Primera comunión

Primera comunión

Así se hacen los ateos. Ahora sabe que todo sigue y seguirá igual, día tras día, año tras año.

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15 de diciembre 2015 , 04:44 p.m.

El niño avanzaba difícilmente hacia el altar, sentía que todas las miradas caían sobre él. Estaba incómodo con el uniforme del colegio: pantalón gris, blazer azul oscuro, de paño flanel, y el escudo del colegio sobre el bolsillo superior a la izquierda. Día complicado. En su mano derecha, con el antebrazo extendido por encima de la cintura, llevaba encendido el cirio, con su ostentoso lazo blanco. En la mano izquierda, el misal de tapas de nácar, heredado de su bisabuelo, que había usado para ceremonias como esta, igual que otros miembros de familia. Se sentía ridículo con esos guantes blancos de algodón, como si fueran de mesero.

Día de su primera comunión, mayo de 1949. Marchaba despacio, obligado a tomar breves pausas por la lentitud con que monseñor De Brigard repartía la comunión a cada uno de los niños. Solo había una niña, prestada para el evento, hermana de uno de sus compañeros de curso, tal como correspondía a ese colegio de solo niños. Ella sí, de impoluto vestido blanco de organdí, velo de tul y diadema de flores, era la primera de la fila y la primera en comulgar. El corazón del niño palpitaba rápido. Desgarbado, cerraba la fila, porque los más altos van atrás. “Jirafa canuta, cuanto más grande más bruta”, le han dicho varias veces.

La semana previa había sido difícil. La preparación para la primera comunión, hecha por la benemérita Carmencita, transcurrió en la casa de retiros de Emaús, donde hizo mucho frío y la comida fue pésima. Repasaron los mandamientos, adoraron la imagen del Señor, leyeron el evangelio, oyeron de las vidas de los santos y, lo peor de todo, de lo terrible del pecado, del cruel fuego eterno del infierno, cuya única forma de evadirlo es la de cumplir con la bendición del sacramento de la confesión y recibir limpiamente el cuerpo del señor. “Si se hace bien, todo se limpia, todo se cura”.

El niño avanzaba, pero con temblor en las manos que sostenían el misal y el cirio. Sentía mareos, no solo por el ayuno, obligatorio para poder comulgar, sino por la sombra de haber pecado y de estar todavía en pecado mortal. Su confesión con el padre Velázquez había sido corta y evasiva. A él no lo conturbó tanto la pregunta “cuantas veces”, como a otros niños. Tenía una carga mayor que era evidente en el momento de caminar hacia el altar. Creía que al recibir la hostia el mundo caería sobre él. Sabía de su obligación de confesar los juegos, esos de “papá y mamá”, con Marinita, de la casa vecina. No podía ser una disculpa el que ella lo hubiera incitado. Él también había accedido gustoso. Nadie se lo había advertido, pero no tenía duda de que estaba en pecado grave, mortal. Inconfesable, pero de obligatoria confesión para quedar santificado.

El coro, al que él siempre había querido pertenecer, seguía cantando, “Ya llegó la fecha dulce y bendecida...”. Un rayo de sol atravesó un vitral para iluminar a monseñor en el momento en que el niño recibía el cuerpo de Cristo. “Se me caerá la lengua”. Le habían dicho que eso ocurría cuando se comulgaba en pecado. Retornó con la cabeza baja a su escaño. No miró a mamá, ni a papá, ni a ninguno de sus compañeros. A nadie. Esperaba que la lengua se desprendiera de su boca o que un rayo lo partiera. Pero nada pasó. Ite missa est. En los jardines de la iglesia hubo abrazos, fotografías y felicitaciones. Orgullo familiar. Después, fiesta y regalos. El cielo era azul y sin nubes.

Así se hacen los ateos. Ahora, mucho después, sabe que todo sigue y seguirá igual, día tras día, año tras año. Nunca ha habido signos de Dios ni de su castigo. Sin pruebas del más allá. “No hay Dios”, se dice, “pero hay infierno, que es esto. Está aquí y yo lo vivo”.


Carlos Castillo Cardona

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