En Calamar esperan recuperar el bosque perdido por la guerra

En Calamar esperan recuperar el bosque perdido por la guerra

En esta población del Guaviare lo único que temen es que el proceso de paz fracase.

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12 de diciembre 2015 , 09:40 p. m.

Voy a ponerle un ejemplo: a un pueblo de Boyacá se le daña una vía y a Calamar (Guaviare) también. Dígame, ¿a quién ayudan primero? A Boyacá. ¿Por qué? Porque allá tienen una necesidad que se llama agricultura. Hay una cosecha que se puede perder. Aquí, en Calamar, no. Nadie nos va a pavimentar la vía por ser nosotros”.

Ese es el ejemplo que Héctor Pinzón, líder campesino, usa para ilustrar el abandono que viven los agricultores en esta parte del país: subsidios no llegan, vías en mal estado y proyectos productivos fallidos.

“La idea es que el municipio sea la despensa agrícola del Guaviare, pero no con un mismo producto como en el pasado”, dice, mientras describe las tres bonanzas que ha vivido la zona: el caucho, a comienzos de siglo XX; el comercio de pieles y, la más reciente, la siembra de hoja de coca.

Tenemos fama de ser guerrilleros, ¿uno cómo borra eso? Demostrándole al Estado que podemos solucionar nuestros problemas, y eso lo haremos con o sin acuerdo en La Habana”, dice Pinzón frente a un grupo de campesinos, que resumen sus dificultades en una palabra: Estado.

Es que para muchos en Calamar la única “autoridad” conocida han sido las Farc. Amarraban ladrones en la calle a manera de escarnio público, y desaparecían a visitantes indeseados. En ese entonces, el Bloque Oriental controlaba todo, hasta que en el 2007 se replegó con la llegada del Ejército y los paramilitares, quienes desaparecieron a líderes por considerarlos auxiliadores de la guerrilla.

La paz que vinó con la tregua

Hoy, Calamar es un pueblo que vive con tranquilidad, en parte por el cese unilateral que declaró la guerrilla desde mediados del 2015. De hecho, ha pasado un año desde que allí no muere un policía. No obstante, los uniformados patrullan con cautela las calles. Dicen que todavía están las Farc, pero vestidas de civil. Por lo tanto, no es tan fácil saber cuántos son en realidad.

Sin embargo, un estimativo de las autoridades indica que hay al menos 250 miembros de esa guerrilla activos en la zona, de los frentes 27, 43, 7 y primero.

La presencia de las Farc está latente en grafitis en los que llama a la población civil a respaldar el proceso de paz. Así mismo, algunos guerrilleros están haciendo visitas a veredas, en la cuales hacen discursos y afirman estar dispuestos a dejar las armas.

Con mensajes como este, los guerrilleros de las Farc están invitando a los pobladores del Guaviare a apoyar el proceso de paz. Archivo Particular.

El panorama contrasta con el de hace 20 años, cuando las Farc invitaban a armarse y cuando la coca atrajo a personas de todo el país. Aún quedan algunos cultivos ilícitos ubicados a varios kilómetros del casco urbano de Calamar. Son parcelas pequeñas en claros del bosque que, según sus cultivadores, dejan más pérdidas que ganancias.

“Dos millones de pesos cuesta el kilo de pasta base de cocaína. Reste 500.000 pesos de la raspada, otros 500.000 de la gasolina, los insumos y los jornales para cuidar el cultivo. No deja nada. Si el Gobierno quiere que cambiemos de cultivo, que él mismo nos ayude”, exige un campesino.

La hoja de coca todavía sostiene familias en la región cercana a Calamar. Foto: David Arango.

Con la coca también llegó la tala de árboles

Para Pastor Ávila, líder de la vereda La Ceiba, la siembra de coca trae consigo el problema de la explotación indiscriminada de madera en zonas protegidas.

Un recorrido rápido confirma que lo que antes eran hectáreas de bosques, hoy son llanuras dispuestas para la ganadería.

“Muchos colonos llegaron a esta zona hace 40 años –dice Ávila–, cuando no estaba delimitada. Hoy no hay estímulo para que dejen de sembrar coca y de talar árboles”.

La madera cortada es puesta en carros de embalaje que ingresan de contrabando a Calamar. En el pueblo, construido en su mayor parte con tablones, el cemento escasea por ser insumo para la fabricación de cocaína.

Carros que tranportan madera como este están ubicados a las afueras de Calamar. Los campesinos dicen que ingresan de contrabando en las noches.Foto: David Arango.

Si se firma la paz, ¿quién va a proteger estos bosques? Nosotros los campesinos. Por eso los recursos deben llegarle al pequeño agricultor; si no, el proceso fracasa”, dice Ávila.

A pesar de los inconvenientes, algunos campesinos proponen ampliar la zona agrícola hasta el río Itilla y formalizar los predios en esa franja de tierra. Esto solo se haría cuando entre en vigencia un acuerdo relacionado con el manejo ambiental en los municipios de San José del Guaviare, El Retorno y Calamar, según el Incoder.

“Con eso demarcaríamos un área de conservación hasta la serranía del Chiribiquete. Quienes quieran explotar la zona de reserva no podrán, porque ya hay una frontera que respetar. Esa es la paz territorial que queremos, la que nosotros ayudemos a construir”, agrega Pinzón.

Se están organizando para el posconflicto

Los resultados del proceso de paz son la mayor expectativa que tenemos. Por eso, la mejor forma de afrontar lo que viene es estar organizados. Solo así se puede salir adelante ante cualquier adversidad”, dice José Valentín Montaña, quien lidera la creación del concejo comunitario Narciso Moreno Nacho, en honor a un líder afro que aún vive, pues el anterior concejo fue desplazado por las balas y el hambre.

Hoy, como tratando de armar las piezas de un rompecabezas, la población afro de lo que antes era Puerto Morocho se está organizando para el futuro.

Ya localizaron un terreno para poder asentarse. Además, se encuentran solicitando su reparación ante la Unidad de Víctimas. Sin embargo, todavía tienen preguntas sobre lo que pueda venir con la firma de paz.

Si los guerrilleros vienen a Calamar, ¿en qué van a trabajar? Nos preocupa que no tengan qué hacer y vuelvan a la guerra”, analiza Valentín.

Alistan su propia justicia luego de la guerra

Por su parte, Héctor Belarmino, líder indígena del resguardo Payé, está preparando leyes para juzgar a miembros de su comunidad que hicieron la guerra, como el guerrillero indígena que asesinó a su hijo de 16 años hace cuatro meses. “Como autoridades estamos formándonos para saber cómo vamos a castigarlos, para que eso que me pasó a mí y a otros no quede impune”, afirma Belarmino.

Los habitantes de Calamar no quieren impunidad, pero tampoco venganza. Para Róbinson Martínez, quien fue desplazado por las Farc y retornó hace poco al pueblo, hay que proponer soluciones para la reconciliación.

No es pensar en la guerrilla, es pensar un país. Ahora estamos viviendo una etapa de construcción. Por eso, como víctimas debemos proponer soluciones a nuestros problemas. Vea, aquí ya superamos muchos miedos. El único que queda es que la paz fracase”.

Preguntas y propuestas

Héctor Pinzón
Líder campesino

“¿Dónde está la tierra para que los desmovilizados de las Farc puedan trabajar? ¿Qué les puede brindar el Guaviare a 1.000 desmovilizados?”

Belarmino García
Líder indígena payé

“Estamos preparándonos para el posconflicto con leyes y justicia. También queremos crear turismo en la región para que visiten nuestro resguardo”.

Pastor Ávila
Líder campesino

“Nos faltan servicios básicos, sistemas de riego, educación agraria. Si el Estado cumple con eso, deja de ser el enemigo que muchos ven aquí”.

Lo que antes eran reservas forestales, hoy son solo planicies abiertas para la ganadería. Las comunidades tienen planes para aprovechar estas zonas y proteger otras. Foto: David Arango.

DAVID ARANGO
Redacción ELTIEMPO.COM
@ArangoDavidG

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