Los 100 años de la Piaf

Los 100 años de la Piaf

Todas sus canciones nos recuerdan que el amor es el hilo principal de la trama de la vida.

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15 de diciembre 2015 , 03:39 p. m.

Cuando tengo arrebatada la nostalgia de otro mundo posible, entonces escucho a Edith Piaf, esa pequeña inmensa mujer, quien nació en 1915 en plena calle, debajo de una farola en la rue de Belleville. Estaría cumpliendo 100 años en este 19 de diciembre.

Sus canciones, todas sus canciones, nos recuerdan que el amor es el hilo principal de la trama de la vida. Ella decía que no tenía ni fe ni ley; que no sabía rezar y creía en el amor de manera casi demencial. De hecho, ella lograba trasmitir esa misma locura de manera casi demencial. Y sí, el amor es el tema principal de casi todas sus canciones, que sea 'L’hymne à l’amour', 'La vie en rose', 'Milord', 'Les amants d’un jour' o 'Non, je ne regrette rien', entre muchas otras de las más conocidas, el amor fluye bajo todas sus expresiones, todas sus manifestaciones: el amor y la vida, el amor y la ineludible falta o ausencia, el amor y el goce del tiempo, que se vuelve eterno cuando están la piel, el cuerpo y la palabra del otro, que permite renacer o que mata; el amor que espanta el pasado, el amor que borra cualquier frontera cuando un lord inglés se enamora de una mujer del puerto; en fin, para esta mujer de un metro cincuenta, vestida de negro y que murió a los 47 años, no había otra manera de vivir que aquella que le permitía exorcizar la pobreza por medio de una voz que ahogaba siempre un deseo de amar hasta no poder.

Edith Piaf hablaba y cantaba con el cuerpo. Todos sus textos, filtrados por una voz excepcional, se conectaban y se adherían de alguna manera a la carne del idioma, de una lengua que no se ubica tanto al nivel de un decir, sino de un sentir. Una voz que es casi un tacto, un tocar, una piel; una voz que acaricia o grita y desgarra; una voz que nos devuelve o restituye lo más arcaico de cada uno de nosotros, de cada una de nosotras. Escuchar a esta mujer cantar es abandonar las fronteras, los bordes, y llegar a lo más íntimo, lo que parte de sí, lo que tantas veces uno quisiera gritar sin posibilidad de hacerlo.

En ese sentido, como lo expresé hace unos meses en el Encuentro de Mujeres Poetas, en Roldanillo, creo sinceramente que en los gritos cantados de Edith Piaf o en las escrituras poéticas de muchas mujeres que pude escuchar en ese pueblo mágico del Valle del Cauca, encontramos una apuesta no solo literaria sino política de estas mujeres. Lejos de la censura, lejos de la mirada de las demandas masculinas-patriarcales, ellas viven en la audacia de una escritura errante y del riesgo que toman cuando se deciden a ser nómadas de la vida, del amor y de la muerte.

Ya lo decía Marguerite Duras: “Escribir es callarse, es aullar sin ruido, es una contradicción y también un sinsentido...”. Aullar sin ruido es exactamente lo que hace Edith Piaf: gritar sin ruido. Y su grito pasa como nada en la vida, nada, excepto la vida. Fue quizás su manera de domar la vida para que la vida no la siguiera domeñando. Y domar la vida para las mujeres es existir o morir.

Por esto mismo, cuando ella canta "non, je ne regrette rien" (“no, yo no me arrepiento de nada”) con esta convicción, con esta seguridad que logra imprimir a su voz, logramos también, con ella, convencernos de que la vida está adelante y de que siempre será posible volver a creer en un futuro posible. Por eso cuando tengo arrebatada la nostalgia de otro mundo posible, vuelvo a escuchar a Edith Piaf y sé entonces que siempre es posible reinventarse.


Florence Thomas
* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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