Lágrimas de león

Lágrimas de león

8.000 km de distancia no fueron obstáculo para celebrar el primer título internacional de su equipo.

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14 de diciembre 2015 , 06:00 p.m.

¿Cómo iba a quedarse sin ver el partido más importante de su equipo ese hincha que va siempre a El Campín, cuando llueve o cuando pica el sol sabanero, cuando el rival es un onceno encopetado o cuando se trata de uno que apenas acaba de ascender, cuando a la misma hora del juego hay fiestas, hay cenas, hay paseos?

Pero andaba a ocho mil kilómetros de distancia, al otro lado del Atlántico. Recorrió calles de la ciudad que lo acogía en busca de un café que transmitiera el partido, pero la diferencia de hora y el poco interés que despierta en Europa el fútbol suramericano jugaban en su contra.

El hincha fiel se negaba a aceptar que tendría que seguir la final de la Copa Sudamericana entre Huracán, de Buenos Aires, y su querido Santa Fe, de Bogotá, en los fríos reportes de Twitter. Ya era una tortura no poder estar en el mismo puesto en el que ha visto pases inolvidables de Omar Pérez, cabezazos precisos de Yerry Mina, atajadas atléticas de Róbinson Zapata, disparos incontenibles de Luis Manuel Seijas.

Después de mil vueltas, logró que el administrador de un bar de futboleros se conmoviera. Nervioso pero feliz, se concentró en las imágenes sin sonido, animó a los rojos en cada avance, sufrió los contragolpes del ‘globo’ argentino.

Todo parecía estar controlado. Excepto un punto: a la media hora de juego le anunciaron que lamentablemente tendrían que cerrar el bar en el intermedio. Solo en ese momento se dio cuenta de que, a esas alturas, era el único cliente del lugar, que habían levantado las sillas de todas las mesas alrededor.

Salió corriendo al final de los primeros 45 minutos. Llegó a su habitación, encendió el computador, y aquella fe de siempre, la que lleva el nombre de su equipo, empezó a dar resultados: había recibido de su hijo un link salvador. Hizo clic, y ocurrió el milagro: una hermosa mancha roja inundó la pantalla. Era la mancha de esas tribunas de El Campín, preparadas para el segundo tiempo.

Los ocho mil kilómetros de distancia no fueron obstáculo para celebrar, un rato después, el primer título internacional de su equipo. A través del teléfono, compartió con su mujer esas lágrimas de emoción que, casi una semana después, aún no paran del todo. Cada nota de prensa, cada nuevo relato de aquella hazaña vuelve a humedecer sus ojos. Son las lágrimas de león de una Navidad sin duda inolvidable.


Fernando Quiroz

@quirozfquiroz

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