Editorial: Clima de esperanza

Editorial: Clima de esperanza

El acuerdo de París trazó el camino para frenar el calentamiento y mostró la voluntad de hacerlo.

13 de diciembre 2015 , 08:53 p. m.

Tal y como se esperaba, el contenido del acuerdo de París, firmado el sábado por representantes de 195 gobiernos y que busca ponerle freno al calentamiento global, no dio pie a una sola interpretación.

Fueron muchas las voces que no dudaron en calificarlo de histórico, y para ello argumentaron que el hecho mismo de haber logrado un consenso luego de, por ejemplo, el sonado fracaso de Copenhague, ya es suficiente para devolver la esperanza. Aluden también a que se haya fijado una meta de 1,5 grados al nivel máximo que puede llegar a aumentar la temperatura promedio del planeta respecto a esta misma cifra, antes de la Revolución Industrial.

Mencionan, por último, el que se haya acordado una revisión periódica de las acciones a las que cada Gobierno se ha comprometido y que se trazó la hoja de ruta para que la Tierra abandone los combustibles fósiles. Un motivo adicional para ser optimistas es el del papel, cada vez más central, de sectores no gubernamentales: desde los movimientos sociales hasta la empresa privada.

Al mismo tiempo, desde otras orillas se ha hecho hincapié en que lo acordado no establece que los objetivos de cada Estado, en términos de reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, deban ser legalmente vinculantes. También han dicho que es una mala señal el que no hay certeza aún sobre la real disponibilidad de los recursos que los países desarrollados deberán aportar al resto del mundo para que puedan también sumarse al esfuerzo sin que esto represente el colapso de sus economías. Esta interpretación, que ve el vaso medio vacío, asume que el texto final es, sobre todo, un compendio de buenas intenciones.

Hay, pues, un camino ya dibujado. Esto es muy valioso y se debe reconocer. La pregunta ahora es por la velocidad a la que se va a recorrer. Y es aquí donde reaparecen obstáculos como lo es la consuetudinaria resistencia del partido republicano –hoy con el Congreso de Estados Unidos bajo su control– a respaldar un compromiso del país del Norte con una transformación de sus fuentes de energía.

Del mismo tamaño es la barrera que supone la reticencia de gobiernos, como el chino o el de la India, a ceder en esta materia, con el argumento de que, de hacerlo, sus aparatos productivos tienen mucho que perder y que lo que puedan ganar –nada menos que la viabilidad del planeta– a corto plazo no es incentivo suficiente.

Tal vez, entonces, la clave esté en la gente. En que se fortalezca esta incipiente conciencia planetaria respecto a que estamos en el tiempo extra del lapso que tenemos para decidir si las próximas generaciones vivirán en un mundo en el que puedan desarrollar plenamente su potencial humano o si, por causa de las decisiones que hoy tomemos, su ciclo vital se limitará a una constante lucha por la supervivencia.

El reto está en que la grandeza que les ha faltado a ciertos gobernantes la demuestre la sociedad civil. En que no se necesite ver de cerca la hecatombe que se anuncia para reaccionar. Y entender que esta reacción necesita de alta política, sin duda, pero que gran parte de ella tiene que ver con las transformaciones que a su cotidianidad introduzca cada uno de los habitantes de la Tierra.

EDITORIAL
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