la carretera, que en tal otra arrancaban las construcciones, y nada”, contó esta gramalotera, que, con el deseo de encontrar empleo en la obra, estudió una técnica en Construcción en el Sena, un proyecto que aún espera cumplir.

Esta mujer vive en el sector de Rancho de Piedra, varios kilómetros abajo del desolado Gramalote, y también subió al mismo bus con una camiseta blanca con un letrero que dice “Gramalote es una realidad”. “Ahora sí se ve que están haciendo obras, esto no lo para nadie”, aseguró esta licenciada en Sistemas que vive de los “contraticos” para reemplazos de vacaciones en las escuelas de las veredas.

Esta profesora de 45 años había estado en Miraflores un mes antes y para ese momento ya se encontraba la gran explanada, pero aún no había empezado la construcción de la plaza central ni de la plaza de mercado ni de la alcaldía.

Sin embargo, relató, sí veía subir y bajar por la carretera “los trompos”, como llama a los camiones mezcladores de concreto, y las volquetas con material, algo que ella confesó que fue su “tratamiento psicológico”.

Esta docente es hoy una acérrima defensora del proceso de reasentamiento y recordó que, incluso, ha sostenido discusiones con antiguos gramaloteros que perdieron la fe en un posible retorno. “Yo le digo a la gente que creamos, que ya estuve mirando las obras y que les pregunté a los ingenieros”, dijo Carmen Julia mientras sacaba de un morral que llevaba terciado una pava para protegerse del incandescente sol de las 2 de la tarde y que obliga a fruncir el ceño.

Una vez en la zona donde se construye la plaza central del nuevo Gramalote, Mildred y Carmen Julia querían recorrer toda la explanada, insistieron en subir hasta la bocatoma del acueducto, pero luego de recorrer unos metros por una polvorienta y empinada carretera desistieron. Les tomaría más de media hora llegar a pie hasta la cima de la montaña.

Pero la ansiedad por reconocer el sitio acosaba a estas dos mujeres, quienes luego pidieron que las llevaran a la casa modelo, que apenas está trazada con estacas, a unos cuantos metros de la plaza central. Llegaron hasta allí luego de pasar por encima de los muros de concreto que empiezan a marcar los niveles que tendrá la población, que se levanta sobre una meseta empinada, y dieron rienda suelta a sus sueños de volver a tener una casa.

“La quiero con los cimientos para tres pisos y con un buen patio, porque pienso tener una hostería y un restaurante. También quiero volver a montar mi microempresa de encurtidos y que mi papá tenga una habitación con puerta a la calle”, dijo la madre cabeza de familia y ahora estudiante de Trabajo Social en una institución técnica. Pero, luego, contó que sus amigas le han insistido en que no pida tanto, porque al fin y al cabo va a tener casa y, además, con patio.

La profesora Carmen Julia tampoco se quedó atrás. Ella también sueña con volver a tener su fábrica de tamales y una habitación para ella, otra para su sobrino, quien el próximo año hará el curso de patrullero de la Policía, y un tercer cuarto para el joven primo que aún sigue en el colegio. “Estoy ahorrando porque mi anhelo es que mis muchachos salgan adelante”, aseguró esta mujer.

“Todo el pueblo debe ser igual, con los mismos barrios y los mismos vecinos, así podremos volver a ser unidos y a apoyarnos unos a los otros”, dijo Mildred Leal, quien no ve la hora de que se inicie el retorno masivo. El Fondo Adaptación programó el comienzo del traslado de los damnificados a sus nuevas casas a partir de septiembre del próximo año.

Un poco más modesta, aunque también emocionada porque ahora sí ve obras, Carmen Julia Guevara solo pidió “varios años de vida para poder disfrutar del nuevo Gramalote”, donde espera volver a ser la promotora de las comparsas con las que, desde mediados de diciembre, sus habitantes empezaban a despedir el año, pero por ahora es consciente de que la harina y el agua que les revolvían a las celebraciones de todos los días tendrán esperar un año más.

Así va el reasentamiento del pueblo

El Fondo Adaptación reportó que en el proyecto de reasentamiento de Gramalote se invertirán 375.000 millones de pesos, recursos que se están ejecutando en las obras de urbanismo, en las plantas de tratamiento de agua potable y de aguas residuales y en las redes de aguas lluvias y de servicios públicos (agua, luz, teléfono y gas), en el centro administrativo, la plaza de mercado, la plaza central, el hospital, el colegio, el matadero y las carreteras de acceso y salida de la población.

En el nuevo pueblo se construirán 1.000 viviendas, de las cuales en una primera etapa se harán 600. Estas ya fueron adjudicadas a un consorcio conformado por tres empresas de Norte de Santander. El próximo año se contratarán las restantes 400. Según la firma Aecom, que asesora el proceso de reasentamiento, el registro final de familias damnificadas es de 1.118, de las cuales 631 eran propietarias y poseedoras. De estas, 610 ya se acogieron al proyecto, lo que les permite tener una vivienda, a través del mecanismo de permuta, en el nuevo Gramalote. Esas casas tendrán 70 metros cuadrados más un patio de unos 80 metros cuadrados.

Las otras 487 familias eran arrendatarias o compartían con otras una vivienda. De estas, 380 ya aceptaron las condiciones. Sus viviendas tendrán hasta 50 metros cuadrados construidos y 20 de patio. Por ahora, solo dos de las familias han decidido no regresar. Ellas, de todas maneras, tendrán la posibilidad de beneficiarse con una vivienda en las zonas donde el Fondo Adaptación realiza programas de reasentamiento.

GUILLERMO REINOSO RODRÍGUEZ
Enviado especial EL TIEMPO

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