La metástasis del terror yihadista

La metástasis del terror yihadista

La brutalidad de sus ataques conmociona a un mundo que no sabe cómo frenarlos.

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12 de diciembre 2015 , 09:51 p.m.

Si el año 2014 es recordado por la proclamación del califato por el autodenominado Estado Islámico (EI), el 2015 lo será por los brutales atentados que dicha organización perpetró en el extranjero. Los ataques contra la redacción del semanario Charlie-Hebdo y la sala de conciertos Bataclan en París marcan un antes y un después en su estrategia. Si hasta el momento su prioridad había sido consolidar su posición en sus dominios de Siria e Irak, ahora apuesta claramente por golpear al enemigo exterior y, en concreto, a aquellos países que han asumido un mayor protagonismo en el combate contra la organización yihadista.

Se trata de un salto cualitativo que no solo ha pasado factura a Francia, sino también a otros países como Turquía y Rusia. En el mes de octubre un atentado en plena campaña electoral turca se saldó con la muerte de 128 personas en Ankara. En noviembre un Airbus 321 ruso con 224 turistas a bordo, que sobrevolaba la península del Sinaí estalló en pleno vuelo.

A pesar de la gravedad de este desafío, no deberíamos dejarnos llevar por el pánico y caer en la trampa tendida por EI. No estamos ante los prolegómenos de la III Guerra Mundial como algunos se han aventurado a señalar, sino ante una amenaza terrorista a escala mundial que debe ser combatida con todas las armas del Estado de derecho y conforme a la legalidad internacional. El principal error sería interpretarlos como una declaración de guerra y actuar de manera precipitada sin calibrar las implicaciones de dicha respuesta. Debe tenerse en cuenta que EI apenas cuenta con 30.000 combatientes por lo que no representa, ni mucho menos, un peligro existencial para el mundo occidental. Ni tan siquiera el hecho de que una pléyade de grupúsculos yihadistas (como el nigeriano Boko Haram, el tunecino Ansar al-Sharia, el egipcio Ansar Bait al-Maqdis o el somalí Al-Shabab) le hayan jurado lealtad debería alarmarnos más de lo necesario, puesto que se trata de una alianza meramente coyuntural y oportunista.

El principal éxito de EI radica en haberse asentado sobre una sólida base territorial, puesto que controla una vasta región que abarca varias provincias de Siria e Irak donde viven unos cinco millones de personas. Es decir que dominan la fértil cuenca del río Éufrates, desde que se adentra en Siria hasta las cercanías de Bagdad. Además, este grupo cuestiona las fronteras de Oriente Próximo, fijadas por franceses y británicos hace ahora un siglo y pretende erigir un estado islámico suní en vastas zonas de Siria e Irak, lo que requiere el desencadenamiento de una guerra sectaria contra chiíes y kurdos. Tan solo de esta manera logrará que la población suní apoye y sea partícipe de este proyecto que cuenta con relevantes respaldos de las petromonarquías del golfo Pérsico.

Debe quedar claro también que no estamos ante un choque de civilizaciones, como algunos afirman, puesto que EI no representa ni al islam ni a los musulmanes, sino que instrumentaliza la religión con fines geopolíticos. Por eso es especialmente importante desenmascarar a EI, que practica a una lectura descarriada y extrema del islam. De hecho, sus creencias guardan parecido con las de ciertas sectas milenaristas, con las que comparte una lectura apocalíptica del mundo según la cual nos encontramos a las puertas del Juicio Final. Adicionalmente, rinde culto a su líder, Abu Bakr al-Bagdadi, que se ha autoproclamado califa y trata de captar a los eslabones más débiles de la sociedad a los que manipula ofreciéndoles el paraíso a cambio del martirio.

Encarar la amenaza

Difícilmente se logrará derrotar a EI si no conocemos cuál es su estrategia y cómo funcionan sus estructuras. Este grupo no puede ser reducido a su dimensión terrorista. En un principio sus tácticas se basaban en una guerra de guerrillas dentro de un conflicto asimétrico en el que tratan de aprovechar sus bazas para extenuar al enemigo con el objeto de extender el caos, la inseguridad y el miedo entre la población. La ofensiva que perpetraron en Mosul (Irak) fue precedida, por ejemplo, de múltiples atentados con coches bombas y terroristas suicidas que debilitaron la moral de las tropas y generaron el pánico propiciando la retirada del ejército iraquí, que huyó sin siquiera presentar batalla.

La estrategia de EI ha ido evolucionando en función de los cambios experimentados en el terreno. En un primer momento se centró en la conquista de territorios. Tras la instauración del califato, su máxima prioridad fue la consolidación de su autoridad. La creciente hostilidad por parte de países como Estados Unidos y Francia, puntas de lanza de la coalición internacional formada en otoño de 2014 para combatirlo y la entrada en acción de Rusia, que también ha bombardeado desde noviembre sus feudos, llevó a replantear esta estrategia y perpetrar atentados terroristas a gran escala en el extranjero.

En las zonas bajo su control, el EI establece un nuevo orden social basado en el wahabismo, una corriente que plantea una lectura rigorista y radical del islam, además de antimodernista y antioccidental. La sharía (ley islámica) es aplicada por cortes religiosas y es frecuente que se impongan castigos corporales en casos de robo, blasfemia o adulterio. También son habituales las lapidaciones y decapitaciones en casos de delitos más graves. EI tiene, además, una agenda sectaria, con la conversión forzosa o expulsión de los cristianos que rechazan pagar el impuesto de capitación. Son especialmente beligerantes con los kurdos, a los que acusan de apóstatas y, particularmente, contra quienes profesan el yazidismo, una religión sincrética practicada desde hace miles de años en la región, a cuyas mujeres han llegado a esclavizar.

Una práctica menos conocida es el takfir, que consiste en excomulgar y eliminar a todos aquellos que no comparten sus postulados, lo que les ha llevado a asesinar a destacados ulemas sunníes y a líderes de las facciones armadas islamistas sirias que se han negado a jurarles lealtad o han denunciado sus tropelías.

También ha contado con la connivencia de actores clave en la región. Si bien es cierto que, hoy por hoy, representa una amenaza global de primera magnitud, también lo es que muchos lo siguen considerando un enemigo útil que conviene preservar. Este es el caso del presidente sirio Bashar al Asad, quien no ha dudado en presentarse como un enemigo de las fundamentalistas ante la comunidad internacional y como una potencial barrera ante el terrorismo yihadista. La intensificación de los bombardeos contra EI por parte de Estados Unidos, Francia y Rusia le beneficia, porque debilita a uno de sus principales rivales. En cierta medida, el régimen necesita mantener con vida al EI, ya que se ha convertido en el salvoconducto que podría garantizar su propia supervivencia.

Del mismo modo, algunas petromonarquías del golfo Pérsico han financiado generosamente a los yihadistas con la intención de debilitar a los regímenes sirio e iraquí. Arabia Saudí, por ejemplo, tiene una dilatada historia de colaboración con los movimientos yihadistas que, a su vez, extienden la ideología wahabí en el mundo árabe. También Turquía ha permitido la infiltración de combatientes por sus fronteras y la salida de petróleo de manera clandestina. Con ello obtendrían un doble beneficio: por una parte debilitaban al régimen sirio y, por la otra, evitaban la consolidación de la autonomía del Kurdistán sirio.

La oleada de atentados que ha protagonizado en el exterior podría marcar el principio del fin de EI. Además de arriesgada, esta apuesta es sumamente costosa, puesto que ha provocado la intensificación de los ataques contra sus fuertes. Raqa y Mosul han sufrido una verdadera tormenta de proyectiles por parte de las aviaciones estadounidense, rusa, francesa, británica y turca, que han debilitado su capacidad operativa. Los 8.500 ataques lanzados por la coalición internacional en el último año han provocado al menos la muerte de 10.000 yihadistas. EI está, por lo tanto, cada vez más solo y sus antiguos benefactores lo han ido abandonando al considerar que se ha convertido en un verdadero ‘Frankenstein’, demasiado poderoso y demasiado imprevisible.

Si algo nos ha demostrado el combate contra los talibanes en Afganistán o contra Al Qaeda en Irak en las décadas pasadas es que los bombardeos por sí solos no han sido capaces de derrotar a estas organizaciones, sino que incluso las han robustecido. Por eso se requiere una estrategia multidimensional que no solo debería contemplar la vía militar, sino también otras medidas de carácter económico, tecnológico e ideológico que extirpen el problema del radicalismo yihadista desde su raíz.

Una de las medidas más perentorias para desinflar la amenaza consistiría en drenar sus vías de financiación. Casi un tercio de su presupuesto procede de la comercialización clandestina de petróleo. Aunque se han reducido de manera drástica, todavía siguen llegando generosas aportaciones provenientes del golfo Pérsico, por lo que también debe realizarse un esfuerzo para cortar ese cordón umbilical que todavía sigue existiendo entre EI y las petromonarquías árabes. Para prevenir la infiltración de yihadistas, la coalición internacional debería arrebatar a la organización terrorista el control de los puestos fronterizos con Turquía. También es imprescindible evitar que las redes sociales, en las que se radicalizan el 80 por ciento de los simpatizantes de EI, sigan siendo un pozo sin fondo de captación de radicales.

Por último, pero no por ello menos importante, es imprescindible emprender el combate de las ideas y evitar la propagación de la ideología wahabí por la región. El wahabismo, promovido por Arabia Saudí, que estaba tradicionalmente confinado a la península arábiga, ahora pretende ser impuesto a sangre y fuego a las poblaciones locales por los movimientos yihadistas que operan en buena parte del Oriente Próximo y el norte de África. Solo con esta respuesta multidimensional puede combatirse de manera efectiva a EI.

IGNACIO ÁLVAREZ-OSSORIO
Para EL TIEMPO
Profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante.

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