Es el tonito, Enrique; el bendito tono

Es el tonito, Enrique; el bendito tono

Lo grave no es lo que se dice, sino el tono. Y ese tonito suyo está muy jarto, doctor Peñalosa.

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15 de diciembre 2015 , 05:07 p.m.

Estaba haciendo un gran esfuerzo por no comentar nada de lo que hiciera o dijera el alcalde electo de Bogotá. Desde que ganó las elecciones de octubre asumí que se trataba de nuestro nuevo mandatario y me sumé a los muchos capitalinos que abrigan la esperanza de que haya un timonazo en el manejo de esta ciudad tan descuadernada.

Pero la copa de mi aguante se rebosó el lunes al leer la entrevista publicada en este periódico, en la cual Enrique aparece más Peñalosa que nunca: con toda su arrogancia, con toda su displicencia y con su nula humildad. Era el Peñalosa de siempre, mejor dicho, que llega envalentonado debido al hastío que nos deja la Bogotá Humana.

Aunque la gestión de Gustavo Petro no fue tan maravillosa como el saliente alcalde la pinta, tampoco ha sido tan nefasta como dicen otros. Lo que sí es evidente es que quienes padecemos el caos de los trancones y nos horrorizamos con las paredes tapizadas de rayones; los que hemos roto las llantas del carro al caer en los huecos de las calles y los que tienen que sufrir a diario el vía crucis de TransMilenio; los que ya no sabemos cuándo se van a meter los ladrones a nuestras casas o en cuál esquina nos van a arrebatar el celular, anhelamos una ciudad amable y un alcalde que se dedique a gobernar y no a hacer propaganda.

Fueron estas algunas de las razones por las cuales los bogotanos, luego de tres administraciones de izquierda, votamos por un cambio que en las pasadas elecciones representaban tanto Rafael Pardo como Enrique Peñalosa, quien al final se impuso gracias al buen recuerdo que muchos electores tenían de su paso por el Palacio Liévano hace 15 años.

Cansados de la polarización instigada por Gustavo Petro, de sus discursos populistas y de esa proclividad a denominar a sus críticos con palabras no muy amables, los bogotanos queremos, necesitamos, que el nuevo alcalde en vez de dividir aglutine y en ese sentido la mencionada entrevista es poco útil.

Más allá de las declaraciones en las que Peñalosa descalifica todo lo hecho por su antecesor y donde prácticamente repite que nadie sabe más que él, el segundo funcionario más importante del país no puede hablar de forma tan grosera y desobligante de los empleados actuales del IDU, solo para justificar su cambio de planes con el metro.

“La manera como se había definido por dónde iba la línea de metro realmente no corresponde a ningún estudio sofisticado, sino a una persona de tercer nivel del IDU”, decía, con no poco desdén. Y a renglón seguido agregaba que “cuando se fue a hacer la definición exacta de por dónde iría surgió un parámetro que se inventó un funcionario del IDU mientras se lavaba los dientes, y que no tuvo nada de técnico”.

En primer lugar, así Peñalosa tenga motivos para cuestionarlo, es poco educada esa forma de referirse al trabajo del IDU. Y por otra parte, cuando se refiere a lo técnico, debería recordar los parámetros y el rigor con los cuales se construyó en su alcaldía la Troncal de la Caracas, vía que después de tres lustros todavía seguimos reparando.

A dos semanas de asumir su cargo, a Peñalosa no le queda bien hacer declaraciones tan destempladas y debería tratar de disimular ese complejo de Adán, que le hace creer que antes de él todo era oscuridad; pues, pese a lo aporreada que hoy está Bogotá, no es ese hueco negro que pretende mostrar, ni él va a ser el señor todopoderoso que la va a convertir en un paraíso el 1.° de enero.

Si es cierto que Peñalosa quiere que el lema de su gobierno sea ‘Bogotá, ciudad de todos y para todos’, tiene que cambiar el chip; porque –como decimos en Bogotá– a veces lo grave no es lo que se dice, sino el tonito. Y ese tonito está muy jarto, señor alcalde; no tiene por qué hablarnos así.


@Vladdo

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