¿Qué significa ser hincha de Santa Fe?

¿Qué significa ser hincha de Santa Fe?

Federico Díaz- Granados heredó de su padre la poesía y el amor por el club. Su historia.

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12 de diciembre 2015 , 03:41 p.m.

.Cuenta la leyenda que todo empezó porque mi padre, siendo muy niño, fue mascota del Independiente Santa Fe. Algunas fotos sepias y muchos recuerdos confirman que fue cierto. Al pequeño José Luis, recién llegado de Santa Marta, lo llevaban sus primos Pepe y Rafa Stevenson a los prados de la Universidad Nacional a los entrenamientos del equipo y además, el barrio Palermo, donde vivían mis abuelos, era un fortín santafereño en los tiempos de ‘El Dorado’. La Cigarrería Milán, ubicada en la calle 45 con carrera 19, era un punto de encuentro de una naciente hinchada fervorosa y uno de los expendios de boletería más tradicionales de la ciudad.

Por eso, como los más entrañables legados de la vida, el ser hincha de Santa Fe llegó con el ADN. Algo de seducción había en esos colores rojo y blanco que contagió mi alma de una fuerza y un talante que, no sabía por esos días, me acompañaría el resto de mi vida. Escribí, alguna vez, en un texto sobre cultura urbana que por esos días llegaron “las maravillosas tardes en oriental general”.

Al son de “Entonemos un himno a tu cielo…”, mi bandera de Bogotá no sería nunca la roja y amarilla sino la rojiblanca del cuadro cardenal. El Independiente Santa Fe no solo reinventaba para mí la Bogotá de mis amores, sino que inventaba para siempre la posibilidad de ser inmortal en una tribuna, de conocer a los héroes en carne y hueso sobre el césped y entender, de una vez por todas, que el fútbol es no solo la más fiel imitación de la vida sino que nos enseña en cada partido sobre las fortalezas y fragilidades del ser humano.

Y es que ser hincha de Santa Fe va más allá de seguir un equipo de fútbol. Es sintetizar una permanente vocación para el dolor, el fracaso y la derrota y elegir, a pesar de las múltiples adversidades, un amor indeleble e innegociable. Eso templó el carácter, la paciencia y dejó lecciones fundamentales para siempre. Nunca pensé que el fútbol me fuera a dar tantas tristezas y que la recompensa iba a llegar cargada de tantas emociones que no caben ya en el corazón. La utopía era pensar en Santa Fe dando una vuelta olímpica. Era una imagen improbable que se repetía en mi mente como una ilusión remota.

El destino de Santa Fe era de desdichas y mala suerte y eso aferraba mucho más el afecto, la compañía y la solidaridad.

Sin embargo todo terminó aquel domingo 15 de julio del 2012 cuando celebramos la séptima estrella después de 36 años, 6 meses y 24 días. Esa noche, después del gol de Copete al Deportivo Pasto, volví a entender el sentido de las adversidades y recordé las salidas cabizbajos de oriental, el dolor de una jornada perdida, las dichas efímeras en algunos clásicos (el 3-2 en el 84 con un gol de Carpene de 40 metros, el 3-2 cuatro años después y ese golazo de Morresi, el 7-3 del 92), el botín de oro de Checho Angulo en el 88, la zurda del ‘Pollo’ Díaz, las copas Colombia del 89 y el 2009, Gottardi, Cañón, el ‘Tren’ Valencia, Léider Preciado, las temporadas 1987 y 1988 donde era posible ilusionarse en un país que se desmoronaba mientras morían sus mejores líderes. Entonces nunca olvidamos la promesa: volveremos volveremos...

“Santa Fe Campeón de la Copa Suramericana” es música y poesía para toda una hinchada acostumbrada al infortunio. Es una nueva banda sonora para la vida. No sé, ni me importa, si Santa Fe volverá a ser campeón de algo. Pero hoy la vida saldó esa vieja deuda. La vida se fue viendo a otros equipos jugar finales continentales y hoy cobró sentido. Hoy me llaman viejos amigos del colegio, aquellos que me vieron llegar tantos lunes cabizbajo porque siempre fue más difícil para nosotros y algunas veces parecía imposible.

De verdad, todavía no me acomodo a un tiempo de triunfos. A la manera de Borges, sentí siempre que “la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce”. Y es que pasaron muchos años y esa era la cotidianidad y la única certeza y hubo “golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”. Todavía no despierto o soy consciente de la emoción que entraña que mi Santafecito, ese mismo equipo que vi perder tantas tardes durante muchos años, sea el campeón de la Copa Suramericana y que su nombre hoy pase a ocupar el lugar de honor que siempre estaba reservado para otros, para los grandes del continente. Es algo que costó mucho sacrificio y honor.

Ahora es tiempo de festejo, de vuelta olímpica, de confetis y papelitos en el aire. Es tiempo de gratitudes para unos nombres y un director técnico que desde hoy harán parte de una mitología de afectos y certezas. Esos nombres se repetirán miles de veces y se convertirán en un santo y seña de la alegría y de este instante de gloria.

Y ratifiqué las palabras de Pablo a Espósito en la memorable escena de la película El secreto de sus ojos: “El tipo puede cambiar de todo. De cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. No puede cambiar de pasión”. Sentir por un momento que el cielo de América se tiñe con los colores de mi equipo y que el continente entero se llama Independiente Santa Fe es la mayor recompensa a mi lealtad y fidelidad, y eso ya nadie nos los arrebatará nunca.

FEDERICO DÍAZ-GRANADOS
Poeta y gestor cultural. Director de la Agenda Cultural del Gimnasio Moderno. En el 2015, apareció su libro ‘Las prisas del instante’.
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