Artesanías con valor social

Artesanías con valor social

Población desplazada del Chocó y en Buenaventura estarán hasta mañana en Expoartesanías

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16 de diciembre 2015 , 02:45 p. m.

Hace nueve años, la Corte Constitucional estableció con la Sentencia T025 que el Estado debía destinar presupuesto para garantizar los derechos fundamentales de los desplazados. “La obligación constitucional del Estado de garantizar una protección adecuada a quienes por razón del desplazamiento forzado interno se encuentran en condiciones indignas de vida no puede ser aplazada indefinidamente”, dice uno de los apartes de esta.

Así, se diseñó un programa al que se vinculó Artesanías de Colombia, para acompañar a personas desplazadas y en situación de vulnerabilidad, y que elaboran diferentes objetos manualmente. Una muestra de ese trabajo se expone hasta mañana, en Expoartesanías. Específicamente, en el Pabellón 1, estand 103. Allí, durante la feria, diferentes artesanos de Buenaventura y el Chocó han estado interactuando con el público y dando a conocer sus productos: piezas en madera como cucharas, bateas, tejidos en fibras de iraca, potré, terlenca o chocolatillo, y collares y pulseras en chaquiras, entre otros.

“¿Cuánto vale?” es en la mayoría de los casos, la primera pregunta que les hacen. En una artesanía, este valor va más allá del dinero, ya que detrás de cada pieza hay horas de trabajo, paciencia invertida y todo un proceso detrás.
Por ejemplo, en el caso de los fruteros hechos en terlenka o en chocolatillo, no se trata solamente de tejer hasta formar el producto final.

Inés Chichiliano es de la etnia Eperara Siapidara, y pertenece a la comunidad Resguardo Joaquincito. Creció viendo cómo su mamá hacía artesanías con fibras naturales. Sin que ella le enseñara, aprendió a elaborarlas y hoy en día vive de ello.

“Esto viene de nuestra sabiduría ancestral”, cuenta la artesana, mientras teje un frutero de cuatro puntas, también conocido como “Cuatro tetas”. Se demora un día entero entrelazando las miles de fibras que lo componen, y un poco más si le incorpora algún diseño: como arañas o cangrejos.

Sin embargo, para llegar a tener la materia prima que requiere la elaboración de este producto, Chichiliano debe buscar el árbol del que se saca la fibra, deshilacharlo hasta obtener una cantidad considerable de ‘hilos’ y dejarlos secar. El proceso se tarda más si quiere darle un tono más oscuro a estas fibras, ya que tiene que enterrarlo durante unos días. Y si a eso se le suma que deben sembrar de nuevo el árbol del que se extrae la terlenka, y que este se tarda alrededor de tres años en volver a crecer, la elaboración tiene toda una historia atrás. Una con bemoles. Inés Chichiliano fue una de las 17 familias que en el 2001 tuvo que huir de su hogar en el Alto Naya, debido a una masacre en la que miembros del Frente Calima de las AUC asesinaron más de 200 indígenas. “Nos avisaron que venían bajando y en 15 minutos tuvimos que salir”.

Ella es una de las 2.000 personas que se han visto beneficiadas por el convenio que este año suscribieron el Departamento para la Prosperidad Social – DPS y Artesanías de Colombia. “Estamos mostrando nuestro producto aquí y creo que más que mostrarlo esto va a ser un puente de trabajo, porque mercadeo no tenemos, tenemos productos para vender pero no mercadeo”, continúa Chichiliano.

Pero la capacitación a artesanos no viene de este año. A raíz de la sentencia de la Corte Constitucional, se ha venido trabajando desde el 2006 por formar a artesanos. Desde el 2013, cuando Michelle Olarte asumió la Coordinación del Programa de Atención a Población Desplazada y Vulnerable (APD), la cobertura se ha ido aumentando poco a poco.

“La Unidad de Víctimas nos indica dónde es necesario focalizar la atención y teniendo en cuenta estas alertas decidimos entrar en el Chocó. Ya llevamos dos años allí y el año pasado atendimos a 600 personas”, cuenta.
Ahora bien, la tarea no es tan fácil. Tanto por cuestiones de acceso – algunas poblaciones están tan alejadas que la única manera de llegar a ellas es desde el río- como por la desconfianza que puede suscitar la llegada de extraños a un territorio. “Es un trabajo de ser directos y sinceros y dejarles claro el alcance del proyecto, que es finito” dice Olarte.

Una vez comienzan el proceso se les dan talleres de liderazgo, de resolución de conflictos y se les pide que hagan un proyecto de vida. No importa si es a través de dibujos, pues muchas veces la población no habla o escribe en español. El acompañamiento también incluye fortalecimiento en el producto que elaboran y asistencia en el diseño, con talleres de teoría del color o acabado. También de presupuesto puesto que la idea es que aprendan a vender su producto y no sean simplemente creadores.

Y así como para hacer una pieza artesanal se requiere de tiempo y de varios pasos antes del llegar al producto final, las personas que trabajan capacitando a estos artesanos también tienen que seguir por distintos procesos antes de establecer un vínculo con las comunidades a las que pretenden ayudar.

“El sector artesanal, si bien no es la principal actividad productiva es complementaria para muchas comunidades en situación de desplazamiento. Sobre todo de grupos étnicos como embera katío o embera chamí, en los que hay muchísima vocación artesanal”, añade.

Otras regiones en las que han estado son Córdoba y el Urabá antioqueño. En este último, artesanas como Idalí Mendoza, de Apartadó, que trabaja la madera, se ganó un dinero para continuar con su negocio.
Y otros casos que resalta son el de a la Asociación de Artesanos de Quibdó, que trabajan la filigrana y que está en camino a convertirse en una escuela de joyeros.

El proceso es largo y lleno de aprendizajes. “La idea de traer a 27 de estos artesanos es que hablen con la gente, que aprendan a vender y conozcan compradores”, dice Olarte”. Por eso, mientras termina de tejer una de las cuatro puntas de su canasto, Inés Chichiliano insiste en que está segura segura de que saldrán adelante.

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