Editorial: Medio siglo del Vaticano II

Editorial: Medio siglo del Vaticano II

Cabría recordar los principales hitos que dejó este capítulo esencial en la historia de la Iglesia.

11 de diciembre 2015 , 09:06 p. m.

Anunciado por Juan XXIII –hoy conocido como san Juan XVIII y para entonces como el Papa bueno, en enero de 1959–, el Concilio Vaticano II pretendía poner al día a la Iglesia católica. Su primera sesión tuvo lugar en 1962, meses antes del fallecimiento del pontífice. Bajo la batuta de su sucesor, Pablo VI, se desarrollaron las tres restantes, la última de ellas concluyó el 8 de diciembre de 1965. Hace cincuenta años.

Cinco décadas después, cabría hacer un recuento de los principales hitos que dejó este capítulo fundamental en la historia de la Iglesia. Podría decirse que quiso insertar el evangelio en la vida cotidiana de los fieles, con la buena nueva de que la santidad no era privilegio para quienes dedicaban sus días y sus noches a la vida contemplativa.

Habría que añadir que tendió puentes a otras religiones luego de siglos de hostilidades, a lo que se sumó un reconocimiento de la libertad religiosa. También propuso un giro en la mirada, desde la fe, hacia el mundo, al que invitó a ver como una admirable creación divina, más que como el escenario que el maligno levantó para el incansable asedio de las almas de los creyentes, tal y como había sido la constante desde los primeros días del catolicismo.

Sería imperdonable, asimismo, pasar por alto la trascendencia de la decisión de abandonar el latín en la liturgia y adoptar las lenguas vernáculas. Esto incluyó que los sacerdotes bajaran del púlpito y dejaran de darle la espalda a la gente, para buscar una comunicación más directa, más acorde con el mensaje y los actos de quien vino a la Tierra a enseñar que todos somos iguales. Que quiso servir, nunca ser servido.

Marcó, si se quiere, y sin salirse de los cauces del dogma, una revolución. Un avance que dejó un mal sabor entre los sectores menos propensos al cambio en el seno de la Iglesia. De hecho, algunos, liderados por monseñor Marcel Lefebvre, optaron por la desobediencia a Roma. Otros siguieron el redil, pero lograron colgar lastres que hicieron más lentos los procesos de cambio.

Lo cierto es que hoy el Concilio es referente obligado cada vez que se toca el tema de la necesidad de sintonizar el evangelio con los tiempos que corren. En este orden de ideas, no han faltado quienes han sugerido la necesidad de un nuevo 'aggiornamiento', convocando a otro. Pero son más los que insisten en que bastaría con retomar los principales postulados de un esfuerzo reformador que, a fin de cuentas, está muy en línea con las posturas del actual pontífice. Estas, medio siglo después, son consideradas de avanzada.

Es probable, pues, que en este medio siglo el mundo haya experimentado cambios mucho más profundos si se comparan con los que hasta 1965 habían tenido lugar. Los tiempos de la Iglesia, pero sobre todo los ritmos de sus cambios, son mucho menos vertiginosos. Aun así, existe disposición de Francisco para retomar tal espíritu; sin embargo, subsisten también quienes parecen dispuestos a todo con tal de impedirlo. Los recientes escándalos así lo demuestran. Por fuera hay consenso: en el desafío que tiene Francisco, otro Papa bueno, de lograr retomar la senda del concilio está en juego mucho más que aquello que definirá el legado de su pontificado.


editorial@eltiempo.com

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