De algunos pasos para acercarnos a la paz

De algunos pasos para acercarnos a la paz

Politóloga propone premisas para una paz de carácter viable y duradero.

notitle
17 de diciembre 2015 , 08:49 p.m.

Primer paso: reconocer los errores, los propios y los ajenos.

En el campo de las relaciones políticas, las personas tomamos decisiones y actuamos sabiendo que corremos riesgos. En algunas ocasiones, nuestras acciones desencadenan desenlaces imprevistos y causan enormes daños; en otras, esos mismos daños, por repugnantes que parezcan, resultan por el contrario de una planeación estratégica fríamente calculada.

Frente a estos desenlaces, previstos o imprevistos, la democracia supone el advenimiento de una nueva actitud. De concebir la autoridad como infalible, las sociedades democráticas pasan a reconocer que ni jueces, ni gobernantes, ni legisladores ni quienes ocupan cargos de mando son inmunes al error. Frente a las faltas, estos regímenes diseñan un camino que propicia, primero, la aceptación de los hechos, pasa por el reconocimiento público y culmina en la asunción de responsabilidades en escenarios jurídicos o políticos.

La antítesis del espíritu democrático se encarna en quienes construyen un universo plagado de certezas y regido por autoridades que se autoproclaman infalibles. Siguiendo esquemas mentales rígidos y sintiéndose portadoras de verdades absolutas, estas personas no dejan espacio para reconocer los imprevistos de la aventura de ser humanos.

Siempre vestidas con las mejores galas, viven en un mundo artificial de máximas sin apelación, donde reconocer las propias fallas, en lugar de ser un gesto de decencia humana, se vive como humillación.

En democracia, no son estas las personas que nos deben deslumbrar. Más bien, los héroes democráticos son esos hombres y esas mujeres de carne y hueso que, con coraje, se miran al espejo y reconocen, sin aspavientos, cuándo han cometido errores y se han equivocado. Saben que al hacerlo recuperan su propia humanidad y enriquecen, con este gesto, el patrimonio moral de su comunidad.

Segundo paso: el reconocimiento de múltiples estéticas.

En un país que ha transitado por más de 50 años de conflicto armado, ¿de dónde sacar fuerzas para creer en el futuro? Diría que, si la guerra nos hunde en la miseria humana, las artes nos permiten no solo mirar esa miseria a la cara, sino también imaginar otros mundos posibles.

A lo largo y ancho del país, a través de múltiples e ingeniosas expresiones artísticas, colombianos y colombianas de todas las edades y procedencias crean para narrar el horror que han sufrido y a la vez plasmar la dignidad de las víctimas.

Así, escucho, con asombro y arrebatamiento, al taita de Putumayo, engalanado con sus mejores prendas, declarar ante la guerra librada en su territorio, con voz pausada y español quebrado, que “matar a otros, ¡eso no es cultura!”
De allí me transporto a Buenaventura y escucho, emocionada, la obra de teatro montada por jóvenes Tocando la marea, que, con alabaos y marimbas, se narran a sí mismos y narran para otros las historias de sus ancestros, sus luchas, sus legados y sus arraigos territoriales. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo yo? Son apenas puertos en una travesía que ellos, a su temprana edad, saben anclada en la memoria, la personal y la colectiva.

Así, la belleza anda suelta por nuestro país. Se recrea en la producción comunitaria de saberes, estéticas, conocimientos, nociones de buena vida, reclamos sociales y políticos, que los citadinos de ciertos estratos no hemos querido reconocer o que transformamos en folclor de exposición, uno sin capacidad de transformar la manera cómo se toman las decisiones en este país.

Tercer paso: del reconocimiento de derechos

En 2008, iniciando el trabajo en memoria histórica, una colega y yo llegamos hacia el final de la tarde a un pueblo de calles polvorientas. Nos bajamos para compartir con familias desterradas que habían fundado un barrio. En medio de la conversación, con gracia y desparpajo, Gabriel, uno de los líderes, exclamó: “He aprendido en tanto curso al que he asistido que, aunque soy un negro feúco, ¡tengo derechos!”

En medio de esa tarde que se desvanecía, me sentí sobrepasada ante las brechas en las oportunidades y las disparidades de valor que Colombia aún no ha logrado derrotar.

Además de la precariedad material, en esa frase contundente de Gabriel, me golpeó el descubrimiento inobjetable de los trazos de un racismo, oculto, soterrado pero victorioso. Con esa expresión, comprendí que la Constitución de 1991, promesa de una nueva paridad entre distintos, se ha quedado a mitad de camino. Medios de comunicación y expresiones cotidianas siguen inculcando nociones de belleza que, en lugar de celebrar las diferencias, entronizan unas estéticas mientras, con ese mismo gesto, degradan otras.

El pasado 7 de noviembre se inauguró la capilla de la Memoria, con apoyo de Fundescodes. Una víctima observa fotos de otras víctimas.

Y entonces mi mente regresa a Buenaventura, ese puerto donde enormes planchones se deslizan con una elegancia pasmosa en medio de verdes exuberantes y transitan, con sus enormes cargas, indiferentes a la suerte de quienes habitan barrios sin zonas verdes, escuelas decentes, centros de salud u ofertas de empleo digno. ¿Cómo explicar tanta opulencia y pobreza juntas?

Cuarto paso: la búsqueda de los engranajes de la guerra

El lío del puerto, nuestra puerta al Pacífico, reside, entre otras fuentes, en todo un engranaje que comienza en las facultades de economía y administración de las universidades del país, pasa por empresarios que se sienten ajenos a la suerte de las gentes del puerto y culmina en la toma de decisiones de lugares como el Ministerio de Hacienda y el Departamento Nacional de Planeación.

Estas instituciones –universidades y ministerios– están hechas de funcionarios, muchos de los cuales actúan de buena fe, inspirados en concepciones de desarrollo técnicamente impecables, pero construidos de espaldas a las voces, saberes, reclamos, estéticas, de esos muchos ‘negros feúcos’ que, ¡sí señores!, tienen derecho a decir su palabra ante lo que acontece en ese puerto tan ajeno a la suerte de sus gentes.

Es en la sutil manera como estas ciencias y doctrinas tienen de desconocer a la gente de carne y hueso que se forja, con las mejores intenciones, una forma de construir desarrollo cuyo resultado, no premeditado pero sí nefasto, es el de un “puerto de espaldas a su comunidad”.

Desde estas miradas, el desarrollo se concibe como resultado de una planeación hecha por unos pocos profesionales altamente calificados para las comunidades y no con ellas. En estas miradas condescendientes se cocina el contexto perfecto para que prosperen las organizaciones criminales en medio de una desregulación absoluta y una captura desfachatada del Estado local.

¿Podemos decir que los técnicos de Planeación o del Ministerio de Hacienda o de las grandes empresas inversoras en el puerto son las culpables directas de la debacle?

Retomando lo dicho al inicio de estas páginas sobre los errores y las responsabilidades, habría que señalar que sí, pero que no. No, porque ninguno de ellos planeó esa explosión de mafias que se tomaron el puerto. Pero sí, porque, así sea de manera no premeditada e indirecta, esa construcción de ciudad de espaldas a las comunidades es parte innegable del problema.

¿Qué es lo que desconocen esos técnicos? Que sus mejores aliados para derrotar a las redes criminales se encuentran entre los propios habitantes del puerto, aquellos que tejen y urden iniciativas insólitas como ‘tocando la marea’ o raps y hip hops y poesía y casas de la memoria y territorios de paz, que se enfrentan a los armados con expresiones que se oponen al reclutamiento armado y a la desidia estatal y empresarial, y que reclaman, no fusiles, sino el acceso a una buena educación.

No me cabe la menor duda de que son esos jóvenes los portadores de un buen vivir juntos democrático. Ellos y ellas se forjan un lugar en el mundo desde sus artes para reconocerse y ser reconocidos como bellos, sabios a su corta edad y humanos. Ellos y ellas, que se han forjado un futuro digno en medio de las condiciones más adversas, ahora reclaman que las altas esferas los reconozcan como pensantes, deliberantes, capaces, si se les da la oportunidad, de tejer, esta vez sí, un puerto con comunidad.

MARÍA EMMA WILLS OBREGÓN
Especial para EL TIEMPO
Asesora de la Dirección del Centro Nacional de Memoria Histórica

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.