Cafés bogotanos

Cafés bogotanos

Apartes de dos notas entre varias que describen la socialización capitalina en 'Los cafés de Bogotá'

17 de diciembre 2015 , 11:05 a.m.

LA CIUDAD QUE YA NO EXISTE

Por Juan Gabriel Vásquez
Un escritor bogotano recorre los escenarios que han nutrido la atmósfera de sus novelas y encuentra en los cafés del presente el rastro de aquellos que han desaparecido con los años

… Partiendo del Café Pasaje, subía por la calle 14 hasta la casa donde José Asunción Silva se pegó un tiro en el corazón en 1896…. A veces subía hasta el Chorro de Quevedo y me tomaba algo en Café Color Café… y a veces seguía hasta el Café de Rosita… y a veces doblaba la esquina para entrar en el restaurante La Romana, y a veces seguía unos metros más por la acera occidental, me metía por el callejón peatonal de la calle 16 y terminaba en el San Moritz, cuyas claraboyas le daban al lugar un ambiente de crepúsculo constante… el recorrido se fue
enriqueciendo: Comencé a buscar La Gran Vía, el café o tienda donde el caricaturista Ricardo Rendón trazó
su último dibujo…Pero La Gran Vía ya no estaba. Comencé a buscar El Automático, bajo cuyos cuadros de artistas sin reconocimiento recitaba León de Greiff sus hermetismos de música perfecta…

Ese poema no habla de su época bogotana, cuando hizo parte de Los Nuevos, una generación entera surgida entre las paredes de los cafés del centro. Habla de los Panidas: sus compinches de Medellín. Pero con algunos de ellos se encontraba en los cafés bogotanos… El Automático, por supuesto, tampoco estaba. Había desaparecido El Molino, desde cuyas paredes miraba Don Quijote a los borrachos, los políticos y los poetas, y desde cuya puerta vieron varios el momento en que Juan Roa Sierra le descerrajó cuatro tiros a Jorge Eliécer Gaitán y mandó el mundo entero al carajo. Había desaparecido El Gato Negro, que quedaba en los bajos del edificio donde Gaitán tenía su oficina, y cuyas meseras salieron a auxiliar al herido cuando oyeron los tiros en la calle. El 9 de abril de 1948 mató muchas cosas, pero una de las más lamentables -por frágil, por intangible- fue esta: la vida de café. La mató porque los cafés neurálgicos de la vida bogotana perecieron entre las llamas; la mató, también, porque una de las cosas que se hacían en los cafés, hablar de política, se convirtió en un riesgo de muerte en los años siguientes. Ya era peligroso antes de aquella fecha fatal: en alguna parte he leído que alguien entró una tarde a un café llevando una corbata roja, y los conservadores que estaban presentes lo atacaron, lo agredieron y le cortaron la corbata. Los cafés eran enemigos del régimen conservador, porque en uno de ellos, el Bar Cecilia, se había lanzado la candidatura de Gaitán en febrero de 1944, y en otros varios, del Inca a El Gato Negro, del Colombia a El Asturias, se reunían los gaitanistas después de los Viernes Culturales. De manera que a nosotros, los hijos de quienes nacieron por esos años, los nietos de los hombres que frecuentaban esos cafés desaparecidos, nos tocó una Bogotá muy distinta… de vez en cuando siento la necesidad casi física de volver a la ciudad de verdad, al Pasaje y a La Romana y al San Moritz. La última vez que entré al San Moritz, que es quizás el único lugar donde uno puede saber de verdad cómo eran las cosas hace setenta años, descubrí que hay otra Bogotá de nuevos cafés naciendo en los lugares más insospechados… Y ahí siguen: los viejos y los nuevos que están naciendo en todas partes. Los viejos ya no son los de antes, porque también lo que se hace en ellos ha cambiado, pero a mí me dan todavía el mismo don o privilegio que me han dado siempre: un lugar donde leer en soledad, espiar a los desconocidos o conversar con los conocidos, aunque esas conversaciones ya no funden movimientos literarios, ni lancen campañas presidenciales, ni acaben en una conspiración para cambiar el mundo...

¿ARQUITECTURA O AMBIENTE?

Por Germán Téllez Castañeda
En un café de pueblo, el perezoso: “Oiga, compadre, ya que tiene la boca abierta, pida dos tintos…”

… El café, como lugar de convivencia social, se adapta con versatilidad a casi cualquier espacio arquitectónico preexistente, careciendo en efecto de “forma” predeterminada. La decoración y el mobiliario escenográficos, la bambalina que es un café, crean el ambiente propicio para entrar a ellos y beber esa pócima adictiva… En el caso bogotano, el papel urbano y social del café, como foco de usanzas ciudadanas cotidianas, fue importante desde el comienzo del siglo XX, e incluso desde el XIX. Las metamorfosis de todo orden sufridas
en algo más de un siglo por la capital colombiana han convertido a los cafés en una especie en vía de extinción
o, al menos, muy amenazada.
Estos se localizaron como y donde podían, agrupándose geográficamente en el centro de la ciudad en busca de una clientela más numerosa. A partir de las últimas décadas del siglo XIX, las tiendas-tabernas y bebederos coloniales de chicha y aguardiente cedieron gradualmente su lugar y función urbana a los cafés, extraña especie de origen europeo surgida en Colombia a raíz del auge de la explotación del grano, sumada a la francofilia presente en muchas facetas de la vida y hábitos de la burguesía bogotana. El café francés (o italiano), en efecto, así como el salón de té inglés (anglofilia algo más tardía), fueron influencias sociales urbanas notables en el medio latinoamericano, desde Buenos Aires hasta México…
Comencé a entrar a los cafés bogotanos cuando tenía unos 11 a 12 años, de la mano de mi padre, HernandoTéllez y respaldado por algunos de sus amigos, Alberto Lleras Camargo, Germán Arciniegas, José Mar, Eduardo Caballero Calderón, Eduardo Zalamea y tantos otros –se suponía que no debían entrar niños ni mujeres a los cafés– y desde entonces percibí estos como un género aparte… La esencia del café en el centro de la ciudad fue siempre el de un lugar para estar al abrigo de las inclemencias del incierto clima bogotano. Su presencia en las calles se limitó siempre a su nombre en la fachada de la edificación correspondiente y, en algunos casos, un modesto toldo o una mínima marquesina sobre su acceso. La influencia del café bogotano fue de otro orden, en la conducta colectiva cotidiana, en los horarios y hábitos de trabajo u ocio de políticos, oficinistas, comerciantes, intelectuales, artistas, poetas, desocupados, artesanos, etc., reinventando el sentido de reunión y atrayendo a todos por igual mediante esa posibilidad latente de intercambio de ideas, de soterrada necesidad de estar donde estarían “los demás”, de comunicación con estos con el pretexto y la necesidad vital de una taza de café…
Mis recuerdos de cafés bogotanos se refieren, paradójicamente, más a los personajes y al ambiente social de
estos que a la decoración, vagamente teatral, que enmarcaba ese mundo peculiar. Así, la decoración de cafés
como La Gran Vía, La Cigarra, el Café Pasaje, El Martignon o El Gato Negro no es algo que recuerde con
precisión, dado que aquella no pasó de un eclecticismo de tercera clase, entre forzado y chabacano, pero sí
me atrajo la “elegancia” del tratamiento de muros y cielorrasos del Windsor, el Café Inglés o El Metropol
(iba allí con mi madre), todo ello en mi adolescencia, que es la edad delas observaciones superficiales. Lo
que veía en los años cuarenta como elegante eran escogencias de repertorios decorativos tomados de catálogos
y revistas de 15 a 25 años atrás, llegados a Bogotá mucho antes de la Segunda Guerra Mundial…
Recuerdo mejor a los amigos y conocidos de mi padre, intelectuales y periodistas como él, políticos, tal cual poeta, comerciantes, profesionales de cuanto oficio conocido o no tanto podía haber en Bogotá, bebiendo
tinto con el sombrero italiano Borsalino puesto y podían sujetar la taza de café con tres dedos de una mano y mantener el cigarrillo Royal o Pielroja encendido con los otros dos. Un mundo de fumadores hoy desconocido,
al cual la Guerra Mundial había privado de los Lucky Strike, Camel y Chesterfield americanos. El penetrante olor a tabaco quemado, mezclado con el de ropa sin lavar y, en algunos casos, un lejano relente a orina y las nubes flotantes de humo azul estratificadas hasta el cielorraso, cualifican esos recuerdos que, según el tango, “el tiempo ha borrado”…
El Automático, en efecto, desempeñó en Bogotá el papel histórico de ser el “café de las artes visuales” (y no musicales, líricas o literarias). Los pintores colombianos más importantes de las décadas de los sesenta a los ochenta del siglo XX (Botero, Obregón, Grau, Roda, etc.), así como de los años cuarenta a cincuenta (Gómez Jaramillo, Acuña, Ospina, Ariza) exhibían sus obras allí, independientemente, en un lugar ajeno a los museos y galerías de la época.

Juan Gabriel Vásquez

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