De culto a cultura de la imagen

De culto a cultura de la imagen

La religión tiene muchas caras y el arte, quizás, muchas más.

17 de diciembre 2015 , 05:42 p.m.

 Caras y máscaras unidas pueden provocar mezcla explosiva, como se demostró en el coloquio internacional ‘Teología política e imagen’, con presencia en Bogotá de una docena de filósofos, teólogos e historiadores del arte, entre ellos 3 figuras notables cada una en su especialidad: Martin Treml, filósofo e historiador de la religión y el arte, curador, editor y profesor berlinés; Sarah Beckjord, historiadora del arte y docente en Boston, y Thomas Gil, filósofo y científico social, maestro de lógica en Alemania. Los 3 dieron cuenta del vínculo entre teología e imagen, religión y arte, cultura visual y violencia política.

Su opinión común sobre lo que liga el arte y la religión es el modo que tienen de configurar la sensibilidad de los pueblos y hacer posible su participación en la escena política. La religión civil y el arte colectivo son experiencias genuinas de formación del gusto, del sentido común y la participación de la comunidad. La religión civiliza no solo porque es “superación y construcción de la naturaleza sino porque emancipa de la crueldad de la violencia”, según Jacob Taubes, comentado por Treml. Así la religión haya sido factor de violencia e intolerancia entre “exterminadores y exterminados”, también puede ser símbolo de democracia; ha roto “barreras entre judíos y griegos, esclavos y amos”.

La divinidad ha sido usada para legitimar el poder pero su propuesta también ha sido traer amor entre los hombres. “En medio de los abismos del siglo XX sirvió para superar sus conflictos”. Porque dice Treml sobre la cuestión inicial: “¿Con quién más se podría hacer la paz sino con el enemigo?”

“las diferencias pueden ser utilizadas provechosamente y superpuestas gradualmente”.

Perspectiva alterna describe Sarah Beckjord sobre el fundador de la Compañía de Jesús, Ignacio de Loyola, y la imaginación barroca en el mundo andino. Para ella el factor religioso importa tanto como motivo de creencia como de comportamiento individual y colectivo. Loyola no solo fundó una comunidad, sino “la orden armada con imágenes” para predicar la fe dotada de un método de ejercicios espirituales. El poder de ese método está en su carácter performativo, muy creativo, donde la imagen tiene que ver con la mirada interior.

El participante tiene que hacer un entrenamiento de la imaginación para disciplinar la vida mental tanto como su propio cuerpo. Guiar, persuadir y asombrar a los fieles con esas imágenes es su función pedagógica al servicio no sólo del adoctrinamiento sino también del cultivo de la imaginación de pintores, literatos y escultores de los siglos XVI y XVII. El arte barroco americano de ese tiempo en monumentos e imágenes desde Cuzco hasta Popayán está influido por el método de los ejercicios espirituales ignacianos. El barroco y su retórica del espectáculo formaron artistas de la élite como del pueblo grueso impresionado por imágenes tan rotundas como la del matrimonio de Martín Loyola con la nieta de Túpac Amaru, que presagiaba una nueva dinastía americana.

Thomas Gil habló sobre el papel específico de la imagen en el asentimiento ante su presencia. “El asentimiento como aceptación de una creencia u opinión muchas veces está motivado por imágenes que pueden ser decisivas a la hora de alcanzarlo, consolidarlo o interpretarlo. Imágenes, interpretadas de cierta manera, simbolizan aquello que asentimos al juzgar. Imágenes que, a diferencia de discursos teóricos complejos, son concretas y ayudan a fijar o concentrar la atención en algo sin largas deliberaciones previas”. Gil se interesa en las fuentes que alimentan propuestas y opciones políticas concretas. “Siendo los humanos animales que interpretan su propia existencia a partir de comunidades y contextos propios vivenciales, examinar tales contextos y grupos primordiales de referencia que siguen siendo para muchos fuentes de sentido, me parece algo indispensable para comprender los recursos aún existentes de integración y cohesión social”.

Al final los expositores dejaron la impresión de que riqueza y pluralidad de la imagen sirven además de formar asentimiento y cohesión social, también a romper polarizaciones entre ‘buenos y malos’, ‘amigos y enemigos’. La guerra de las imágenes puede servir no solo para trazar límites entre zonas separadas, o sea, entre católicos y protestantes, occidentales y orientales, sino que hace que “las diferencias pueden ser utilizadas provechosamente y superpuestas gradualmente”.

CIRO ROLDÁN JARAMILLO
*Profesor Universidad Nacional

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