Frank Sinatra, el artista que marcó la historia de la grabación

Frank Sinatra, el artista que marcó la historia de la grabación

Su nombre encabeza dos homenajes por estos días, por los 100 años de su nacimiento.

notitle
14 de diciembre 2015 , 08:52 p.m.

“Es momento de que te deshagas de ese micrófono”, le decía el potente tenor tocaimuno Carlos Julio Ramírez a Frank Sinatra cuando lo invitó a cantar a dúo, siendo cantantes muy diferentes pero hermanados por una historia común: llegaron a Nueva York como extraños y allí se forjaron. Entonces, la estrella de ojos azules le respondió: “Está bien, hagámoslo a tu manera: ¿Qué tal Fígaro?”, de la ópera El barbero de Sevilla.

El resultado de tal duelo, que en el fondo era una completa tomadura de pelo, representa aquello en lo que Sinatra era el gran mago y con lo que revolucionó el canto para la historia de la música: el secreto no estaba en la potencia, sino en el sentimiento.

Hoy, esa sentencia suena como una verdad de Perogrullo, pero en los años 30 el tema sí era nebuloso: el entonces veinteañero Sinatra estaba tanteando un terreno en el que el canto era valorado más por su proyección. Era la época en que las voces comenzaban a adaptarse a la masificación del micrófono para las presentaciones en vivo, así que los cantantes ya no tenían que abrir su garganta a todo pulmón, sino que podían explorar otros matices.

Sinatra, quien a comienzos de su carrera tuvo que cantar hasta con un megáfono de lata –y se veía en aprietos cuando le tiraban monedas–, vio las posibilidades de la naciente tecnología y las llevo a otro nivel.

Juanes fue el único artista latinoamericano en el tributo ‘Sinatra 100’, celebrado en Las Vegas el pasado fin de semana. Archivo particular

Por estos días, en los que se conmemoran los 100 años del artista, quien falleció en 1998, el mundo gira alrededor de sus grabaciones y de la imagen del crooner (aquel cantante del formato jazz de big band) que sembró en la memoria colectiva de Estados Unidos.

El ‘poeta de la soledad’ –una soledad que amaba, aunque siempre estaba rodeado de gente–, como lo llamaban algunos, popularizó un estilo que adaptó luego de ver una presentación de Bing Crosby, que era el símbolo del jazz vocal, con un rango barítono, y a la vez de las vertientes negras del género, como Louis Armstrong.

Pero el artista también trajo consigo el símbolo del rompimiento de un estereotipo: Sinatra era un joven de ascendencia italiana que podía triunfar con talento en la inmensa Nueva York, así que no tenía que perpetuar la idea de la mafia y el contrabando en los barrios bajos, heredada de la supervivencia tras la Gran Depresión.
Sin embargo, esa cercanía con las mafias lo perseguiría toda la vida.

Sinatra en octubre de 1992, durante un concierto en Washington, DC. ‘La Voz’ era sinónimo de la elegancia en escena. AFP

El gran chico

En una conferencia en Yale, en 1986, el crooner contó que toda la aventura de ser Frank Sinatra comenzó desde el día mismo en que nació, el 12 de diciembre de 1915, cuando se negaba a abandonar el vientre de su madre. El doctor tuvo que hacer mucha fuerza, y en el proceso le hizo daño en el cuello, la oreja y la cara: “Mi abuela, que tenía más sentido común que todos ahí, por lo que sé, supo qué hacer conmigo: me metió en agua helada e hizo que la sangre se moviera, y me sacudieron. He bendecido ese momento, en su nombre, desde entonces”. Ello lo excusaría de ir al Ejército, dos décadas después.

Muchas historias se han tejido alrededor del mito de Sinatra, de su infancia en un entorno católico y muy pobre en la ciudad de Hoboken (Nueva Jersey), en donde el hijo único se forjó como todos los niños de entonces. Le gustaba retar el peligro, y a su madre, al pasar tiempo jugando sobre los rieles de la carrilera del tren, aquellos que lo llevarían a triunfar en Nueva York.

No fue un éxito repentino, el cantante demoró tiempo en llamar la atención de la radio y, mucho más, de las nacientes empresas editoras de música. Logró el primer gran paso a través del programa radial de Major Bowes, aunque este lo forzó a integrar un grupo coral que el locutor decidió bautizar The Hoboken Four, para agrupar cuatro talentos que surgían en esa ciudad.

Pero el formato coral no era lo que necesitaba en ese momento, y Sinatra se instaló en Nueva York, en parte por fuerza mayor, ante la tensión que vivía con sus padres. Y luego, junto a Harry James, empezó a viajar por todo el país, en auto.

Luego vinieron la historia, que comenzó con la orquesta de Tommy Dorsey; su matrimonio con Nancy Sinatra, su posterior rompimiento con Dorsey y, también, la Segunda Guerra Mundial.

Así como antes de la guerra Nueva York era epicentro de la explosión de la radio y de las figuras del jazz vocal, durante la guerra y luego de ella la ciudad representó uno de los últimos bastiones que permanecían vivos de ese glamur y prosperidad. En los teatros Palladium y Paramount se reunían las grandes estrellas, y los conciertos se emitían para dar sosiego a la incertidumbre de la nación.

Sinatra se convirtió de repente en una estrella para el público más joven, captando fanáticos a chorros, como lo harían las bandas de rock y pop en décadas siguientes. Y vino con ello el salto al cine, en 1945, que impulsó su carrera como un cohete.

Pero la guerra también marcó el estilo de Sinatra, que interpretó canciones como I’ll Never Smile Again para una sociedad que atravesaba por una melancolía profunda.

Las vidas de Sinatra

Con la cinta De aquí a la eternidad (1953), Sinatra empezó a ocupar un lugar especial en el cine, al recibir un premio Óscar.

Cuando el mundo creía que había visto suficiente de su éxito –ya incluso había recibido el premio Grammy de reconocimiento a la obra de toda una vida y se estableció como figura principal del famoso casino Caesars Palace, en Las Vegas–, de repente creó otra marca inolvidable para la historia del entretenimiento: The Rat Pack, el equipo que el cantante organizó con Dean Martin y Sammy Davis jr., además de Joey Bishop y Peter Lawford. Y siguió grabando con tanto ahínco que vinieron éxitos aún más importantes, como My Way (1969).

Dos años después, cuando apenas tenía 55 años, el artista anunció sorpresivamente su retiro de la música, que no duró mucho: en 1973 ya estaba grabando presentaciones en programas de televisión. Y de nuevo, en una reinvención asombrosa, grabó en 1980 un álbum triple que contenía una canción que no pasaría inadvertida: (Theme from) New York, New York.

Al mismo tiempo incrementaba su relación con las altas esferas de Estados Unidos, habiendo acompañado la campaña de Franklin Roosevelt, John F. Kennedy, declarándose primero demócrata y décadas posteriores, republicano, al ir con Richard Nixon y Ronald Reagan, quien en su gobierno le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad.

Tan constante como siempre, en los años 90 y con más de 70 años a cuestas, publicó dos álbumes megavendedores: Duets, que llegó a 3 millones de copias (y que lo reunió con Bono, de U2; Barbra Streisand, Charles Aznavour, Julio Iglesias, Gloria Estefan, Kenny G y Tony Benett), y Duets II.

Frank Sinatra saluda a Bono, cantante de U2, con quien grabó uno de los temas de su álbum ‘Duets’, en 1993. Archivo / EL TIEMPO

Su constancia profesional es una de las razones de su inmortalidad, pero su huella se explayó en muchos referentes que a lo largo de los años han estado escondidos en recovecos de la música y el cine. Por mencionar apenas unos, la cinta Ocean’s 11, que protagonizaron en el 2001 George Clooney, Brad Pitt y Mat Damon, es una versión contemporánea de Los 11 de Ocean, que encabezó Sinatra con el Rat Pack en 1960. O la escena de El abogado del diablo en la que Al Pacino, encarnando al mal, fanfarronea sobre su poder mientras danza It Happened in Monterey.

O Mel Gibson pidiendo ayuda a Frank y bailando y emulándolo con su sombrero Fedora en Lo que ellas quieren.
En la música, su huella está presente en el terreno de los nuevos crooners, quienes, por muy originales, no temen reconocer que le deben todo a Sinatra: Jamie Cullum, Michael Bublé o Michael Ball.
Por esta y muchas razones, Sinatra se ha hecho inmortal.

CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.