Hay que terminar el año

Hay que terminar el año

Me siento muy feliz cuando veo a los jóvenes que concluyen bachillerato o carreras profesionales.

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14 de diciembre 2015 , 05:50 p.m.

Suena sencillo, pero no lo es de ningún modo, o por lo menos es la sensación que tengo apenas entra diciembre. Una vez que comienzan a sonar villancicos en la radio y aparecen los adornos navideños, se cruzan sin conciliación posible el deseo de bajar el ritmo a las actividades rutinarias del año y la urgencia de terminar cientos de tareas pendientes que, por alguna razón inexplicable, deben completarse antes de la fecha mágica del 31 de diciembre.

Lo que venía caminando de manera normal en el trabajo, de repente se convierte en una urgencia extrema que apresura la entrega de informes, evaluaciones de proyectos y cierres contables que deben combinarse con fiestas familiares, despedidas de año en el trabajo y citas pendientes que es imposible dejar para un año próximo, así este comience en diez días.

Por supuesto, es imposible cerrar el ciclo solar sin haber dejado en claro el futuro inmediato: planeaciones, programaciones, presupuestos sin los cuales sería imposible recibir el primero de enero. Todo debe ser anticipado para tener un mapa de navegación que nos permita enterrar el pasado de manera digna, sabiendo que lo ya vivido valió la pena en función de lo que se irá a vivir.

En medio de este caos, es inevitable introducir un nuevo elemento ritual de carácter íntimo muy profundo, que es revisar lo sucedido en este lapso con nuestra vida, con nuestra humanidad individual y colectiva. Tal vez todo el mes de diciembre debiera dedicarse solo a esto, en una especie de ejercicio espiritual colectivo que nos permitiera indagar si al cabo de los últimos doce meses nos volvimos mejores personas, si hicimos una mejor comunidad humana.

Me alegra inmensamente reconocer que hago parte de un país que, en medio de enormes dificultades, ha logrado un notable avance hacia la paz y la reconciliación. El logro de acuerdos importantes en la cumbre ambiental de París también es un paso adelante en una conciencia planetaria de supervivencia. Pero todavía son indignantes los miles de atentados diarios contra la vida por causas políticas y religiosas, y repugna la tolerancia cómplice con la corrupción de altos funcionarios públicos y dirigentes privados cuya ambición y deseo de poder son superiores a cualquier sentido ético.

Me siento muy feliz cuando veo los miles de jóvenes que este año concluyeron su bachillerato o sus carreras profesionales. Este será para ellos un año de perpetua recordación, pues superaron una de esas metas volantes que deben pasarse en la carrera de la vida. Otros sellaron compromisos amorosos. Algunos hicieron su primer concierto o su primera exposición.

Para mí también habrá algo especial que recordar, valga la cuña publicitaria para mis amigos y lectores, pues publiqué mi primera novela, gracias a la acogida que tuvo en Editorial Panamericana. 'Punto de Quiebre', que así se llama, fue un intento de seguir contando el cuento de la educación desde un género literario distinto, en el cual se muestran muchas realidades que a lo largo de los años he recogido de historias de maestros y jóvenes. Las historias nunca podrán ser reemplazadas por otros géneros, y a nosotros nos hace falta contar las nuestras. Este era un reto que me había puesto hace años, y llegó a término.

Desde luego, más allá de las muchas cosas buenas que conviene recordar y guardar en esa especie de álbum de fotografías al que de vez en cuando se le da un vistazo para reconocerse en el tiempo, también hay malos momentos, pérdida de seres queridos, dificultades económicas, despedidas definitivas que son parte de lo que somos y nos hacen fuertes o vulnerables.

Sobre el futuro íntimo, quizá solo haya incertidumbre. Por supuesto, tenemos planes, pero nada está seguro porque la vida debe vivirse cada día para verificar al cabo de las semanas y los meses hacia dónde marchamos realmente.


Francisco Cajiao
fcajiao11@gmail.com

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