La migración de la humanidad

La migración de la humanidad

Mientras exista un ser abandonado en el mundo estaremos en deuda con nuestra propia estirpe.

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15 de diciembre 2015 , 06:21 p. m.

Esta imagen del mundo actual, donde cohabitan tantas incertidumbres, causadas en parte por nuestras propias contradicciones, nos deshumaniza totalmente. Es cierto que todas las agendas del planeta guardan en su existir sus buenos propósitos, diciendo dar prioridad a las necesidades de los más excluidos socialmente. Pero luego se observa que no pasamos de las palabras a los hechos. Si, evidentemente, optásemos por no dejar atrás corazón alguno, estoy convencido de que prestaríamos más atención a la precaria situación de algunos ciudadanos. Por ello no estaría mal, que coincidiendo con el Día Internacional del Migrante (18 de diciembre), reflexionásemos sobre la manera de llevar a buen término los derechos humanos básicos que todos necesitamos, por el simple hecho de haber nacido, de ser personas.

Nadie negará que la migración internacional ha crecido de manera notable desde el comienzo de este siglo y se calcula, según Naciones Unidas, que en la actualidad unos 232 millones de personas buscan en países distintos al suyo nuevas oportunidades de mejorar su vida y desarrollar sus conocimientos.

Lo cruel de todo esto es que aún no nos sentimos familia, y así resulta muy complicado hacer realidad las aspiraciones humanas de dignidad, seguridad y de un futuro esperanzador para todos. Mientras exista un ser abandonado en el mundo estaremos en deuda con nuestra propia estirpe. Emigrantes y refugiados no son seres para destruir, son seres para renacer, seres a los que hay que ayudar, más que con políticas, con poéticas del alma, y, lejos de rechazarlos, valorar lo positivo de su movimiento, el coraje por salir de la miseria.

Resulta alentadora para el planeta la inestimable solidaridad de algunas organizaciones en luchar contra el tráfico de seres humanos, ayudando a las víctimas de este reprochable comercio a recobrar su libertad y dignidad.

Indudablemente, todos necesitamos algún tipo de apoyo, de auxilio; por esto, entiendo que ha de ser uno de los valores fundamentales y universales en que deberían basarse las relaciones entre los pueblos en los próximos años. Quizás por este motivo la Asamblea General decidió proclamar el 20 de diciembre de cada año como Día Internacional de la Solidaridad Humana, dado el imparable aumento de la interdependencia mundial.

La solidaridad no es una disposición más, tampoco una actitud limosnera; es una manera de entender la vida, desde sus genes de familia humana hasta un modo de quererse, de amarse, de donarse en definitiva, sin otra visión que la satisfacción del deber cumplido, puesto que hemos de volver a la centralidad del ser humano, a través de una visión más auténtica de relaciones más hermanadas, sin el temor de perder nada y sí de ganar vidas humanas, que es de lo que se trata para mejorar nuestro propio camino, sintiéndonos acompañados.

Quizás estemos en el buen camino. El mismo 12 de diciembre del 2015 pasará a la historia por un acuerdo solidario. Precisamente, el acuerdo de París es un acto de lucidez en favor de la especie humana. Todos los países han acordado mantener la elevación de la temperatura a un nivel mucho más bajo que los 2 grados centígrados. Al reconocer que los riesgos implican graves consecuencias, han acordado que el límite sea 1,5 grados. Cuestión fundamental para los pequeños Estados insulares y los países menos desarrollados. En este caso, se han escuchado las voces de los más vulnerables. Cualquier gesto de este tipo, bienvenido sea, pues el mundo ha de construirse alrededor del ser humano, sobre los cimientos de la cooperación y la solidaridad mundiales, escuchándose antes a todos y escuchándose en todos.

Nadie se hace perverso porque sí, súbitamente; es necesario que sea proclamada la bondad por los caminos de la vida y que, así, pueda penetrar en todos los modos de vivir. Al fin, la bondad debe gobernar cualquier existencia sobre todo lo demás.

Esta clemencia, tan propia de este tiempo navideño, es motor y engranaje de uno mismo, aguante con los demás y compasión que no se extingue ni se descorazona, porque quiere realmente hacer el bien a su alrededor, según las inmortales palabras de San Agustín: La bondad «permanece tranquila en las ofensas, beneficia en medio del odio; en la ira es mansa; es inofensiva en las insidias; gime en la iniquidad, y respira en la verdad: inter iniquitates gemens, in veritate respirans» (Sermo 350-3; Migne PL 39, 1535). Está visto que así seremos menos espíritu de contradicción, buscando la convivencia con lo armónico, sin la lógica de que el pez grande se come al chico. Por tanto, que nadie se sienta forastero en un mundo que es de todos y de nadie. En definitiva, todo nos lo debemos a todos, también a los millones de migrantes que, con su valentía, vitalidad y sueños, ayudan a que recapacitemos sobre nuestro modo de cohabitar.

Víctor Corcoba

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